El fin del mundo

vendrá a cerrarme los ojos

a borrar tu mirada de mi piel

a lavar el sabor de tus besos.

El fin del mundo

será cuando me sueltes

cuando ya no me toques

cuando te alejes.

El fin del mundo

pasará como una ola

me quemará como un rayo

se llevará mi alma.

Y, después, seguiré.

Gente querida

Hoy vi a una señora amiga de mi mamá y a su mamá después de mucho tiempo de no verlas. Gente encantadora que me trae recuerdos felices de tardes viéndolas decorar pasteles con una habilidad que aún me parece sobrenatural. Encontrarme con gente así, que me recuerda a mi mamá y lo maravillosa que era, me llenan de un sentimiento difícil de describir.

El lenguaje tiene serias limitaciones para transmitir ideas complejas, peor si se refieren a sentimientos. Resulta que tenemos miles de millones de conexiones entre las neuronas y pocas de ésas se requieren para observar el mundo exterior. Nuestra vida interna es muchísimo más rica, más complicada, más gratificante, que lo que nos pasa de la piel para afuera.

Por eso se han gastado ojos y dedos y papel y tinta y corazones y vidas en tratar de describir cosas como el amor. Nos podemos aproximar. Leer un poema y sentir que está describiendo lo que llevamos dentro. Pero nunca es exacto. Igual para esa sensación de pérdida y felicidad y cariño y tristeza que se me mezcla en un frasquito lleno de una pócima dulce y amargo cada vez que me recuerdan a mi mamá con cariño.

He aprendido a tragármelo con una sonrisa. Porque me duele, sí. Y porque la extraño, también. Y porque la quiero. Pero, sobre todo, porque la sigo llevando conmigo y ya no me pesa.

Mañas

Duermo sin calcetas. Bueno, en realidad duermo sin ropa, pero es porque leímos en alguna parte que eso acelera el metabolismo y lo mantiene a uno más fácilmente delgado y que da menos frío porque se regula la temperatura y un montón de cosas más. Eso lo puedo hacer en la comodidad de mi cuarto, pero cuando salimos con los peques de viaje, se me complica el asunto. Y no puedo dormir. Como si lo de dormir en bolas fuera cosa de toda la vida y no de los últimos seis meses.

Con el paso de los años, uno va acumulando mañas. Para comer. Para dormir. Para hablar. Unas se quedan para siempre. Otras van cambiando y resulta que lo que le fascinaba a uno comer de pequeño, no puede ni probarlo de grande y al revés. Supongo que es parte de afianzar lo que nos define a nosotros mismos. Es fácil asir la personalidad propia a pequeñas cosas muy puntuales que nos diferencian de otros. Por algo decimos que nos somos repetibles, aunque encontremos a personas muy parecidas.

Creo que nada de eso es malo. Se vuelve en algo negativo cuando una maña no nos permite disfrutar de lo que tenemos alrededor. Cuando, si el huevo no viene en el exacto punto que nos gusta, no podemos comer y nos arruinamos el desayuno. Las preferencias nos alegran la existencia. No deberían amargárnoslas. Porque nunca nada es siempre como lo queremos. Y nadie tiene obligación de estar cumpliéndonos todas nuestras pequeñas necesidades ficticias.

Así que, si estoy en mi casa, duermo sin ropa. Si no, me conseguí unas pishamas de Mafalda geniales que hasta con gusto me pongo. Aunque no duerma tan bien.

Tormentas

Detesto llorar. Lo aborrezco. Me parece inútil, un acto de debilidad, una demostración de fracaso. He dicho miles de veces que tengo el corazón frío, duro y pequeño. Que no lloro.

Y heme aquí, con lo que sólo puedo justificar como un desbalance hormonal causado por mi ya avanzada edad media, llorando por todo. Que si la niña me dio un abrazo. Que si el niño me dijo que me quería. Que si me recuerdo de algo triste. Que si me recuerdo de algo alegre. Que si no me recuerdo de nada. Alguien abrió las compuertas de un mardito dique que no he logrado cerrar. Me brota agua salada de los ojos y se me rebalsa y termino mojando hasta el piso.

La sensibilidad es una parte de experimentar el mundo a nuestro alrededor que nos amplía la gama de emociones. Podemos sentir profundamente la alegría, la emoción, el amor, todo eso bonito. Y también nos tocan más profundo las tristezas, las nostalgias, las ausencias.

Resulta que todo eso es parte de ser humanos emocionales. Que está bien. Reprimir emociones enferma, nos hace distantes, nos borra la empatía. Nos hace menos abiertos a vivir.

No se puede pasar como zombie, sólo porque uno no quiere sentir dolor. No querer llorar para no demostrar una supuesta debilidad sólo nos socaba por dentro y nos deja vacíos.

Tal vez había acumulado años de lágrimas y la tormenta ya fue imposible de seguir deteniendo. Espero que, luego de este derroche de fluidos, también salga más brillante el sol.

Rutinas, benditas rutinas

Ya puse las alarmas de mañana. Luego de dos semanas de tenerlas desconectadas, de no poder correr, de no poder nadar, de gozarme a los niños como pocas veces, de sol, agua, trajes de baño, mar, club, amigos, comida extra, vino extra… Benditas sean las alarmas, aunque me suenen a las 4:30.

Nos movemos generalmente entre una necesidad de estructura y un deseo de libertad. Ambas cosas en exceso son imposibles de llevar por mucho tiempo. O nos da un ataque de ansiedad por no sentir que hay un orden en nuestras vidas, o nos sentimos aplastados por la rutina que nos embrutece.

Tenemos épocas en que preferimos una o la otra. Mi inclinación es hacia el orden, un método. Pero he aprendido a apreciar el no saber exactamente qué va a pasar en un día de viaje, por ejemplo y decidir según la gana que se tenga. No siempre es necesario sacarle lustre al pavimento de donde uno está. Se puede perfectamente vegetar en una hamaca y ni siquiera terminar el libro que se llevaba preparado.

Pero qué rico poner las alarmas. Estar en casa y regresar a los niños a acostarse a sus horas. Moverme en mis espacios y saber que mañana hago pesas y yoga y voy al súper. El descanso me sirvió para poder venir a sentarme hoy y escribir cuatro entradas diferentes. La rutina me mantiene escribiendo todos los días. Ambos son buenos.

Ser metódico

Yo me considero desordenada. Y me cae muy mal serlo: pierdo todo, se arruinan las cosas, nunca las encuentro… Pero he aprendido a ser metódica. Es parte de las razones por las que me encanta cocinar. Puedo sacar todos los ingredientes y seguir pasos para alcanzar un resultado.

El orden excesivo se puede llegar a convertir en una obsesión. Si estamos demasiado atados a que algo va en cierto lugar, nos podemos perder en el detalle y olvidarnos que nos deberíamos estar facilitando la existencia, no amargándonos.

La rigidez para todo, ata. Hace las cosas más lentas, menos agradables. Encontrarles el modo a las cosas nos mantiene en una constante búsqueda: siempre se puede mejorar. Y allí hay flexibilidad, aprendizaje.

Aprenderse las reglas de todo, sirve para saber qué han hecho antes que nosotros y decidir si queremos seguir ese camino de forma estricta, o lo podemos alterar un poquito. Hacerlo nuestro. Es muy aburrido sólo ver las flores que otros han plantado. Hay que meter mano uno también del paisaje y cambiarlo a como uno lo quiere. Pero hay que encontrar la forma que nos sea más fácil a nosotros.

Igual que cocinar. Hay cosas básicas de seguimiento de pasos que se deben respetar, pero los sabores son propios. Allí es donde me vale ser metódica. Pero no ordenada.

Hurgar

Mi inteligencia emocional es el equivalente a una bicicleta con rueditas: anda, pero no muy bien. No tengo modulación de tono para decir cosas que no suenen a regaño, tiendo a querer tener la razón, me cae mal dar explicaciones y, en general, lo de la empatía es como una lengua extranjera en la que apenas voy por el nivel uno de Duolinguo.

Se supone que los humanos tenemos varios tipos de inteligencias que nos permiten funcionar. La intelectual, esa en la que pensamos generalmente, es tan sólo la parte racional del cerebro que puede atar datos y sacar conclusiones. Sirve para la lógica, el desempeño académico, la planificación a futuro. Pero no sirve ni un poco para cantinearse a una chava. O para demostrar afecto de forma efectiva. O para liberarse de cargas emocionales.

Mi racionalidad me sirve de aviada para entender algunas cosas sentimentales. Pero me lleva por caminos largos y complicados porque, como el corazón es medio rezagado, la mente tiene que desmenuzar las situaciones. Y eso cansa. Regreso una y otra vez a revisar algo que pasó y escarbo los detalles y analizo mis acciones con el desapego de un valuador bancario. Pocas veces salgo ganando del examen, generalmente en tiranito que llevo entre las orejas concluye que fue mi culpa y el corazón se hace más pequeño y se pone otra capa de protección para la próxima.

Hurgar no es bueno. O sí. Depende. Tal vez cuando aprenda a saber en qué momento sí lo debo hacer, ya pueda quitarle las rueditas a la bici.

Las expectativas

Uno empieza cualquier proyecto con ciertas metas en la mente. Sobre todo, espero, uno debería querer que todo salga bien. Y tiene que hacer todo lo que esté al alcance de uno para que se logre. Si no, es completamente sin sentido. No se trata de jamás poder cambiar de opinión, porque perfectamente bien el proyecto original pudo estar mal planteado al principio. O uno mismo cambió y lo que quería ya no es lo que necesita más adelante.

Las expectativas están bien. Le dan a uno una idea de lo que quiere, de cómo se mira lo que está esperando. El problema es cuando uno las tiene acerca de otra persona y, peor aún, no se las comunica. Está bien esperar que la relación que uno quiere sea de tal o cual manera, pero está muy mal pretender que la otra persona lo adivine. También hay que aprender a ceder un poco, porque las personas a nuestro alrededor no son robots programables que van a inclinarse ante cada una de nuestras peticiones.

Me cuesta muchísimo eso de manejar mis expectativas, sobre todo con mis hijos. Pretendo que, porque es de todos los días que les digo que coman con la boca cerrada, no la abran para masticar justo en el restaurante y justo en el momento que los voltea a ver la abuela. Pretendo que entiendan cómo comportarse y me sorprende el grito desgarrador que se disparan en el momento menos apropiado en una reunión.

Pero lo que más me cuesta es manejar las expectativas que tengo de mí misma. Soy mi propia peor troll y poco he podido avanzar en mi empatía hacia mí misma. Tal vez es que me conozco mejor que nadie y espero cosas que no siempre doy. No sé todavía si eso es bueno o malo. Supongo que un poco de ambas. Tal vez alguna vez aprenda.

Información importante

Resulta que anoche el niño tenía 40 grados de temperatura. Se llegó a acostar a las 3 am a mi cama y se durmió, calmado porque estaba acompañado. Yo ya no pude volver a dormir. Obvio. Un par de accidentes después, se le llevó al laboratorio. Mientras tanto, en la baticueva, la niña me hizo el favor de vomitar cual audición del exorcista. Normal.

Hay cosas que uno sabe que suceden. Sabe que los pañales no huelen a flores de azahar. Que educar niños no es cuestión de decir las cosas y que sucedan. Que los engendros se enferman. Que son una gran responsabilidad.

Pero no lo sabe. En serio. Y menos mal. Porque nos es más sencillo pensar que qué asco limpiar el vómito que imaginarnos la satisfacción que hay en una sonrisa. Por eso es que nos llenamos hasta el copete de oxitocina con los críos y nos enganchamos de una manera incomparable.

Es en los primeros años que uno tiene a su alcance darles todas las herramientas emocionales que uno pueda. Aunque uno mismo no las haya recibido. Así como la niña de 6 años no puede bien saber que el vómito no va a medio cuarto, tampoco tiene cómo alimentarse su autoestima solita. Me toca. Ambas cosas. Y, para mí, la más difícil es la segunda.

Tener a mi cargo mucha de la salud emocional de mis hijos me obliga a mantenerme sana a mí. Y se los agradezco.  Así que, aún sabiendo los pañales, mocos, fiebres, toses, vómitos y todo lo demás que ya me ha tocado, los volvería a pedir. Lo bueno deja por mucho atrás a lo menos agradable.