Resulta que anoche el niño tenía 40 grados de temperatura. Se llegó a acostar a las 3 am a mi cama y se durmió, calmado porque estaba acompañado. Yo ya no pude volver a dormir. Obvio. Un par de accidentes después, se le llevó al laboratorio. Mientras tanto, en la baticueva, la niña me hizo el favor de vomitar cual audición del exorcista. Normal.
Hay cosas que uno sabe que suceden. Sabe que los pañales no huelen a flores de azahar. Que educar niños no es cuestión de decir las cosas y que sucedan. Que los engendros se enferman. Que son una gran responsabilidad.
Pero no lo sabe. En serio. Y menos mal. Porque nos es más sencillo pensar que qué asco limpiar el vómito que imaginarnos la satisfacción que hay en una sonrisa. Por eso es que nos llenamos hasta el copete de oxitocina con los críos y nos enganchamos de una manera incomparable.
Es en los primeros años que uno tiene a su alcance darles todas las herramientas emocionales que uno pueda. Aunque uno mismo no las haya recibido. Así como la niña de 6 años no puede bien saber que el vómito no va a medio cuarto, tampoco tiene cómo alimentarse su autoestima solita. Me toca. Ambas cosas. Y, para mí, la más difícil es la segunda.
Tener a mi cargo mucha de la salud emocional de mis hijos me obliga a mantenerme sana a mí. Y se los agradezco. Así que, aún sabiendo los pañales, mocos, fiebres, toses, vómitos y todo lo demás que ya me ha tocado, los volvería a pedir. Lo bueno deja por mucho atrás a lo menos agradable.
