Yo me considero desordenada. Y me cae muy mal serlo: pierdo todo, se arruinan las cosas, nunca las encuentro… Pero he aprendido a ser metódica. Es parte de las razones por las que me encanta cocinar. Puedo sacar todos los ingredientes y seguir pasos para alcanzar un resultado.
El orden excesivo se puede llegar a convertir en una obsesión. Si estamos demasiado atados a que algo va en cierto lugar, nos podemos perder en el detalle y olvidarnos que nos deberíamos estar facilitando la existencia, no amargándonos.
La rigidez para todo, ata. Hace las cosas más lentas, menos agradables. Encontrarles el modo a las cosas nos mantiene en una constante búsqueda: siempre se puede mejorar. Y allí hay flexibilidad, aprendizaje.
Aprenderse las reglas de todo, sirve para saber qué han hecho antes que nosotros y decidir si queremos seguir ese camino de forma estricta, o lo podemos alterar un poquito. Hacerlo nuestro. Es muy aburrido sólo ver las flores que otros han plantado. Hay que meter mano uno también del paisaje y cambiarlo a como uno lo quiere. Pero hay que encontrar la forma que nos sea más fácil a nosotros.
Igual que cocinar. Hay cosas básicas de seguimiento de pasos que se deben respetar, pero los sabores son propios. Allí es donde me vale ser metódica. Pero no ordenada.
