Hurgar

Mi inteligencia emocional es el equivalente a una bicicleta con rueditas: anda, pero no muy bien. No tengo modulación de tono para decir cosas que no suenen a regaño, tiendo a querer tener la razón, me cae mal dar explicaciones y, en general, lo de la empatía es como una lengua extranjera en la que apenas voy por el nivel uno de Duolinguo.

Se supone que los humanos tenemos varios tipos de inteligencias que nos permiten funcionar. La intelectual, esa en la que pensamos generalmente, es tan sólo la parte racional del cerebro que puede atar datos y sacar conclusiones. Sirve para la lógica, el desempeño académico, la planificación a futuro. Pero no sirve ni un poco para cantinearse a una chava. O para demostrar afecto de forma efectiva. O para liberarse de cargas emocionales.

Mi racionalidad me sirve de aviada para entender algunas cosas sentimentales. Pero me lleva por caminos largos y complicados porque, como el corazón es medio rezagado, la mente tiene que desmenuzar las situaciones. Y eso cansa. Regreso una y otra vez a revisar algo que pasó y escarbo los detalles y analizo mis acciones con el desapego de un valuador bancario. Pocas veces salgo ganando del examen, generalmente en tiranito que llevo entre las orejas concluye que fue mi culpa y el corazón se hace más pequeño y se pone otra capa de protección para la próxima.

Hurgar no es bueno. O sí. Depende. Tal vez cuando aprenda a saber en qué momento sí lo debo hacer, ya pueda quitarle las rueditas a la bici.

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