Salvaje

Ruges por dentro,

un animal salvaje

que escogió domesticarse.

Recuerdas días de libertad

viendo el espacio que te rodea

y casi quieres escapar.

Regresas. Siempre regresas.

Porque la noche ya no es tan negra

como el par de ojos

que te hicieron dejarlo todo.

La perfección desordenada

Me encantan las fotografías. Verlas, tomarlas, tomármelas. Mi Instagram está plagado de fotos mías (sí, lo siento, me tomo muchas selfies), porque me sirven como separadores en las páginas de mi vida para acordarme de momentos en específico. Tengo hartos a mis hijos con peticiones de fotos y los hago repetirlas con caras divertidas para alguna vez, cuando escucho los berrinches, llantos y alegatos, pasar a revisarlas y llenarme del sentimiento lindo que me trae el buen recuerdo.

Todo el tiempo vivimos momentos perfectos. Desde el primer sorbo de café caliente y cargado en la mañana que nos despierta las neuronas, hasta ese mili segundo antes de quedarnos dormidos que pareciera que fuéramos a salir volando. Pero son fracciones en ese hilo que se teje sin cesar y que vamos bordando en patrones más o menos ordenados.

La perfección es fácil de reconocerse hacia atrás. Revisar las fotos de ese instante en el que la luz brotaba de nuestros ojos, la sonrisa nos llenaba de arrugas de felicidad y parecíamos brillar de amor. De aromas que se meten durante una inhalación en nuestra nariz y luego se van para sólo dejarnos grabado el instante en el que dimos un beso. De contactos suaves que pareciera que se tatuaran en nuestra piel y que nos hacen enchinarnos.

Poder tener pequeñas imágenes de esos momentos, aunque sea una forma banal de guardarlos, nos ayuda a conservarlos para siempre. Y es que la perfección nunca es para siempre, pero siempre la alcanzamos una y otra vez.

Ubicarse en el momento

Trato de hacer meditación todos los días. Con varios grados de falta de éxito, porque siempre termino durmiendome. Probablemente no ayuda el hecho que me enchamarro y me acuesto para meditar, pero esos son detalles mínimos.

A pesar de lo rico que me cae, me cuesta decidirme a hacerlo. Porque requiere que deje de hacer todo lo que me consume y le dedique tiempo sólo a eso. Implica dejar el celular, la compu, el libro y hasta el pensamiento necio que no sale de la rueda en la que trota el hámster de mi cerebro.

Estar «en el momento» es como tener una mano abierta debajo de un chorro de agua sin pretender atraparla. Igual no se puede. Sólo hay que disfrutar la sensación del agua que le corre a uno entre los dedos. El agua, el elemento en sí, es el mismo, pero no son las mismas gotas. Aprender a estar allí, dejando fluir lo que pasa, sin cambiar uno su esencia, pero sí impregnándose de lo que le rodea a uno.

Es muchísimo más fácil escribir acerca de eso, incluso de forma que pareciera que uno lo entiende, a hacerlo. Pero lo intento. Escribir, meditar, correr, nadar, cocinar… cosas que me necesitan y a las que me puedo entregar para hacer bien me ayudan a estar un poco más cerca de quedarme en ese momento fluido.

O simplemente es que me duermo y no me fijo.

Que sirva de algo tener más años encima

Cada libro que he leído me ha exigido algo diferente. Hay autores que se pasan fácil, como un trago de agua pura en un día caluroso. Hay otros que es necesario tener el paladar más acostumbrado, porque son mucho más complejos. No se trata de que sean mejores unos que otros, es simplemente que necesitan resonar con cosas diferentes dentro de uno mismo.

Me pasó con Flaubert, por ejemplo. Leí Madame Bovary de adolescente y, la verdad, la detesté. Sigo pensando que la protagonista es una persona tonta y me cuesta muchísimo tenerle empatía. Decidí que no me gustaba ese autor. Hasta que leí un par de cuentos de él. El problema no era lo que había escrito. Era que yo no tenía la experiencia de los años para entender una historia emocionalmente compleja escrita de una forma simple, sin juzgar.

Es mucho más fácil enfrentarse con la vida creyendo que uno ya se las sabe todas de todas y juzgando a la gente a nuestro alrededor. Pero, sufrir un poco (o mucho), querer sin medidas, pasar decepciones, sentir dolor, emocionarse sin complejos, todas esas cosas que se aprenden a hacer cuando uno entiende que para eso es la vida, amplía la posibilidad de encontrarse con cosas agradables.

La juventud tiene el atrevimiento de la ignorancia, pero también está llena de miedos porque no conoce sus propias fuerzas. Lucir arrugas ayuda a conocer las profundidades del alma y a saber que uno es capaz de aguantar muchas cosas. Y que no lo sabe todo. Y que puede disfrutar cosas que no son del todo agradables. Como libros sin finales felices.

Aprender a no dar lecciones

Tener hijos le enseña a uno a que no sirve de nada saber. Hay cosas que tienen qué vivir por sí mismos y no hay forma de hacerlo diferente. En casa no les decimos mentiras, ni siquiera para Navidad, lo que nos ha ganado la antipatía de propios y extraños por igual. Eso les ha enseñado a los niños a sentirse seguros de nuestra sinceridad, a apreciar el valor de ser honestos y a poner la carita de inocentes para que se las miren amigos más «avispados».

Transmitir conocimiento duro, de hechos, es sencillo. Los datos son irrefutables. Los cálculos matemáticos son comprobables. Las experiencias sólo son ilustrativas. ¿Cuántos de nosotros realmente hemos decidido no meternos en un problema porque otro ya tuvo el lío? A veces necesitamos pequeñas decepciones y avisos de peligros que no son fatales para tomar mejores caminos. A veces ni así aprendemos y, viendo venir la pared contra la que nos vamos a estrellar, aceleramos.

Como mamá, sólo puedo decir que allí está el peligro y retirarme a ver si deciden parar, o si me va a tocar ayudarlos a recoger los pedazos. Y, lo último, sólo si me dejan. Es muy difícil, porque me gustaría que nunca sintieran dolor. Pero, aunque su dolor me duela más que cualquiera mío, se tienen que estrellar de vez en cuando.

No hay descanso

Antes llegaba el viernes y sentía que podía tener un descanso. Pues. No tenía trabajo, podía levantarme relativamente tarde, no había obligaciones… Tengo por lo menos nueve años que ya no sé qué es eso.

La vida sigue. Siempre. Creer que se detiene los fines de semana es como querer separar lo que hacemos de lo que nos gusta. Sería lindo que fuera como un círculo que gira sin trabarse, pasando de una actividad a otra. Siempre hay momentos más satisfactorios que otros, incluso en nuestras actividades favoritas. Pero eso no es excusa para tratar una parte importante del uso de nuestro tiempo como algo pesado.

La vida no es fácil. Por lo menos no todo el tiempo. Pero tampoco es un camino de vidrios rotos que haya que pasar siempre descalzo. Por lo menos no todo el tiempo.

Siempre me gusta recordarme que mi cerebro evolucionó para fijarse más fácil en lo negativo, por pura supervivencia. Y que es tan plástico, que lo puedo recalibrar. Es cierto que la actividad a la que me dedico no conoce vacaciones ni fines de semana, pero tengo dos pares de manitas que me buscan para darme abrazos y dos pares de ojos que me miran con amor. No siempre compensa el cansancio celular que siento en días como hoy que parecen de 72 horas. Pero casi siempre.

Cambiar de hábitos

Si alguien mira mi clóset, podría creer que trabajo en una funeraria. Un importante porcentaje de mi ropa es negra. Aunque digo que mi color favorito es el morado, tal vez tengo un vestido de ese color. Mis amigas, que me tienen cariño, me han acompañado a escoger ropa y me alentaron a probar otros colores.

He escuchado que tratar de cambiar un hábito es tan difícil como sacar a una persona necia de un asiento en un cine abarrotado. Obvio es más fácil sentar a alguien en un puesto vacío. Por eso es que, mientras más recorrido está uno, más tiempo necesita para hacerse nuevas costumbres.

Pero la flexibilidad es una de las características del aprendizaje y del crecimiento. Por lo menos con la edad se supone que viene más consciencia, juicio, voluntad. Se supone. Y uno debería poder darse mejor cuenta que hace cosas que no son del todo buenas. Que las puede mejorar. Vencer la hueva que da hacerlo es la parte complicada, porque el fulano que está sentado, ya está muy cómodo y es pesado.

Revisar lo que uno hace «por costumbre» y decidir si es mejorable o no, me cuesta. Es más rico irme por lo que me ha funcionado siempre. Por lo menos ya tengo blusas azules. Aunque lleve otra vez unos cinco días de vestirme de negro.

La experiencia que no aprende

Si algo me he dado cuenta es que puedo hablar mucho acerca de mí misma, pero muy poco acerca de mis sentimientos. Pídanme que les dé mi opinión acerca de cualquier tema, que les cuente una anécdota, que escriba un blog de lo que pienso todos los días durante los últimos tres años y, pues… Aquí estamos, ¿no? Pero, invariablemente, si alguno me pregunta cómo estoy, la respuesta va a ser bien. Aunque esté deshecha por dentro.

Parte del crecimiento emocional que se les trata de transmitir a los niños desde pequeños es que aprendan a identificar sus emociones y les pongan nombre. En los ejercicios se les pide que se fijen en qué parte del cuerpo sienten una emoción fuerte: enojo en dolor de cabeza, miedo o ansiedad en el estómago, felicidad en el corazón y así. Poder decir qué sienten los hace dueños de sí mismos y ayuda a lidiar con situaciones difíciles.

Parte de lo que uno debe aprender de adulto es a no desvalidar las emociones «negativas». Decirle a un niño «no te enojes», es abrir la puerta a cualquier tipo de represión e inhabilidad para expresarse sanamente. Sentirse mal no es malo. Es lo que uno hace con ese sentimiento, cómo lo externaliza, lo que sí puede tener consecuencias adversas. El niño puede estar muy enojado, decirlo, llorar de la rabia, pero no tiene derecho a pegarle a la hermanita, ni a tirar cosas, ni a insultar a la mamá.

Estoy aprendiendo a aceptar mis momentos no perfectos. Es más, no existen momentos perfectos. Todo el tiempo se viven sentimientos encontrados. No es malo estar triste. Es cierto que no pretendo pasar toda la vida como el burrito en Winnie the Pooh que parecía llevar una nube de lluvia encima de la cabeza todo el tiempo. Sólo que, tal vez alguna vez, pueda responder «No estoy bien, pero ya voy a estarlo», cuando me pregunten.

Verdades no objetivas

Estoy bronceadísima. Tengo líneas del traje de baño que demuestran la diferencia de color. Pecas también. Esa es mi verdad subjetiva, relativa únicamente a mí misma. Objetivamente, podría decir que estoy beige. O sea. No paso de ser una aspirinita salvaje.

Vivimos nuestras verdades en diferentes planos. No estamos hablando de hechos irrefutables. Si hay 29 grados de temperatura un día, hay 29 grados. Punto. Pero, para mí, eso puede ser muy caliente y para alguien más no. Lo mismo hacer algún deporte pueda ser aburridísimo para alguien y divertido para mí. El deporte en sí no cambia.

Tal vez lo que más varía son nuestras emociones. Reaccionamos de formas radicalmente diferentes al mismo impulso. Por eso es que cada relación es única y funciona (o no), para los que están en ella.

Lo más valioso de aprender a ser empático es que se experimenta el mundo de forma diferente. Sólo con tratar de ver el arte con otros ojos nos amplía nuestra propia existencia. Hay más allá afuera que sólo lo que sentimos, aunque parezca descabellado.

La relatividad es maravillosa. Yo sigo pensando que estoy tostada. Sólo no me comparo con mi hija, que sí tiene color de diocesita del sol.