Mi Peor Miedo

Mi mamá murió antes que naciera mi primer hijo. Por lo que me tocó hacer sola un montón de esas cosas que generalmente hacen las abuelas con sus nietos, como bañarlos por primera vez. Y allí estaba yo, con un buñuelito calvo y diminuto y el libro «El Primer Año Del Bebé» abierto entre los talcos y la crema para pañales, en la página con ilustraciones de cómo bañar a la criatura con una toallita mojada. Metódica que soy, me sentía muy orgullosa del resultado, hasta que, unos días después que se le cayera por fin el ombligo al niño y cuando ya lo podía sumergir en en agua, vi que tenía algo negro en el hoyito. En el espacio de un segundo cruzaron por mi mente mil desgracias, desde una herida, hasta que le hubiera salido otro ombligo (mamá recién parida no es la más racional de las personas). Cuando al fin tomé valentía y examiné la tragedia, vi que simplemente era mugre.

No hay libro, cuento, programa, conversación, escuela, curso, sueño, que sean suficientes para prepararnos para todo lo todo que es la vida. Porque lo que queda dentro de nuestra esfera de influencia es muy reducido y el resto de cosas está allá afuera, libre de joderse con el menor de los soplos del viento.

Tal vez mi mayor miedo sea no ser suficiente. Para mi esposo, para mis hijos, para mí. Algunas veces he permitido que este miedo me paralice, dejando de hacer cosas por temor a caer en el ridículo de no hacerlas bien. Con el paso de los años he logrado sacudirme poco a poco esa amarra, pero todavía siento su presión.

Cada experiencia nos ayuda a ampliar nuestro conocimiento y nuestra esfera. Espera uno no volver a cometer el mismo error.

Con mi hija, una cosita todavía más pequeña que el primero, el ombligo estaba inmaculado. Todo bien. Bueno, casi todo. Dándole de comer un día, me acerco a su cabecita llamada por un tufito a shuco muy poco característico: se me había olvidado limpiarle detrás de las orejas.

Las Virtudes Como Las Tangas

Pocas cosas son tan notorias como la ropa interior inadecuada. Una tanga muy pequeña, un bra mal puesto, unos boxers que se marcan, todo se nota magnificado. Y todos usamos (espero) ropa interior. Pareciera que el propósito fuera que no se notara algo que sabemos existe.

Así también las virtudes. Pocas veces nos damos cuenta cuando alguien es honrado, amable, paciente, generoso. O sea, sí nos fijamos, pero como si fuera un conjunto armonioso.

En cambio, la falta de virtudes sí se nota. En un grupo de gente amable, el patán sobresale. En una institución honrada, el corrupto se destaca. En una familia de gente buena, la oveja negra es notoria.

Tal vez por eso es más fácil fijarnos en nuestros defectos cuando nos contemplamos. Yo sé que mis ojos se dirigen inmediatamente a la lonja que me queda, en vez de buscar alguna mejora. Y tal vez, también, se vuelva tedioso a veces ejercer una virtud, porque pasa desapercibida, como una buena tanga.

Qué bueno que las cosas malas llaman la atención. Es triste cuando estamos tan acostumbrados a ver cosas desentonantes, que ya no nos molestan. Entiendo que sólo fijarse en los defectos es cansado y puede ser fatal para la salud psicológica, pero el no creerme perfecta me empuja a buscar mejorar.

Al menos no salgo a la calle con VPL.

Aceptar Ayuda

«No gracias, yo puedo sola,» podría ser el emblema de mi escudo personal. La ilusión de la independencia es uno de mis espejismos más deseados. Recientemente quedó totalmente hecha añicos. Sin poder usar una mano, sin poder manejar, sin poder levantar a mis hijos, escribir bien, ¿qué otro camino me quedaba más que aceptar ayuda?

Me cuesta mucho dejar que alguien más haga cosas por mí. Detesto los trabajos en grupo y no sé delegar. Probablemente es producto de ser hija única. O porque no me gusta depender de alguien más. O porque soy desconfiada. O porque me da alergia deberle algo a alguien.

Cuando recibimos ayuda, quedamos en cierta forma en deuda con la otra persona. Aceptamos un lado débil, diciendo que no podemos hacer algo. Nos abrimos a la realidad de necesitar de alguien más. O sea, nos declaramos humanos que vivimos en sociedad.

Todos, en más de alguna ocasión, dependemos de otra persona. Hasta donde yo sé, no cultivamos nuestra comida, ni tejemos nuestra ropa. Compartimos  espacio y tiempo con el resto de personas en el mundo, en especial con las que convivimos. Hasta se podría decir que la marca de una buena relación es la cooperación exitosa.

Es tan malo depender totalmente de alguien más, como negar la necesidad de ser apoyado.

Ya puedo usar(ish) las dos manos. Y tengo la tentación de volver a decir «no gracias». Espero poder sacar un «sí», más seguido.

Demostrar Cariño

Hay personas que son dulces y amables y cariñosas. Tienen una caricia suave, una sonrisa rápida y una palabra de aliento a flor de piel. Les sale natural. Y habemos las que pegamos en brazos, damos zapes en cabezas, gritamos estridentemente y empujamos, todo como demostración cavernícola del cariño que profesamos.

Mi problema no es que no sea cariñosa, es que tengo formas alternativas de externarlo. Hasta el día de hoy, me tengo que acordar conscientemente de darle un abrazo a mis hijos, no porque no los ame con todo mi corazón, sino porque se me olvida. Pregúntenle al sensible de mi sufrido marido. Es más fácil que le dé una nalgada a una caricia, con el mismo sentimiento detrás, pero no con la misma respuesta.

Cuando uno ama, existen dos componentes importantes sobre los cuáles se tiene control: cómo le hace saber a la otra persona de su amor por ella y cómo decide recibir lo que la otra persona le da. Como en todo, esto es un proceso de estira y encoge. Y, como muchas de las pequeñas cosas que sostienen o derriban una relación, es importante discutir, ver conscientemente y decidir si se aguantan/gustan o no.

He aprendido a pasar una mano suavemente por un par de cabecitas, a pedir y dar abrazos a cuerpos que envuelvo entre el mío, a comer a besos mejillas que todavía son mías. A decirle a mi esposo que lo amo con tomarle de la mano.

Mi otra forma de demostrar que quiero a alguien es cocinando. Es un milagro que no seamos obesos en esta casa.

La Capacidad de Sorprenderse

Con mi esposo somos fieles oyentes de los turnos de Bea del Cid en Radio Globo los viernes por la tarde/noche. Bajo el hashtag de #meencantaylacanto revivimos momentos de nuestra infancia y adolescencia, de esos que dan ganas de celebrar cortándose las venas con cuchillo sin filo. Entre Mijares y Camilo Sesto y Yuri y Ana Gabriel, hacemos un date night estruendoso en la privacidad de nuestro hogar. Es alegre. Esas letras con más de doble sentido que va uno entendiendo mejor con el paso de los años, las melodías dramáticas, los arreglos estruendosos, las voces claras o graves y los recuerdos de primeros enamoramientos, rajaduras de corazón, fiestas de muchachitos. Buena la música.

Uno tiende a glorificar el entorno del pasado y decir que «ya no hacen música como antes», «la literatura ha decaído», «el cine ya no tiene arte». Se burla de lo que nuevas generaciones buscan, con comentarios condescendiientes de: «es que no conocieron X o Y.»

Pajas. El problema no es que el mundo ya no produzca cosas buenas. Es que uno probablemente ya escuchó una versión anterior de una melodía, un conjunto de palabras similares y lo nuevo ya no es tan sorprendente. Tampoco hay que pensar que porque uno lo vivió antes, es la primera vez que existe. «No hay nada nuevo bajo el solo» se escribió hace más de 5mil años.

Las experiencias humanas, no así la tecnología, son limitadas. Tenemos una capacidad finita de sentir y de manifestarnos.

A mí me encanta escuchar música nueva (no pop, yo ya fui niña quinceañera y me da mucha pereza revivir esa época), mi libro favorito es el último buen libro que leí, la mejor película la que me haya gustado más recientemente. Por eso los niños son más felices, porque todo es nuevo para ellos. Ver películas de mi infancia y también las nuevas con mis hijos y capturar ese entusiasmo con ellos me ha enseñado a mantener una isla de ingenuidad en el mar de mi cinismo. Procuro sorprenderme con la belleza de un par de ojos negros que suben una mirada dulce hacia los míos, aunque tenga 20 años de conocerlos.

Vamos a seguir cantando canciones viejas los viernes, porque son buenísimas. Pero no por eso quiero vivir en el pasado. Seguiré borrando cassette voluntariamente para poder volver a conocer el mundo por primera vez.

Las Reglas Rotas

Es un chiste viejo el de las pinturas de Picasso. Un ojo aquí, una boca allá «y más parecen pijazos.» No se podría deducir a simple vista que su mejor talento siempre fue la precisión del dibujo. Sólo hay que revisar sus toros y sentir que el animal está respirando para reconocer la perfección de sus trazos. Mi papá contaba una historia de Pablo: estando en la escuela de pintura, la clase de dibujo era la más detestada, porque los aspirantes a artistas creen que no necesitan saberse las reglas, sino sólo tener inspiración. Un joven Picasso agarraba el carboncillo entre los dedos y en tono burlón les decía a sus compañeros: «Con esto me voy a volver famoso.» En efecto. No queda registro de los demás estudiantes de la clase, opacados por el más famoso artista de su época.

Toda actividad humana tiene reglas o formas establecidas de realizarse. Costumbres que vienen de mucho tiempo atrás y que, ostensiblemente, son la mejor forma de hacer algo. Y, antes de romperlas para mejorarlas, hay que conocerlas.

Siento que es una de las tareas más aburridas que me tocan como mamá: enseñar las reglas a mis hijos. El enano cree que puede agarrar su guitarra y roquear sin practicar. La niña pretende hacer un par de chirulos sobre un papel y que sepamos que es un perro/gato/casa/persona. Confrontado con la necesidad de practicar escalas, el entusiasmo por el instrumento decayó sensiblemente.

Lo mismo con los valores que consideramos necesarios en esta casa. Entre broma y seriedad, digo que les estoy enseñando pudor para que después lo pierdan. las comidas no llegan a ser tan estrictas como eran con mis papás, pero no he logrado pasar un almuerzo sin quitar codos de la mesa, cerrar bocas llenas de comida, ajustar cubiertos y alargar servilletas los últimos siete años.

Pero así como en Road House, «sé amable, hasta que sea el momento de dejar de serlo», es importante tener reglas, conocerlas y saber cuándo y cómo romperlas para mejorarlas  y mejorarse.

Sin un dibujante privilegiado, no tendríamos pinturas excéntricas. Espero que mis hijos encuentren su talento de igual forma.

Realidades Verdaderas

El dicho de «cada cabeza es un mundo» no podría tener más sentido de lo cierto. Porque el mundo «real» sólo existe como pulsaciones electromagnéticas, partículas químicas que percibimos con nuestros limitados sentidos y traducimos dentro de nuestros cerebros. No hay forma de saber si mi verde es el mismo que el del vecino. Tampoco hay una manera exacta de transmitir todas las ideas que se comunican las neuronas que llevamos (cuando logran la sinapsis).

Me pasa con el karate. Yo sé cómo se deben ver los pasos, una secuencia elegante de movimientos continuos, gráciles y fuertes, cuerpos moviéndose como agua y golpeando como hierro. Tengo el conocimiento dentro de mi cabeza. Podría decir que tengo la verdad. Pero, al momento de sacarlo, me parezco más a una gallina desplumada cacareando por el patio que a un tigre acechando la selva.

¿Cuál es la verdad que importa? ¿Saber el contenido del examen o ganarlo y olvidar el material? ¿Amar con todo el corazón a alguien y nunca decírselo, o querer un poco menos, pero demostrarlo? Podría saberme todos los chistes del mundo, pero si no los cuento, no soy graciosa. ¿O sí?

¿Cuánta de nuestra vida transcurre en experiencias que sólo suceden en nuestra mente? ¿Cuántas veces hemos arreglado una discusión pasada, volviéndola a revivir y contestando todo lo que no pudimos decir en su momento?

La vida interior que no se manifiesta es una luz escondida, desperdiciada. La vida exterior sin contenido es una nota estridente que no se une con una armonía más compleja.

Y allí, tratando de econtrar el medio, estoy yo. Practica y practica las katas para no aletear.

Fractales vs. Rompecabezas

Un fractal es evidencia del orden a nivel macro dentro del caos. Una figura que se replica a sí misma infinitas veces y sigue siendo igual hasta en su fragmento más pequeño. Está en constante cambio y en perfecta estabilidad.

Un rompecabezas es una imagen estática compuesta de piezas aisladas. No se puede descifrar el conjunto con sólo observar una parte. Tiene un orden específico, fácil de identificar. Si se pierde un fragmento, el cuadro está incompleto.

Cuando una vida refleja un fractal, retiene su esencia hasta en la más pequeña de sus interacciones. Si no va a mentir, no les dice a sus hijos que existe Santa Claus. Si va a seguir las leyes, no se pasa un semáforo en rojo. Si no va a robar, regresa a devolver un vuelto extra. Poder evolucionar manteniendo la identidad es crecer ordenadamente dentro del caos. Puede perder una parte de su vida (dejar de ser hija, abogada) y seguir siendo el mismo todo.

Aprender a crecer así, replicándose uno mismo en constante evolución, es llevar una vida íntegra, en la que cualquiera lo puede reconocer a uno, no importa el sombrero que tenga puesto en un momento determinado. Seguir viviendo como si uno fuera un rompecabezas nos limita a ser una sola imagen que se fragmenta y que no puede cambiar, porque queda roto.

Conozco a una persona que lleva esa integridad en su vida, con un compás moral tan fijo que hasta lo tiene tatuado. Es una de las cualidades que me siguen admirando (eso y lo guapo).

Tal vez no lo logre del todo, pero me encantaría que, al final de mi vida, todas las personas con que haya interactuado puedan encontrar a la Luisa Fernanda que conocían en las historias de las demás. Que haya podido ser la misma con todos, aún siendo diferente.

El Mejor Vacío

Siempre es lo mismo. Pasar mucho tiempo juntos es llenar una reserva de agua para días de sequía. Los cuales son los más, porque de algo hay que vivir.

Esa reserva se vacía de a poquito. Unas gotas los días de clase en la u, porque me vence el sueño y caigo muerta a las 9:30. Otro poco cuando no hay tiempo ni de mandarse un mensajito. Hay una fuga cuando pasa algo tonto y no le puedo hablar, porque estamos ocupados.

Es un lugar de mi corazón que tiene necesidad de llenarse. Una necesidad que yo misma he creado, que permito, que aliento. Porque el sentirla llena es dulce. Porque no necesito que esté repleta para vivir, pero lo prefiero.

Hacerse vulnerable y estar abiertos a ese dolorcito nos permite disfrutar mucho más de todas esas veces cuando sí hay un mensaje, una llamada. Cuando una mano a media espalda recuerda que uno no está solo, que tiene el compañero de viaje que eligió. Se sigue teniendo vida independiente, pero es más satisfactoria porque hay con quien compartirla, aunque sea en momentos robados a lo cotidiano.

No soy masoquista, pero ese dolor sí me gusta. Y hay alguien que lo siente conmigo.

La Presa de los Recuerdos

Hace poco recordaba uno de tantos momentos desagradables de mi paso por el colegio. Mis compañeros durante mucho tiempo decían que yo infectaba y se echaban «spray» imaginario si los llegaba a tocar. Por una de esas desafortunadas conjugaciones astrales, una niña mimada y con pocas habilidades sociales -yo- fue a caer a un grupo de niños especialmente crueles.

Puedo asegurar que no recuerdo ni la décima parte de mis años escolares. Tengo lagunas mentales de tamaños oceánicos, muy bien resguardadas detrás de diques que parecen holandeses.

De vez en cuando hay alguna fuga, como la de la «infectada». No es agradable, porque todavía duelen. Pocas heridas son tan profundas como las que nos hacen de niños. Porque las magnificamos con los años. Porque no supimos sanarlas en su momento. Porque nos marcaron y nos hicieron las personas que somos ahora.

Supongo que un psicólogo me alentaría drenar mis recuerdos. Supongo que entendería mejor mi carácter. Supongo que recuperaría algún momento feliz que está enterrado.

No sé si me atreva a hacerlo algún día, porque temo ahogarme.