Las piezas sueltas

A mi hijo le encantan los sets de Lego. Mientras más complicado, mejor. Le hemos regalado desde carritos hasta bestias mitológicas complicadas. En mi mente, con las figuras íbamos a decorar su cuarto, como paisajes tridimensionales. Por supuesto que les tendríamos qué aplicar pegamento, si no, se desarmarían. Y, claro, uno tiene planes. Resulta que el niño se tarda lo que se tarda en armar sus juguetes y luego los desarma. Enteros. Tenemos cajas (grandes) de piezas de Lego.

Hacemos planes en la vida, armando nuestras etapas como rompecabezas cada vez más complicados. Los colgamos. Y el paso del tiempo se encarga en tirarlos y dejarnos las piezas regadas por el piso. A veces logramos rehacer el paisaje, tal vez con un par de agujeros en las orillas, pero aún se distingue el diseño original. Otras, simplemente no se puede volver a armar el asunto. Porque perdimos demasiados pedazos. Porque no encontramos las instrucciones. Porque ya no nos gusta.

Todo eso no está mal. Lo único que no podemos dejar de hacer es tratar de construir algo con las piezas a nuestro alcance. De vez en cuando encontramos otra y se la agregamos, aunque hasta las adiciones nos cambien todo el cuadro. No pasa nada. Así como con los Lego de mi hijo. Ya no son lo que se suponía que tenían qué ser. Pero hace cosas nuevas maravillosas.

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