Las cosas a medias

Las canciones o hablan de la maravilla de estar enamorado o del dolor del corazón roto. Extremos. Como si sólo hubiera sol al mediodía. Noche sin estrellas. Nada más entre los dos.

Confieso que lo entiendo. Soy binaria. Sí o no. Bien o mal. Blanco o negro. Es bonito, porque los picos son fáciles de identificar. Así, o está uno feliz, o tira todo por el caño.

Pero resulta que la vida no se puede llevar en columpio de un extremo al otro. Pasan días, la mayoría de ellos, en los que no pasa nada. ¿Acaso no se nos junta un lunes con otro, sin poder destacar un momento en especial?

Las historias nos enseñan muy bien qué pasa después del amor. Todo termina. Se cierra el círculo. Se desata el nudo. Pero eso no es la realidad.

Hay más vida en planicie que en abismos y montañas. Sobre todo, hay que aprender a vivir en esas etapas intermedias luego de los extremos. Aunque sea más rico tirarlo todo.

También hay belleza en el medio. Los amaneceres de sonrisas verdes en las comisuras del cielo y las puestas de sol como caricias rosadas son la mejor prueba.

El cajón de las palabras

Alimentamos el cerebro con lo que percibimos de afuera y lo procesamos para volverlo un producto final con lo que tenemos adentro. Es tanta la simbiosis, que nuestras percepciones de cosas objetivas, son subjetiva, porque no tenemos otra forma de tomarlas que desde nosotros mismos. Emociones y recuerdos y sensaciones. Todo nos dice qué y quiénes somos.

Ser alguien con alta auto percepción sólo sirve para tener un poco más de consciencia del proceso, pero no necesariamente lo hace mejor o más fácil. En donde sí mejoramos es cuando elevamos el nivel de inteligencia emocional. Eso incluye hasta el poder identificar qué estamos sintiendo. Poder nombrar las cosas las hace nuestras y nos da cierto dominio.

La vida está suficientemente fuera de nuestro control como para no poder ponernos nosotros mismos bajo cierto sosiego. Lo que sentimos no podemos evitarlo. Pero sí podemos darle un giro. Atenuar nuestras palabras. Alimentarnos de lo que nos hace bien.

Para mí, aprender a calmar las explosiones de ira implicó aceptar mi incapacidad para aceptarme errores. La empatía comienza desde uno. Aunque seamos la persona que más nos cueste perdonar.

Me gustaría ser perfecta, a veces, luego pienso que qué aburrido y se me pasa.

Esa pregunta estúpida

Esa, la de «¿De que te arrepentirías más el día de tu muerte? ¿De lo que hiciste o de lo que dejaste de hacer?»

Como si uno de verdad pudiera medir en este momento lo que va a ponderar desde un plano más alto el día en que esté cerca de morir. Y eso sólo si tiene uno la oportunidad de hacerlo.

Siempre he escuchado que la gente se arrepiente de dejar de hacer cosas. Pero creo que es un poco engañoso. Porque no hacemos una cosa, por hacer otra que nos parece mejor en el momento de tomar la decisión. Y así no se puede.

Además, en mi vida sí hay cosas que he hecho que preferiría no. Eso de «no me arrepiento de nada» no es lo mío. Bien sé las estupideces que he hecho. Así que, la pregunta al final del día no nos puede ayudar a decidir el hoy.

Hoy, con lo que sé y siento, tomo algún camino que pueda me lleve a puerto seguro o a un precipicio, o a un final sin salida del cual tenga qué regresar. Mañana tomaré otro. Porque soy diferente y sé más.

De lo que espero no arrepentirme es de no haber intentado tomar la mejor decisión en su momento.

El pavo está en salmuera

Literal. El pavo de mañana jueves lleva en salmuera desde el lunes. Es un paso adicional a las ya trabajosas horas que el animal lleva en el horno. Sobre todo el de este año. Es primera vez que lo preparo así. Porque nunca repito receta. Y no es por especialista de siempre querer hacerlo diferente. Es que, frecuentemente, no me acuerdo cómo lo hice el año anterior.

Supongo que es parte de la evolución de todo lo que hacemos. Repetimos costumbres, como los buñuelos para acompañar el fiambre, pero este año la miel se hace con cardamomo (sobre todo porque no encontré el anís, pero esos son otros veinte pesos). El chiste es que conservamos una tradición y la vamos adaptando. Añadimos puestos a la mesa. Quitamos algunos. Compramos un pavo más grande hasta que toque regresar a sólo preparar una pechuga.

Tengo en mente desde siempre en uno de esos mis loops a lo Nascar la permanencia constante de las cosas que van cambiando. Como si la vida se moviera siempre en espiral, llevándonos cerca de un punto conocido, cerca, pero no del todo igual, no del todo en el mismo sitio. No me estoy inventando nada nuevo, ya se ha derramado suficiente agua con eso del río y no poder cruzar el mismo dos veces.

Pero no es lo mismo pensarlo que experimentarlo. Tenemos el mismo cuerpo, pero sin fuente de la juventud y, pues, no es igual. Los mismos hijos, y no son iguales.

Y está bien. Porque le podemos agregar cosas a la receta, que nos quede fantástica y cambiarla el otro año. Al final del día, el chiste es comer juntos.

La locura no es igual

Todos hemos escuchado la definición de locura como “hacer las cosas iguales esperando resultados distintos”. Y, pues… supongo que funciona muy bien para procesos con resultados constantes: estudiar, hacer ejercicio, dieta, sumar. Todo eso que es medible y cuantificable.

Seguro que en esa ecuación no metieron las relaciones humanas. Porque uno nunca reacciona igual ante los mismos estímulos, por mucho que se parezca el impulso. Si no me creen, traten de obtener siempre el mismo resultado, con el mismo niño, haciendo la misma cosa y me cuentan cómo les va.

Cambiamos. Siempre. Creemos que no, o no nos damos cuenta. Y vemos los cambios en los demás aún menos que en nosotros mismos. ¿De dónde sacaste esa palabra/expresión/canción? Preguntas frecuentes en casa con niños en colegio. Y allí va uno, tratando de no quedarse atrás.

Sería lindo, cuando tratamos con los demás, que nuestras acciones tuvieran una reacción predecible siempre. Poder lograr cierta estabilidad en nuestras expectativas aplana mucho el camino que a veces se pone borrascoso con las emociones.

Pero la clave principal, no está en los demás, sino en uno. Porque sólo podemos controlar nuestras propias reacciones y allí es en donde encontramos la estabilidad para no sembrar la locura en nuestro entorno.

 

La isla de la cocina

Hace poco cambié los muebles tradicionales de la cocina de mi casa por estructuras de cemento. Repisas, tops, isla, todo es de cemento visto. Apenas tengo 7 gavetas y los aéreos están abiertos, sin puertas.

Confieso que mi gusto personal de decoración no pasa del blanco para las paredes, madera y concreto. Supongo que prefiero mi entorno sencillo, para poder ponerle yo la complicación. Pero, lo que más disfruto es la isla. Poder hacerme un café y sentarme allí mismo, piernas cruzadas como niña ante una hoguera. Es un pequeño oasis entre el ruido que generalmente acompaña mis días.

Necesitamos lugares que nos sumerjan en tranquilidad desde el momento en que entramos en ellos. Para algunos, la iglesia, otros, un bosque. Lo que sea. Idealmente podemos adentrarnos allí sin mayor dificultad. Debería estar a nuestro alcance cotidiano. Porque, cualquiera se relaja con el ruido de las olas, pero no todos las tenemos tan cerca, por ejemplo.

Recargarnos, rehacernos, retomar. Supongo que para eso sirve el pequeño momento de silencio, que no dura más que el café en mi taza. No importa. Tampoco necesito mucho.

Los placeres olvidados

Acabo de encontrar una receta para hacer helado sin necesidad de máquina que es una maravilla. La hacía seguido hasta hace poco y por razones de vanidad la dejé de hacer. Hasta se me había olvidado que la tenía. Como cuando ha pasado mucho tiempo de encierro y uno sale a recibir el viento en la cara y el sol en la espalda. O un beso en la mejilla en un momento de distracción.

Vivir es luchar. Eso es cierto, sin duda. Hasta el respirar conlleva un acto de esfuerzo. Y está bien que así sea. Las cosas necesitan que les pongamos de nuestro ser para hacerlas nuestras. Una comida preparada con cariño sabe mejor que cualquier cosa comprada, por ejemplo. Pero no todo es una carga qué llevar de un lado al otro. No somos seres sin propósito. O no deberíamos serlo.

Tener la capacidad de apreciar el color azul imposible de un cielo que no sabe si deja aún salir al sol por la mañana. Agradecer el trago de agua fría que refresca por dentro en un día bochornoso. El sabor de un beso que ya conocemos, pero que no hemos reconocido.

A veces, el esfuerzo que hay qué hacer es en recordar las cosas que nos traen placer. Y lograr tenerlas. Sorprendentemente, suelen ser sencillas y sólo están esperando que las veamos. O las hagamos. Como el helado, que no podría ser más fácil de hacer.

A veces las cosas no sirven para lo que son

Creo que pocos consejos paradójicos me gustan tanto como “Hay que conocer las reglas para poder romperlas”. Suena extraño, invertir tiempo, dedicación y esfuerzo en aprenderse algo a la perfección, sólo para dejarlo ir cuando ya se tiene bien agarrado. Pareciera que romper lo establecido es muy sencillo: simplemente hay que dejar de hacerlo. Y luego resulta que nos volteamos hacia una esquina que creíamos desconocida, sólo para darnos cuenta que ya tiene muchos ocupantes.

Todo tiene una función preestablecida. Un libro se lee. Un lápiz escribe. Un suéter cubre. Bueno. Está bien. Hay procesos que ya vienen escritos, lenguajes con reglas previas, recetas con ingredientes detallados. Y leemos el libro, escribimos los ejercicios con el lápiz, hablamos otros idiomas como sacados de un libro de texto. Porque primero hay que saber a qué sabe el pastel según el libro.

Pero luego, cuando ya caminamos sobre terreno seguro, dejarlo allí sería un desperdicio. De mente, de capacidad, de talento. Un suéter se vuelve una pequeña tienda de campaña. Una fórmula se convierte en una pócima mágica con propiedades nunca antes vistas. Un cuadro tira por un caño las reglas de la perspectiva para dejar el sentimiento crudo.

Todo y todos, tenemos una función. Es primordial conocerla, amaestrarla, dominarla. Y, no menos importante, es dejarla a un lado para ver qué más podemos hacer.