Preservar la inocencia

Veo a mis hijos crecer y los aliento a ser lo más independientes que pueden dentro de sus capacidades y madurez. Les enseñé a bañarse, vestirse, comer, hacer deberes, estudiar y todas esas cosas, solos, porque la intendencia de la propia higiene es una cualidad básica. Les pido que piensen por sí mismos aunque eso implique muchas veces que me lleven la contraria y me saquen un poco de quicio. Les contesto lo mejor que puedo hasta sus preguntas más incómodas.

Pero lucho con todas mis fuerzas para preservar su inocencia. Esa cualidad de la infancia que no es tan antigua como creemos, pero que en la modernidad logramos identificar como algo precioso. Nuestros antepasados de hace menos de mil años se casaban a los 13 años. Si se casan ahora a los 30 es que los pescaron temprano. Pero en ese limbo no hemos logrado ponerle atención a la cualidad de no meterle información que no pueden digerir a los cerebros de los niños antes de tiempo. Tanta, tantísima información dispersa al alcance de un teclazo en un celular sin supervisión, y el niño de 10 años ya anda pensando en cosas que no puede comprender.

No pretendo tenerlos en una burbuja, pero sí que no se salten las etapas que les tocan. Hoy, sobre todo, que me tocó enseñarle a mi enano cómo usar desodorante y quiero mandarlo al Japón a que lo hagan bonsai, sé que cada día es más de sí mismo, mucho menos mío. Pero no quiero que se pierda la felicidad y la pureza de su mente por andar metido en cosas que no le corresponden.

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