Las expectativas

Uno empieza cualquier proyecto con ciertas metas en la mente. Sobre todo, espero, uno debería querer que todo salga bien. Y tiene que hacer todo lo que esté al alcance de uno para que se logre. Si no, es completamente sin sentido. No se trata de jamás poder cambiar de opinión, porque perfectamente bien el proyecto original pudo estar mal planteado al principio. O uno mismo cambió y lo que quería ya no es lo que necesita más adelante.

Las expectativas están bien. Le dan a uno una idea de lo que quiere, de cómo se mira lo que está esperando. El problema es cuando uno las tiene acerca de otra persona y, peor aún, no se las comunica. Está bien esperar que la relación que uno quiere sea de tal o cual manera, pero está muy mal pretender que la otra persona lo adivine. También hay que aprender a ceder un poco, porque las personas a nuestro alrededor no son robots programables que van a inclinarse ante cada una de nuestras peticiones.

Me cuesta muchísimo eso de manejar mis expectativas, sobre todo con mis hijos. Pretendo que, porque es de todos los días que les digo que coman con la boca cerrada, no la abran para masticar justo en el restaurante y justo en el momento que los voltea a ver la abuela. Pretendo que entiendan cómo comportarse y me sorprende el grito desgarrador que se disparan en el momento menos apropiado en una reunión.

Pero lo que más me cuesta es manejar las expectativas que tengo de mí misma. Soy mi propia peor troll y poco he podido avanzar en mi empatía hacia mí misma. Tal vez es que me conozco mejor que nadie y espero cosas que no siempre doy. No sé todavía si eso es bueno o malo. Supongo que un poco de ambas. Tal vez alguna vez aprenda.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.