Hay límites tan tangibles en toda nuestra vida, que quisiéramos que así fuera todo. Corremos una carrera con meta de tantos kilómetros, o estudiamos algo de tantos años, o construimos una casa de unos cuartos. Las cosas medibles nos dan límites y un sentido de avance en la vida. 24 horas en el día. Años con días contados.
Tenemos una falsa expectativa de ponerle límites a las cosas. Y no a todo se puede. Las relaciones no se pueden medir, porque ni siquiera se comportan con la predictibilidad de la marea. Los hijos crecen y uno ensancha los horizontes de esos intercambios que fluctúan entre cuidar y soltar, moldear y respetar, castigar y premiar. Uno mismo no sabe en dónde está exactamente el botón de explosión que detonan los pequeños deditos.
Las circunstancias que nos rodean, lo que estamos sintiendo, los recuerdos que afloran, todo hace que la vida no sea como un recipiente con orillas, sino como un horizonte que se alarga. No siempre sabemos de antemano en dónde le ponemos un fin a una relación. A veces nos sorprende que haya un después después de terminar.
Porque no todo tiene una página que dice “fin”.
