Ser visto

A todos nos gusta que nos vean. De alguna manera creo que estamos hechos para pertenecer, para ser reconocidos, para que nos digan que las cosas están bien. Porque esa es la inclinación primaria con la que nacemos. Todos los niños buscan la mirada de sus padres para ver si están haciendo bien las cosas.

El tener un testigo de nuestra vida le da algún sentido. Es mejor encontrarlo adentro, obvio y por eso uno pasa años y décadas aprendiendo a restarle importancia a los exterior. Quisiera llegar al punto en que no necesite verme en los ojos de alguien más, pero no sé si alguna vez lo pueda hacer.

La sociedad ayuda a tener una especie de espejo, en el mejor de los casos, uno que nos devuelve una mejor imagen de nosotros de lo que pensamos. Me gustaría hacer eso para la gente que quiero.

Buenas cosas malas

Terminé de leer una novelita tonta, de esas que me entretenían hace veinte años. Bien hecha para lo que es: entretenimiento fácil. Tal vez la autora no se gane el Premio Planeta, pero de que vende, vende. Porque en todas las categorías hay que ser excelente, aunque el campo sea malo.

Es muy importante entender en qué cancha juega uno y cuáles son las reglas. Se puede llegar a dominar cualquier juego así. Hasta romperlo si se quiere. Pero con honestidad brutal acerca de dónde se está y qué puede hacer. Es cuando la gente pretende poder más de lo que puede, cuando las cosas decepcionan.

Creo que situarse uno en lo que es es el primer paso para ser mejor. Conocer las reglas, el primero para romperlas. Y que ser el peor de la mejor categoría da pie para que lo único que te quede, sea subir.

No es bonito

Tener tos es horrible

no tiene nada de atractivo

esa expulsión violenta, involuntaria de aire

hace que te miren con cara de germen

hasta el estómago se manifiesta con más privacidad

la tos es inapelable, incorrecta, insociable

nada sexy como una pequeña fiebre

de esas que dan brillo a los ojos

y color a las mejillas

la tos sólo le proclama al mundo

que estás enferma, que se alejen

no cesa ni de noche, qué pesada

se ríe del jengibre y la miel y el tomillo

tal vez le hace caso a un exorcista

si no es que lo enferma primero.

No, no, tener tos no es bonito

tampoco los remedios apropiados

pero aquí estoy, probando de todo

que necesito dormir, sola, sin tos.

Nunca es lo mismo

Saber las cosas o sentirlas. Leer acerca de un monumento o verlo. Cuidar una enfermedad o padecerla. No hacemos nuestras las cosas, realmente nuestras, si no las experimentamos. Pero… no necesitamos pasar por tooodas las enfermedades del mundo para tener empatía. O conocer todo el mundo para apreciarlo.

La capacidad de ponernos en el lugar del otro nos acerca y nos hace parte del resto de la humanidad. Cada uno experimentamos la vida de una forma distinta, interna, privada. Entrar aunque sea al principio de ese mundo, es multiplicar el nuestro.

No. No es lo mismo observar que experimentar. Pero a veces simplemente no es necesario. Basta escuchar.

Saber qué quiere decir

Detesto usar diccionarios cuando leo porque me saca del mundo en el que estoy. Prefiero inferir el significado del contexto. Siempre tengo una idea adecuada. No siempre una exacta. Pero también así aprende uno a entender a los demás.

El lenguaje es lo que verdaderamente nos distingue de otros seres. Aunque ahora que lo pienso, muchos animales tienen formas complejas de comunicación, que no entendemos y para las cuales no hay diccionarios. Pensándolo mejor, aún hablando el mismo idioma hay espacio para no entender.

Comprendernos es más interesante que seguir la lectura sin parar. Allí no me importa perder la aviada. Prefiero tomarme el tiempo.

Las olas

La vida es un océano (ya sé, ya sé, cliché trilladísimo). Pero es cierto que es un océano en el que no se distingue el agua de las olas aunque se puedan describir con sustantivos diferentes. La vida es tiempo y vivencias y uno es la sustancia de las otras.

Cuando crecemos, creemos que el tiempo pasa lento y en estas alturas de mi vida, se me va demasiado rápido. Pero quedarse quieto no es una opción. No quiero ahogarme. Ni clavarme en una sola ola, todas mueren en la orilla.

El chiste de montarse a la ola de la experiencia es saber cuándo bajarse. Allí está la magia, saber que el océano es el mismo, pero que cada ola es una oportunidad distinta. Tener consuelo en lo constante del agua y emoción con su movimiento. Tal vez me caiga de la tabla muchas veces, pero seguro las olas que logre atrapar van a ser magníficas.

Saber qué viene

Últimamente he tenido ciclos complicados, supongo que por la edad y las hormonas. Me tardé unos tres o cuatro en darme cuenta qué me estaba pasando, aún con el esfuerzo que hago de ser más atenta. A veces uno simplemente está demasiado metido en la caja y no puede leer la etiqueta.

Me gusta mucho decir que “no es lo mismo verla venir que bailar con ella”. Y es cierto. Imaginarse las cosas no da la dimensión entera de la experiencia, simplemente porque hay demasiadas variables en juego. Pero cuando uno está en un torbellino y no alcanza a saber ni de dónde le viene a uno el viento, podría ayudar tener un momento para verse de lejos y pensar qué está pasando. La vida no examinada es como un baile frenético constante y uno se puede morir de cansancio.

Me regresa el pico de malestar emocional dentro de poco. Sé cómo me voy a sentir. Y no puedo hacer nada por detenerlo. Pero ya lo entiendo mejor y estoy preparada para recibirlo. Yo escojo la música esta vez.

Darle tiempo

Algunas series de tele son como cierta comida: se vuelven gustos adquiridos. Hay que darles unos capítulos de chance antes que le gusten a uno. Me ha pasado que mis series favoritas, no por “lindas” o “divertidas”, sino porque son genuinamente buenas, son así, de arranque lento.

Pasa lo mismo con las personas. A la mayoría basta con tomarse el tiempo para conocerlas y, de pronto, uno ya las entiende. Y luego de entender, viene la empatía. Tal vez no el gusto, pero sí un espacio que permite escucharse. Eso de caerle mal uno a la gente sin que lo conozcan no sólo es un desperdicio, sino que una falta de curiosidad.

No. Ni todas las series, ni toda la comida nos tienen que gustar. Tampoco nos tienen que caer bien todos. Pero la primera aproximación vale la pena. Quién sabe si detrás de ese exterior desagradable hay una joya. Nada pierde uno con probar.