Nuestra realidad es plástica

Tal vez uno de los finales más tristes para un ser humano es la pérdida de la memoria. La persona sigue existiendo, pero no como un ente íntegro, sino sólo como una parte fragmentada, incompleta. Falta la luz en la lámpara, la fragancia en el perfume. Pareciera que estamos definidos, principalmente, por nuestros recuerdos. Eso que nos lleva por lo vivido, que nos llena de emociones que siguen resonando limpias y cercanas, que nos da la forma que toman nuestras acciones por ir impregnadas de cosas ya realizadas.

Y, a la vez, cada uno de esos recuerdos los cambiamos cuando los volvemos a sacar para examinarlos. Es algo tan extraño: la memoria nos hace lo que somos, pero lo que somos cambia la memoria. Termina siendo un pozo que se alimenta constantemente.

Nuestro cerebro es plástico. Aún más de lo que se pensaba hasta hacía poco. Y nuestra personalidad también. Somos capaces de darle un sentido totalmente diferente a lo vivido con información nueva. Nuestra propia existencia como individuos está hecha de todo lo bueno y todo lo malo. Y de cómo lo integremos en esa corriente constante del tiempo que aún no hemos logrado trascender. Tal vez alguna vez logremos navegar libremente en esa dimensión. Pero no todavía.

Para mientras, el único viaje en el tiempo que podemos lograr es en nuestra propia mente y cómo la moldeamos. O cómo nos dejamos moldear. Tal vez logremos escapar de borrarnos a nosotros mismos.

36 horas

Los viajes, las vacaciones, los cambios de rutina, todo ayuda a renovarse. Hasta las cremas para la cara hay que cambiarlas de vez en cuando, porque la piel se acostumbra y ya no funciona igual.

Así, comemos diferente cada cierto tiempo, nos disfrazamos en la cama, hacemos otros ejercicios. Nos salimos de una fiesta tarde, a veces pensando que nos estamos pasando de la hora de dormir. O agarramos la botella de tequila que teníamos guardada.

De cualquier forma, no podemos hacer siempre lo mismo. Nosotros no somos los mismos, ni siquiera de un día al otro, porque las experiencias nos hacen movernos. Tal vez es por eso que las personas que insisten en permanecer en un estado permanente nos hacen ruido, se miran mal. Como cuando una se sigue peinando con la moda de cuando era adolescente. (Y si se fue adolescente en los ochentas, ni allí se miraba bien.)

Nos salimos de nuestra zona de comodidad para ampliarla. Esa es nuestra conquista diaria, el terreno ganado a la vida más allá de la rutina y hecho nuestro, hasta que también lo nuevo es viejo y hay que volver a empezar. Los músculos duelen cuando se cambia de ejercicio, el cerebro se cansa de considerar nuevas ideas, el alma necesita sobreponerse a la belleza recién descubierta.

Y que tome 36 horas regresar a la casa es agotador. Pero valió la pena.

Tomar un descanso

Hoy voy a descansar. De la vida y su reloj normal. De los paisajes de todos los días. De las palabras. De mí.

Después de más de tres años de publicar sin falta, lo suspendo.

Hasta el 13.

Felices desayunos hasta entonces.

El mejor olor

Falata un mes para diciembre. Esa época, para mí, huele a mantequilla, azúcar y harina. Pasábamos a puras galletas y pan durante 30 días. La casa se mantenía caliente por el horno y había cola de pedidos de mazapán que mi papá repartía con una gamonalidad que poco tenía en cuenta el esfuerzo de mi mamá.

Marzo huele a morado, con sus jacarandas en flor. Los fines de mes huelen a rosas. Mis hijos huelen a míos. Los gatos huelen a perfume. Mi casa huele a mí.

Los olores nos anclan en lugares y momentos especiales y a personas específicas. Ese perfume que usaba una persona querida y ya no está. El aroma de un abrazo en el que nos perdimos. El desagrado ante la química que nos repele de alguien a quien le agarramos una aversión inexpresable.

Los químicos que procesamos con el olfato, originalmente, servían para alertarnos de una posible putrefacción de la comida. Ahora, además de advertirnos que el yogurt de la refri ya pasó a otro estado de evolución, también nos afianzan los recuerdos.

Lindo eso de evocar una cita especial volviendo a usar la fragancia de la ocasión. Esas atracciones poderosas que nos unen a personas que no necesariamente tenemos cerca.

La nariz es poderosa. Y esta época es para llenarla de olores que luego nos envuelvan en abrazos cálidos. Aunque ya no nos comamos las galletas.

¿Y el estrés?

Despierta desde las 3:30 a.m. y no hubo forma que me tranquilizara lo suficiente como para dormir. Hasta nadé (sin sol, bajo protesta, como que me perseguía una barracuda), pero tampoco eso me ayudó. Me quedé como araña de corpus.

No importa qué tan racionales seamos, qué tantas herramientas tengamos contra las preocupaciones, hasta el hecho de saber qué nos quita el sueño. Siempre hay cosas que nos carcomen y que, en la balanza de las cosas, no deberían pesar tanto.

Aprendemos a estar presionados por todas partes y casi nunca nos enseñan cómo dimensionar esas presiones. Casi todos hemos tenido momentos de quiebre, noches de insomnio, arrebatos emocionales sin explicación.

Lo bueno (tal vez lo mejor) es que sí podemos aprender a no dejar que las penas nos carcoman.

En mi caso, me desvela no tener control sobre las cosas, como si no hubiera aprendido ya que el control no es poder. Y, cualquier cosa, se puede solucionar. Para mientras, dormiré con la botella de tequila al lado de la cama. Tal vez eso me ayuda.

Fondo y forma y disgustos

Últimamente he leído muchos libros que he apreciado más por su forma, estilo, narrativa, que por lo que me están contando. Historias sin un final específico, personajes que me repelen, cosas que no me importan. También le metí un par de lecturas con trama interesante y mala forma.

He de confesar que me estoy gozando leer a buenos escritores, aunque las historias no me fascinen. Forma sobre fondo. Y es que muchas veces es imposible apreciar el mensaje si está mal empaquetado. Como cantar una canción con letra estúpida, pero tan buen ritmo y melodía que no mucho importa.

Por eso es tan frustrante ver cómo se nos pierden las cosas que necesitamos decir, porque no sabemos presentarlas. El amor más grande del mundo puede diluirse si no pueden enseñar. Tragedia.

Supongo que hay que aprender a hacer ambas cosas bien.

Hablar para no contar nada

Me encanta hablar. De el libro que leo, la serie que vi o veo, de relaciones, de nadar, del karate, de escribir, de la luna, de lo que sea. Con tal de no contar nada de lo que me pasa verdaderamente. Creo que me siento más cómoda cuando estoy escuchando a alguien y no tengo que decir nada.

Antes de escribir y poder dejar en forma más permanente las cosas que nos imaginábamos del pasado, nos contábamos cosas. De la creación del mundo, de dónde veníamos, hacia dónde íbamos. Hay magia en la palabra hablada. El refrán “las palabras se las lleva el viento” no es una sentencia negativa. Es el reconocimiento de la vida que poseen las cosas que decimos. Cada palabra que escapa de nuestras bocas cobra una autonomía. Ni siquiera las podemos recoger. Una vez dichas, existen y no hay forma de ignorarlas.

Por eso las cosas que compartimos de nosotros mismos se vuelven más reales una vez contadas. Y la persona que las recibe es para siempre dueña de un pedazo nuestro. Aunque no lo quiera.

Darnos en nuestras palabras es un acto permanente, delicado, íntimo. Por eso platicamos de muchas cosas y rara vez contamos lo que llevamos dentro. Y está bien. Nuestra esencia se gasta y no siempre la podemos recuperar.

Regresemos a la base

Me encantan los libros y las películas de ciencia ficción. A parte que de para mucho en cuanto a vuelos de imaginación, una buena pieza de sci-fi se cuestiona dilemas filosóficos profundos en un vacío que rara vez logramos considerar en nuestra existencia real.

Acabo de ver BladeRunner, un clásico de «¿qué es ser humano»? y no me decepcionó. No da respuestas facilonas y queda todo a merced de la valoración considerada de uno mismo. Y tiene una belleza visual especial. Ser humano, eso que nos determina como únicos, depende tanto de lo que hemos vivido, como de lo que decidimos hacer con todo ese equipaje. A veces, el problema, es que no sabemos que arrastramos valijas tan pesadas en las que no sólo nosotros hemos empacado cosas. Y vamos por la vida con pesos sobre los hombros que, como siempre los hemos llevado, ya no nos sorprenden.

Pero salirse del ciclo de dejarse detener por cosas del pasado requiere mucho más que sólo sentirse retrasado en el avance. Necesita que nos fijemos y escarbemos y nos hurguemos hasta que no quede nada oculto. Y eso duele. Porque quitar el material extra implica usar el bisturí.

Claro que resultamos más livianos, más «nosotros». Al costo de habernos cincelado, moldeado, manipulado. Ser humano implica hacerse un poco. Decidir qué conservar de lo que traemos.

Sí, definitivamente me encanta la ciencia ficción. Y me parece igual de marciano el sólo hecho de pensar que yo logre afianzarme en mí misma. Supongo que es pura cuestión de imaginación.