Salir de una tormenta

Eso de pasar la vida como una montaña rusa no es un buen símil. Porque, está bien, uno tiene subidas y caídas y grita y se ríe, pero dura poco y cuando termina la acción, se baja del chunche y se acabó. Claro que se puede volver a meter uno, pero hay un momento en tierra firme antes de recibir otra sacudida.

La vida es más bien como estar en el mar. Tal vez por eso es que somos casi totalmente agua, para que nos vayamos haciendo a la idea de la marea constante. Porque si bien hay momentos de viento favorable, cielos despejados y olas que parecieran llevar el barco directamente a donde uno quiere, también hay tormentas que nos sacuden, deshacen las velas, naufragan las naves. Y no hay a dónde bajarse un rato para tomar aire. Siempre está uno en agua.

Siento que los últimos dos años he pasado sin ver el sol. No tengo recuerdos muy claros del 2016 y, muchos de los que tengo, quisiera pasarles un borrador. Tormenta. Pero de ésas que borran el cielo y el mar y no hay viento y se queda uno estancado. Así.

Diciembre no ayuda mucho en mi clima emocional tampoco. Pero estoy a flote, siempre en agua, pero no hasta el cuello. Al menos he aprendido que salir de una tormenta no implica un descanso y que queda mucho aún por remar mientras se vuelve a levantar un viento a mi favor.

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