Todos los días

Escribir todos los días. A veces me da pereza. También me da pereza ser mamá de vez en cuando y no puedo zafarme. O ir al karate. O salir de mi casa. O cualquiera de las cosas que hago de rutina. Pero esa es la belleza de la rutina. Se hace porque se hace.

Antes, los seres humanos no determinaban en qué gastar la mayoría de sus horas. A los cazadores les tocaba salir a cazar, a los recolectores, buscar. Y ya. En la Edad Media, el oficio se heredaba y no había mucho margen de movimiento ni cambio. Era lo que había. Ahora, nos enfrentamos a posibilidades casi infinitas en qué gastar nuestras vidas y eso no siempre nos hace más felices.

Creo que el ser humano tiende a buscar el máximo placer con el mínimo esfuerzo. En nuestro mundo moderno, eso está al alcance de cualquier plataforma de streaming. Ya ni siquiera tenemos que ir a alquilar una película para el fin de semana. Y también por eso, porque me conozco, las cosas que hago todos los días, las hago todos los días. De lo contrario no escribiría nunca.

Nada es personal

No recuerdo la última vez que tomé una decisión en función de amargarle la vida a alguien más. Tal vez bajar la velocidad en el tráfico porque el que viene atrás mío está muy pegado. Tal vez. Pero tengo mucho tiempo de no hacer cosas sólo por joder. No tengo el espacio emocional para eso, suficiente tengo conmigo misma.

Los seres humanos sobredimensionados la cantidad de tiempo y energía que nos dedican los demás. Sin fijarnos que nosotros mismos no estamos pensando todo el tiempo en ellos. Ni los enamorados adolescentes de cualquier edad tienen verdaderamente fija y sin tregua la figura del ser deseado. Es imposible. Hay que vivir y eso consume mucho tiempo.

Llegar a la edad en que uno sabe que no figura en las intenciones de los otros y que, aunque así fuera, no es importante la opinión del 99.9% de personas, es el regalo de libertad que uno recibe por perder la juventud. Casi, casi compensa.

Te lo dije

Pasaste derramando palabras

con tus manos abiertas

la boca cerrada

las escuché todas

crecieron en mi cuerpo

echaron raíces, me anclaron

desde entonces la orilla ha crecido

el mar casi me cubre

y sigo escuchando que me recuerdas

todo lo que me dijiste.

Exámenes

La vida escolar de mis hijos se ve marcada por los amigos, los deberes y los exámenes. Obvio las dos últimas cosas no les son placenteras. Quisiera que entendieran desde ahora que tienen la oportunidad de expandir sus mentes y que deberían aprovecharla. Pero no lo van a entender hasta que ya hayan pasado por allí.

Leí hace poco acerca de cómo a ciertos niños los exámenes nos les causa ansiedad porque lo miran como una oportunidad de demostrar cuánto saben. Es una perspectiva distinta. No me están cuestionando a mí si no sé. Yo estoy enseñando que sí. Nunca lo había visto desde ese punto, pero me encanta.

Pero así como me es imposible adelantarles la percepción de utilidad a mis hijos, ellos se tienen que convencer a sí mismos de cambiar sus perspectivas. Lo más que puedo hacer es estar. Y eso es un examen en sí mismo.

El infinito interno

Leer ciencia ficción es entrever el futuro que otros imaginaron. Y que, en muchos, miles de casos, se hace realidad. Esa capacidad de pensar en cosas que no existen es una de las características que nos eleva como especie. De las mejores. Y el poderlas materializar después, aún más.

Sin ese pozo sin fin no hubiéramos trascendido. Cero exploraciones. Ni un romance. Porque todo lo que logramos, lo hicimos primero en la mente.

La imaginación es infinita, y es el recipiente de nuestra posibilidad.

Gracias

Hoy un señor me preguntó si yo podía hacer algo. Lo hizo de una forma respetuosa, más por “cuidarme” que por dudar de mi capacidad. Claro que podía, pero ese no es el punto.

Independientemente de nuestras circunstancias, siempre llega el momento en que necesitamos ayuda. Los seres humanos evolucionamos para ser sociales y eso implica una necesaria interacción. Sólo con el hecho que el tiempo es limitado y podemos ocupar solamente un espacio a la vez, se reducen nuestras oportunidades de hacer cosas. Para eso está todo el resto de personas que trabajan. Lamentablemente, junto con esa interdependencia, convive en nosotros un terror por necesitar ayuda. No se puede.

Soy la primera en valorar hacer mis cosas por mí misma. Y también agradezco la ayuda ofrecida. Se puede convivir mejor así.

Entre dos cosas buenas

La belleza de los ciclos es que se repiten. Esa es también la más grande desventaja. Sobre todo porque depende del tipo de ciclo. Pero hasta lo bueno en repetición llega a aburrir si uno no encuentra algo novedoso. El mejor de los chistes deja de ser gracioso al escucharlo de nuevo. Y el dolor deja de tener filo de tanto usarlo, por eso se acostumbra uno a él.

Las peores decisiones de la vida no son entre algo bueno y algo malo. Son entre dos cosas buenas. O dos igualmente malas. Pero hay que tomarlas porque si uno las deja pasar, la vida las vuelve a poner enfrente.

No hay nada que el universo deteste más que el estancamiento. Va a hacer todo para sacarnos de la inmovilidad. Aunque sea dándonos vueltas.

Te entreno

¿Listo, Corazón?

Diez latidos sin pensarlo

mándame sangre al cerebro

quítame el combustible del recuerdo

trabaja, Corazón, tenemos que seguir

nadie nos ayuda hoy

ni hay otro como tú

que nos marque el paso.

Por ahora, estamos solos.

Los lugares comunes

Cuando uno escribe, usar “lugares comunes” es un pecado capital. Esas metáforas tan lisas por su uso continuo que ya no tienen ninguna relevancia. Los adjetivos repetidos, las escenas trilladas. Todo eso que a los adolescentes les parece nuevo e ingenioso y que uno de adulto entrado en años ya ha leído ad náuseum. Pero…

El lenguaje (incluyamos cualquier tipo de arte en esto) sirve de medio de comunicación precisamente porque tiene lugares comunes. El atajo que permite que un extraño me entienda de inmediato a qué me refiero porque conoce por su parte la expresión. Imagínense que nos dedicáramos a buscar formas “novedosas” de describir la vida para todo. No habría suficiente café para acompañarnos.

No todos escribimos y no siempre lo innovador es lo recomendable. El espacio conocido es un buen punto de partida, al final del día, no hay nada nuevo bajo el sol. Tal vez, eso sí, no volverle a decir a un fulano que el café favorito es el de sus ojos. Eso hasta las tazas se lo saben de memoria.

La repetición

Estoy tratando de entrenar al chucho. Excuso decir que, en los videos, la entrenadora tiene un perro de unas cuarenta libras. El mío rasca las cien. Es un desafío. Y es más trabajo para mí, que para él. Sobre todo que no es MI chucho.

Nos entrenamos constantemente con las cosas que repetimos. Aún sin darnos cuenta. Nuestra vida se encarrila en la rutina, lo hagamos sabiéndolo o no. Y, una vez instaurada una costumbre, cuesta mucho sacarla.

La repetición es el cauce. No importa si es para bien o para mal. Igual queda marcado. A ver cómo me va con este animal.