La fortuna

Estar agradecida por tomar decisiones cotidianas es un ejercicio de pertenecer a la vida. Pequeños triunfos que uno se va otorgando y que hacen la diferencia entre estar amargado o no. Es banal, inconsecuente, pero, seamos sinceros, la mayor parte de nuestra existencia carece de peso, de trascendencia, salvo la que nosotros mismos le asignamos.

Las personas más felices son las que están conscientes de sus circunstancias, aceptan lo que no pueden cambiar y agradecen lo que tienen. No se trata de despojarse de la gana de hacer/ser. Es sólo no olvidarse de lo que ya se es.

Me gusta fijarme en las cosas que me dan placer, así sea el sabor del agua. Mejor eso a ponerle atención a todo lo que me molesta, que igual está presente.

Decir siempre que no

A mí me criaron con el “no” en la boca y ése es mi primer impulso al momento de dar permisos. No. Al rato digo que sí y como no me gusta ser inconsistente, ahora prefiero no decir nada al principio. Decir que no siempre es más fácil, conste. Menos riesgos, menos planes, menos trabajo. No, no puedes ir (así no te llevo), no, no pueden venir (así no atiendo gente), no, mejor no tengas vida social…

¿Habrá sido más fácil antes, cuando los hijos se casaban a los 14 años y dejaban de estar en casa? ¿O siempre ha pesado el desprendimiento? Porque en el fondo, el no es un no querer soltar. Porque tal vez uno siente que deja de ser uno el que vive, que tiene que darle su lugar al que viene. Nada más alejado de la verdad. Mientras crecen los hijos, uno también lo hace y cada etapa tiene sus propias experiencias. Nadie pierde.

Ayer hubo “junte” de adolescentes en casa. Qué bueno. Me encanta que hagan ruido y se rían y sean un buen grupo. Yo hago lo mío y me siento más viva porque los míos hacen lo suyo. Pero sigo con el no en primera fila.

A la orilla

El faro no toca las olas

queda lejos de la orilla

una luz en lo alto

la advertencia a lo lejos

y los barcos encallan

creen que está más cerca

tal vez lo pusieron allí

para atraer incautos como yo.

Días largos

A veces, la rutina hace que los días sean muy rápidos. Amanece uno lunes y anochece domingo, y corre y va de nuevo. Es lo que toca, sobre todo con trabajo y niños y casa. Una actividad sigue a la otra.

Detenerse un momento todos los día ayuda a que la vida no se escurra como arena en un reloj. O sea, igual se va, pero al menos uno lo siente menos corrido. También hace que uno no dé las cosas por sentado. Nada es permanente y siempre hay algo nuevo en qué fijarse.

Salirse de la rutina, ponerse como dice la canción, al lado del camino, para mí no es una postura de alejamiento. Es de observación intensa, de alargamiento de tiempo y de retomar. Y en eso estoy.

Sin moverme

Pasé en un rango de dos kilómetros todo el día. Menos, tal vez. La gloria. Un día sin moverme. ¿Habrá descanso más completo que no tener a dónde ir?

Los humanos siempre nos movemos. Es parte de nuestra supervivencia porque lo que comemos también se mueve. Hasta que plantamos y allí se nos arruinó la salud. La agricultura no nos ayudó a estar mejor, sólo a no tener que cazar. No nos favoreció el cambio. Y, como seguimos con el impulso de movernos, de todas formas migramos.

Un día sin moverme se siente maravilloso. Sólo uno. No creo aguantar muchos más.

Los mejores planes

Si me ponen a planificar un viaje, es probable que les diga dónde queda hasta el más mínimo detalle y qué hacer en el día. Tener itinerarios y planes y anticipar comidas, para mí, es parte integral del viaje en sí mismo. Siento que se me extiende la vacación. Pero… rara vez me han salido exactamente los planes como los he hecho. Porque la vida y el clima y el mundo no se acoplan a lo que uno decide. Es al revés.

Planificar con éxito tiene mucho qué ver con tener una meta en mente, una ruta posible y flexibilidad. La última es la más importante si uno quiere terminar en donde lo previó, a pesar de cualquier circunstancia. Es la capacidad de sobrevivir una tormenta, ver hasta dónde se desvió uno del curso, y retomar el camino.

Ser flexible de cuerpo me ha tomado añales. La mente se me queda un poco atrás, porque a veces me encariño demasiado con mis planes y olvido que lo importante es la meta. Por eso, ahora cuando planeo una vacación, dejo días de cero planes.

Auto-castigo

Vamos a la piscina con mi chiquita y, como ya no lo es tanto, se vuelve un poco complicado: escoger el traje de baño, el pareo, arreglarse el pelo, los zapatos… para ir a meterse a una piscina. No soy tan vieja que no recuerde la suma importancia que todo eso tenía. Y agradezco serlo lo suficiente como para soltar.

Tanto de la vida que se priva uno por la autocensura. El no hablar con alguien, no ponerse cierta ropa, no practicar algún deporte. Esa malinterpretada importancia que nos hace pensar que los demás nos observan es una cárcel. La edad va disolviendo los muros y termina una toda vieja impertinente pero feliz.

Trato de aligerarle la carga a mis hijos enseñándoles que a muy pocas personas les importa lo que hagan y que a ese grupo reducido no les va a importar si no están perfectos. No se trata de tirar toda convención social a la basura. Sólo de no limitarse tanto que no puedan funcionar.

El foco de atención

Últimamente me salen muchos videos que hablan de energía y atracción. Hasta en mi meditación diaria mencionan la diferencia entre enfoque y atención. Y, aunque sigo escéptica del alcance de una “energía positiva”, estoy convencida que todo en lo que me fijo, crece.

El sesgo de confirmación expone que uno tiende a notar más aquello que está buscando. El mejor ejemplo es el del carro rojo: en el momento en el que uno maneja un carro rojo, mira vehículos del mismo color por todas partes. No es que se hayan multiplicado, es simplemente que uno se fija más. Pareciera que esto es una crítica a la forma en que ponemos atención. Pero he llegado a la conclusión que es la motivación perfecta para buscar cosas buenas. Mientras más las busco, más me aparecen. Y con lo pesada que es la vida a veces, cualquier ayuda es bienvenida.

Sigo sin estar ciento por ciento convencida de la efectividad de una simple “vibración mental” para atraer lo que quiero. Pero sí estoy seguro que aquello a lo que le pongo trabajo, energía, dedicación y atención tiene más probabilidades de crecer.

Una buena historia

Nos contamos historias de todo. Con hechos o ideas o especulaciones. Pero la forma de entender la vida es narrándola. Con los niños hacemos a veces el juego de inventarnos las vidas de las personas a nuestro alrededor, sobre todo si estamos aburridos.

Pongan a tres autores de distintos géneros a que escriban un libro con los mismos hechos y verán cómo dan resultados completamente distintos. Hasta terror puede salir de una concatenación macabra. Pero todo es el punto de vista. La base es la misma, no cambia.

Aunque yo no soy “irremediablemente optimista”, sí cuento historias. Entiendo que la forma no cambia el fondo, pero definitivamente sí la sensación que uno tiene. Hasta las circunstancias más terribles se pueden suavizar con una buena capa de redimensión. Al menos se entretiene uno haciéndolo.