Quiero pizza

Y helado y galletas y tal vez pizza otra vez. Y no quiero nada. Porque lo que quiero es sentirme llena de algo que no lo sustituye la comida.

Tenemos una relación un poco precaria con los alimentos. Simplemente porque son el combustible, no sólo de nuestra locomoción, sino el detonante químico de tantas cosas en el cerebro que no nos damos mucha cuenta. Y nos volvemos adictos al azúcar hasta olvidarnos cómo comer una fruta. O le ponemos una etiqueta de premio a cierta comida por habernos portado bien.

Es difícil dimensionar en dónde está uno con relación a lo que come. Simplemente hay cosas que sobrepasan nuestra consciencia y allí vamos, comiendo ese tercer tamal porque saben a los de la abuela. Haciendo galletas que están en el libro de recetas de la mamá. Tomando un cuarto trago con los amigos porque el año ya se acaba y pareciera que no viene uno nuevo detrás.

A mí la comida no me quiere. O me quiere mucho, no sé. Desde hace años no como muchas cosas que se consideran normales y no me recuerdo cuándo fue la última vez que me comí un pedazo entero de pastel. Y no me hace falta. No estoy lo delgada que me gusta, pero eso es material para otro par de cientos de blogs.

E igual quiero. Quiero una pizza. Porque la asocio a noches de pelis entrelazados. O un helado porque me recuerda a buenos momentos en ciudades lejanas. Y lo que quiero no es la comida. Es el recuerdo. Ése no me lo puedo comer.

Salir de una tormenta

Eso de pasar la vida como una montaña rusa no es un buen símil. Porque, está bien, uno tiene subidas y caídas y grita y se ríe, pero dura poco y cuando termina la acción, se baja del chunche y se acabó. Claro que se puede volver a meter uno, pero hay un momento en tierra firme antes de recibir otra sacudida.

La vida es más bien como estar en el mar. Tal vez por eso es que somos casi totalmente agua, para que nos vayamos haciendo a la idea de la marea constante. Porque si bien hay momentos de viento favorable, cielos despejados y olas que parecieran llevar el barco directamente a donde uno quiere, también hay tormentas que nos sacuden, deshacen las velas, naufragan las naves. Y no hay a dónde bajarse un rato para tomar aire. Siempre está uno en agua.

Siento que los últimos dos años he pasado sin ver el sol. No tengo recuerdos muy claros del 2016 y, muchos de los que tengo, quisiera pasarles un borrador. Tormenta. Pero de ésas que borran el cielo y el mar y no hay viento y se queda uno estancado. Así.

Diciembre no ayuda mucho en mi clima emocional tampoco. Pero estoy a flote, siempre en agua, pero no hasta el cuello. Al menos he aprendido que salir de una tormenta no implica un descanso y que queda mucho aún por remar mientras se vuelve a levantar un viento a mi favor.

No quiero poner árbol, pero quiero que quede como me gusta

Es lo mismo todos los años. No quiero poner el árbol. Ya no como galletas, ya no tomo egg nog, ya no como Stolen. Los últimos dos años me han dejado buscando la salida de emergencia, el botón de pausa, la pócima del olvido, algo. Y, para ajuste de males, hago mazapán y ya no tengo hámster qué engordar. Las fiestas son complicadas.

Yo no quiero decorar la casa. Pero no es sólo mi casa, tengo hijos y a ellos sí que les gusta. Más a la niña. La hice completamente feliz diciéndole que puede poner ella el árbol. Pero… las luces tienen que quedar de cierta forma y los adornos de otra y no todos en la misma rama por favor y… Mejor me fui de la casa a dar vueltas.

Recuerdo cuando mis papás decían que “hiciera lo que quería”, con desastrosos resultados. Porque lo que yo quería hacer definitivamente no era lo que ellos querían que hiciera. ¿Por qué, contra toda evidencia, seguimos creyendo que nuestros interlocutores son adivinos y/o que nos podemos dar el lujo de ser ambiguos porque a puro tubo nos tienen que entender? Agregando injuria a deshonra, decimos que pueden hacer las cosas sin nuestra opinión, pero tienen que quedar como nos gusta.

No. Así no funciona la cosa. Porque nadie tiene la obligación de leernos el pensamiento. Y, si decimos que no queremos hacer algo y alguien más lo hace, renunciamos a nuestro derecho de abrir la boca para opinar.

Así que, ahora que regrese a casa, diré que el árbol es la cosa más hermosa que he visto en mi vida. Si no me gusta, tal vez lo pongo yo el año entrante. O no.

No hay un “hasta cuándo”

Hay límites tan tangibles en toda nuestra vida, que quisiéramos que así fuera todo. Corremos una carrera con meta de tantos kilómetros, o estudiamos algo de tantos años, o construimos una casa de unos cuartos. Las cosas medibles nos dan límites y un sentido de avance en la vida. 24 horas en el día. Años con días contados.

Tenemos una falsa expectativa de ponerle límites a las cosas. Y no a todo se puede. Las relaciones no se pueden medir, porque ni siquiera se comportan con la predictibilidad de la marea. Los hijos crecen y uno ensancha los horizontes de esos intercambios que fluctúan entre cuidar y soltar, moldear y respetar, castigar y premiar. Uno mismo no sabe en dónde está exactamente el botón de explosión que detonan los pequeños deditos.

Las circunstancias que nos rodean, lo que estamos sintiendo, los recuerdos que afloran, todo hace que la vida no sea como un recipiente con orillas, sino como un horizonte que se alarga. No siempre sabemos de antemano en dónde le ponemos un fin a una relación. A veces nos sorprende que haya un después después de terminar.

Porque no todo tiene una página que dice “fin”.

¿Y qué te hace sentir?

Hace poco lloré en un museo. De esas lágrimas de adulto que uno esconde, como si sentir a nuestra edad diera vergüenza, como si conmoverse ya fuera cosa del pasado, como si nuestro corazón ya no tuviera capacidad para dejarse tocar. Estaba frente a un cuadro de Rembrandt, una mujer anciana. En general, he visto tratar la vejez en dos formas: o idealizada, cabecita de algodón, anteojos para ver, sonrisa beatífica, la edad borrando todo lo malo del ser humano y dejando únicamente la caricatura de un ente benévolo e inocuo; o grotesca, deforme, sin sentido, desprovista de su humanidad para convertirse en poco más que un animal.

Este cuadro era algo diferente. Se miraba la piel frágil, con manchas y arrugas, las manos un poco agarrotadas, el pelo escaso y canoso, sí. Se miraban los párpados caídos y poco había de beatitud idealizada en el retrato. Pero había luz. Dignidad. Era la representación de una candela que está en su último momento de iluminación, habiendo sido casi consumida, pero aún pudiendo brillar. Era el retrato de una vida a un paso de cruzar una puerta. Era magnético. Y me hizo llorar.

El arte en general, para mí, nos tiene que hacer sentir algo. Si no resuena en nosotros, no tenemos cómo interpretar lo que vemos más que como formas y colores en abstracto. Y eso no es la función de algo que hacemos sin ninguna funcionalidad práctica. Pero, para apreciarlo, supongo que tenemos que estar dispuestos a dejar que esa vibración nos toque por dentro, nos transforme un poco. Es esa apertura precisamente la que es tan difícil de aceptar. Dejar que haya algo externo que nos explore la parte blanda del corazón que tenemos guardada. Porque somos adultos. Porque no sentimos.

Confieso que me perturban esos ocasionales momentos de lo que considero debilidad. Sin embargo, allí, en ese lugar, sólo me dejé llevar. Porque no hubiera apreciado igual el cuadro si no lo hubiera sentido. Espero que nadie me haya visto llorar.

Hoy no estoy triste

Me encanta despertar con el sol. Poner música y sentirme feliz. El humor se me va agriando durante el día hasta terminar tirada en la cama pidiendo que la gente no se me acerque porque muerdo. Supongo que así va la vida.

Supuestamente las emociones no las podemos controlar. Pero siempre podemos darles un nuevo significado. Hacer ejercicios emocionales para darle más valor a las cosas buenas nos ayuda a pasar días mejores. Fijarse en un lindo atardecer (obvio, es noviembre), ponerle atención al vino, las cositas esas de siempre que nos gustan pero que ya no nos mueven.

Lo más importante tal vez es aportarles algo nuevo a los recuerdos viejos. Porque siempre tenemos información, preferiblemente sabiduría también, nueva. Es como ponerse filtros diferentes en los ojos, verlos de otros colores.

He pasado un par de años complicados. Lo único bueno que recuerdo es la pérdida de peso que lamentablemente ya recuperé. Días que no recuerdo haber visto el sol. Días tristes.

Pero no hoy. Hoy no voy a estar triste. Tal vez, si lo logro, pueda ser que mañana lo repita.

Las piezas sueltas

A mi hijo le encantan los sets de Lego. Mientras más complicado, mejor. Le hemos regalado desde carritos hasta bestias mitológicas complicadas. En mi mente, con las figuras íbamos a decorar su cuarto, como paisajes tridimensionales. Por supuesto que les tendríamos qué aplicar pegamento, si no, se desarmarían. Y, claro, uno tiene planes. Resulta que el niño se tarda lo que se tarda en armar sus juguetes y luego los desarma. Enteros. Tenemos cajas (grandes) de piezas de Lego.

Hacemos planes en la vida, armando nuestras etapas como rompecabezas cada vez más complicados. Los colgamos. Y el paso del tiempo se encarga en tirarlos y dejarnos las piezas regadas por el piso. A veces logramos rehacer el paisaje, tal vez con un par de agujeros en las orillas, pero aún se distingue el diseño original. Otras, simplemente no se puede volver a armar el asunto. Porque perdimos demasiados pedazos. Porque no encontramos las instrucciones. Porque ya no nos gusta.

Todo eso no está mal. Lo único que no podemos dejar de hacer es tratar de construir algo con las piezas a nuestro alcance. De vez en cuando encontramos otra y se la agregamos, aunque hasta las adiciones nos cambien todo el cuadro. No pasa nada. Así como con los Lego de mi hijo. Ya no son lo que se suponía que tenían qué ser. Pero hace cosas nuevas maravillosas.

Todo me duele y está bien

Estoy… sensible desde el jueves. Como si me hubieran arrancado una capita de piel casi imperceptible pero que me deja expuesta. Eso me aumenta lo irritable. Todo me parece un poco más ruidoso, un poco más molesto, un poco más de todo.

Pasamos recibiendo estímulos externos todo el día. Es necesario para nuestra (poca) sanidad mental que no le pongamos atención a todo. Hay estudios que demuestran que ni siquiera nos fijamos en las facciones de la cara de la gente cercana. Parece ser que tenemos una “imagen base” que grabamos al principio de la relación y no la modificamos mucho. Tal vez por eso uno sigue viendo lindo al viejito de al lado. Eso suena lindo.

Pero no lo es. Porque resulta que pasamos por allí sin fijarnos, envueltos en una burbuja de indiferencia que, si bien es cierto nos protege un poco, también nos aísla. Falta airearse un poco, dejar entrar el sol, que se salgan todas las ideas que llevan un poco de moho. Aunque moleste y duela e incomode.

Como yo ahorita. Porque, al lado de la irritación, también me he gozado más el sabor del vino, la melodía de una canción, la belleza de un cuadro. Y la compañía de la gente agradable.