Cómo perderse en tres pasos

  1. Olvide de dónde viene: el camino recorrido no significa nada. Esas experiencias dolorosas no le sirven.
  2. No tenga una meta: nada como dejar de ver el faro al final del camino.
  3. Sólo fíjese en lo malo: todo tiene siempre defectos. Auméntelos poniéndoles demasiada atención.

Perderse es muy fácil. Pero no más sencillo que poner energía en aprender del pasado, mantener el curso buscando la luz y buscando las cosas buenas de lo que nos rodea.

Las cosas como no son

Tenemos la idea equivocada que podemos ver el mundo de forma objetiva. Como si la percepción de nuestros sentidos fuera lo suficiente para demostrarnos cómo son las cosas «reales». Comencemos con decir que no hay realidad sin subjetividad, al menos no como la percibimos. Sobradas veces nos han dicho que nada tiene sustancia en olor, color, sabor, sonido, etc., sino que son impulsos eléctricos, partículas químicas, ondas auditivas. Nuestro cerebro las traduce, pasan por el filtro de nuestra capacidad para recibirlos y luego nos hacemos una idea de que lo de afuera es como lo construimos adentro.

De hecho, el mundo sólo existe en nuestro cerebro y cada uno de nosotros lo lleva de forma distinta. Hay que huir como de la peste de cualquier persona que asegure tener la verdad absoluta para dictar nuestro comportamiento. Las verdades tajantes sólo funcionan piel adentro. Imponerse sobre otro es ejercer una arrogancia desmedida.

Las cosas no son como creemos. Sólo podemos aceptar que son así para nosotros.

La temperatura correcta

Hay un juego de balance en encontrar la proporción correcta de agua fría/caliente para bañarse, cosa delicada que se puede esfumar en un segundo con un mal juego de la cañería. Algo así como tomar café. Tiene su momento exacto, porque si te quema, duele y si está frío, sabe feo. Luego hay cosas que son versátiles, la pizza el mejor ejemplo. Hasta de la refri sabe bien.

En la vida tenemos momentos en que el elusivo «timing» es esencial. Dos personas que coinciden en una fiesta y se pasan juntas el resto de la vida y otras dos que nunca llegan a conocerse porque una no llegó a la cita. Pero esos momentos son elusivos y, al final del día, no tan trascendentales, sobre todo si no son consecuencia de una serie de decisiones conscientes. Las cosas más importantes de la existencia se calculan todos los días y se tiene la oportunidad de realizarlas en varias etapas. No habría matrimonio que sobreviviera la presión de ser siempre perfecto, en el tiempo adecuado y la forma requerida. Hay desencuentros en todas las relaciones y el mérito está en superarlos.

Menos mal hay tantas otras comidas que no son delicadas. Aunque hasta el café me lo tomo frío si no tengo otra opción.

No me gusta soltar

Tengo ropa más vieja que yo. La uso, ese abrigo de mi mamá es una belleza. Uso muebles a los que ni mi papá les conocía bien la edad. Guardo tickets y boletos y entradas y mapas para recordar. Y conservo los sentimientos, como si fueran parte esencial de mi personalidad.

Las emociones no nos definen. Son efímeras y duran un suspiro. El chiste es cabalgarlas como olas y no dejarse hundir en ellas. Cada una es nueva y, como tal, no deberíamos pensar que es el mismo enojo de hace 34 años cuando no nos sacó a bailar el chico que nos gustaba. Es otro enojo.

El problema es que nos definimos por cosas que se desvanecen: yo soy triste, yo soy enojado… Esto requiere una constante alimentación de esos sentimientos y en eso se le va a uno demasiada energía. Mejor ser un simple recipiente que se llena y vacía con la marea de los acontecimientos. Claro que más de algo permea el material del que estamos hechos, pero sólo para decorarnos, embellecernos.

Debo aprender a dejar ir las cosas que no me definen, porque blandir el estandarte del resentimiento es anunciar tierra arrasada. Y nadie quiere vivir en un lugar así.

Buenos libros mal escritos

Le tengo especial inquina a los libros con mensajes valiosos escondidos detrás de lenguaje insoportable. No entiendo por qué la necesidad de utilizar un tono condescendiente y la repetición constante de la misma idea. Cosas que se pueden decir en tres, cuatro páginas, se alargan interminablemente. Para cuando llego al núcleo ya estoy harta de tanto relleno.

Luego me encuentro dando las mismas instrucciones de comportamiento a mis hijos que he impartido toda su vida. La mesa es el escenario perfecto para ilustrar la vocación de disco rallado que tengo. Varias veces en el mismo tiempo de comida, además.

A veces hay que soltar la necesidad de belleza estética, hasta de eficiencia lingüística, y admitir que la mejor forma de aprender es repitiendo. Muchas veces. Así que resigno a leer por enésima vez que algo es el “lenguaje del amor primario” y aprovecho para aprenderlo. Si yo puedo, tal vez llegue el día que los engendros se comporten como gente educada.

Pasta a la carbonara

Los domingos me debato entre la comida. Y es que es el día que tengo “permiso” de comer cualquier cosa. No es cierto, porque tampoco termino metida en un bote de papalinas. Pero sí hago pasta. E invito a mi gente.

Ya no me queda mucha gente propia. Pero me he hecho de un círculo de personas queridas por quienes hago pastel de chocolate un domingo a las 6 am. Tan lindo eso. Poder agradar a la familia, de sangre o de elección.

También así hago con mi tribu. De nada serviría hacer cosas para otra gente y no para los que compartimos techo. Así que hoy hice pasta a la carbonara. Un preferido de la casa. Buena forma de quedar bien con todos. Y conmigo.

Un espejo

El niño que me mira con mi sonrisa puesta en los labios es un reflejo más justo que cualquier espejo. Nos vemos en ellos como en imágenes aumentadas de las cosas que podemos ser. Lo bueno y lo malo. Aunque lo más impactante es que no somos nosotros. Ellos tienen su propia imagen, su propia trayectoria por recorrer.

Lograr vernos en nuestros hijos sin proyectarnos para hacer con ellos lo que no hicimos nosotros, es un paso de desprendimiento. Cuesta como si nos quitaran una rama, pero no somos árboles, somos más plantas de esporas que se reparten fuera de sí mismas, sin perder algo al hacerlo.

Espero poder seguir viendo mi sonrisa en la boca de mis hijos y también ver las suyas propias. Es lindo pensar en cómo ellos, no siendo una simple extensión mía, llevan algo de mí más allá de lo que yo imagine.

Ayer que no escribí

Hubo una interrupción en mi necesidad. Algo sucedió. Tal vez leí demasiado (cosa que no existe, pero tal vez) o me distraje haciendo nada, que es la cosa más seductora del mundo. Lo cierto es que ayer no escribí lo de hoy y lo tuve que hacer de madrugada, con los pensamientos recién formados y sin el día que me informa de cómo sentirme. Hoy escribo también, más tarde, para mañana y mis palabras saben distinto, tal vez es por el té que me obligué a tomar hace poco.

Ayer que no escribí no recuerdo si tuve algo qué decir y se me desvaneció entre la sangre que bombeo todos los días. Por algo hago esto siempre, para no escurrirme sin dejar una huella, aunque sea efímera. Hoy me compenso, pero no, porque ayer ya pasó y hoy no lo puedo vivir dos veces.

Por un momento tampoco escribo hoy, porque ya lo hice en la mañana. Pero necesito esto, después de un día vivido, para recordarlo. Aunque, si soy más sincera aún, lo hago para que me recuerden.

Los valores opuestos

Escuchamos mucho lo de que juzgamos a los demás por sus acciones y a nosotros por nuestras intenciones. Y es que hay una diferencia esencial de conocimiento entre lo que se ve y lo que se siente. Las normas sociales son un mapa de conducta que dispensa de la necesidad de conocer el interior de alguien, mientras se comporte de cierta forma. Para evaluar la moral, está la religión y sus promesas de mundos eternos.

El problema viene cuando pretendemos invertir el orden de las cosas y ordenar nuestro alrededor con sets de valores contradictorios, puestos en lugares inadecuados: libertad para uno mismo, responsabilidad para los demás; misericordia para mí, justicia para el otro. Hay una serie de monedas de ese tipo con caras aparentemente contrarias, con las que pagamos la vida y que debemos entender para dónde apuntar.

Si en verdad nuestro comportamiento entre los demás sólo se puede medir por lo que hacemos, pues allí todos somos “los demás”, necesitamos reglas que ayuden a evitar errores en lo abstracto (justicia, por ejemplo), y a mitigar daños en lo individual (misericordia). Somos seres que vivimos entre dos mundos y sólo uno es el que nos deja percibir el otro.

No es concurso

En la vida, hacer competencia siempre tiene desventajas. O uno gana y pretende que sea siempre así, con la inevitable derrota futura dejándose venir de forma inexorable, o uno pierde y se va al caño el esfuerzo metido en el emprendimiento. No creo, para nada, que los retos no sean beneficiosos. Considero las marcas como una buena forma de medir progresos. Y los concursos hasta pueden llegar a ser divertidos.

Uno tiene siempre a alguien contra quien competir. La persona del espejo es un rival implacable que puede hundirnos. Además tiene de su lado al tiempo, un aliado leal. Siempre seremos más viejos mañana. Y siempre tendremos la obligación de ser nuestra mejor versión hoy. Porque somos envases irreemplazables que llenamos de vida. Y, aunque no siempre tenemos la forma externa que quisiéramos, el contenido está completamente a nuestra merced.

La vida no es un concurso, pero yo quiero ganarla.