Si no fuera porque lavo sábanas y toallas, el martes podría no existir. Es un día como esas personas grises que no saben reírse de las cosas malas que les pasan. O arroz sin sal que sabe a agua. Además, es un día que me despierto aún más temprano y cuesta que termine.
Todos tenemos días de más de treinta horas, todas largas y llenas de ocupaciones sin gracia. Tal vez es para que los llenemos de música para bailar y la promesa de vino en dos o tres días. Son buenos para ir al súper, doblar frazadas y dormir con los gatos. Los martes son la goma que une los días felices.
Quiero martes todas las semanas para aburrirme y que no existan.
