Doblé una garza

Doblé una garza, la misma

tantas veces, idénticas las esquinas

distintas todas, nada nunca es igual.

Doblé una garza, mil veces

mis dedos conocen la forma

del papel transformado

en veintiséis movimientos.

Doblé una garza, era un cuadrado

ahora son muchas aves

y aun deshaciendo el doblez

no podría quitar las marcas.

Doblé una garza, vuelan mil colgadas

a mí también me doblo

he hecho tantas marcas

y en todas puedo volar.

Balances precarios

De pequeña me encantaban los sube-y-baja. Hay algo más que divertido en ese ir y venir de abajo a arriba. Un ritmo que parece mezcla entre saltar y volar.

Hay un instante en que se está a la misma altura que el otro. Tan pequeño que se esfuma. Ese balance precario que buscamos en nuestras vidas y que logramos fijar en nuestra consciencia a la vez que lo perdemos. Es una cosa de estar en constante movimiento y ajuste. Claro que lograríamos menos inestabilidad si nos situamos en el centro, no en los extremos. Pero no hay nada de diversión allí. Para eso, mejor no jugar.

Habrá siempre cosas qué mejorar y nunca lograremos la total estabilidad. Pero también es bello sentir el viento con cada subida y bajada y poder tomar impulso del suelo para volver a elevarnos. Si, total, no vamos a poder jugar para siempre.

El sueño que no se logra

He pasado varias noches sin dormir. La condición de la niña propicia desvelos, ya sea por mal funcionamiento de algún componente de la máquina o por descuido de no revisar cómo está antes de dormir. Y los ruidos externos. Y el calor. Y que me ha costado relajarme.

Pareciera que ser adulto es estar cansado. No recuerdo haber sentido cansancio nunca de niña. Siempre quise quedarme despierta toda la noche y ahora que nadie me manda a acostarme, quisiera hacerlo todo un día. Esa dicotomía entre querer y poder y no hacer las cosas cuando ambas coinciden, muchas veces impulsa nuestra vida. Y qué tontera.

Aunque no soy partidaria de una filosofía de vida que aliente a hacer cualquier cosa porque sólo se vive una vez, sí estoy convencida que las cosas que se hacen con intención hay que hacerlas como si fuera la última vez que se hacen. La actitud que desmerece como indiferente cualquier momento de la vida es tan dañina como la que se preocupa por cada detalle. Hay que estar. En todo. Cuesta en estos momentos de distracciones, pero es más importante que nunca.

Trato de hacerlo, porque me doy cuenta de lo que me pierdo. Es una lucha constante. Y sigo cansada. Espero hoy poder dormir.

En tus tiempos

Hay tantas cosas que se pueden mejorar de cómo nos conducimos. Lo malo es que muchas veces no lo hacemos porque queremos regresar a un estado idílico anterior. Como ir al paraíso perdido. Cuando, probablemente, en ese lugar del recuerdo había mosquitos, no se conseguía tocino y abundaban las alimañas.

Todo tiempo pasado sólo parece haber sido mejor. Porque cada vez que sacamos el recuerdo, lo cambiamos a lo que queremos. Eso es sumamente valioso para nuestra integración de personalidad, podemos convertir un pasado traumático en algo positivo. Pero si sólo nos pasamos queriendo regresar a algo que seguro no existió, nunca podremos hacer lo que viene. Y lo que viene. Y lo que viene.

Tal vez el próximo tatuaje que pida diga: hay que hacer lo que se puede, con lo que se tiene. Una forma más elegante de decir: es lo que hay. Y no estar buscando regresar al pasado, porque no quiero que me muerda una serpiente.

Nadar para no ahogarme

Nado sin prisas, el agua está tibia. Olvido todo menos el ritmo de brazadas que me obliga a respirar con propósito. Nunca le ponemos atención al aire que inhalamos, hasta que nos tiene que sostener. Alguna vez he buceado y el arte de respirar debajo del agua sorprende. Parece truco de magia.

A cada vuelta que me impulsa al otro lado, vuelvo a sentir que floto. Hay algo de volar en ese movimiento y, mientras estoy allí, sumergida, no peso. Todo se queda en la orilla y sólo quedamos el aire y yo.

Poder abstraerse un momento del constante murmullo de nuestras cabezas nos centra. Ubicamos lo inmediato, que es lo único que verdaderamente existe. No tenemos que imaginar el futuro ni recordar el pasado. Estamos. Y eso basta. Como respirar. Vale la pena estar nadando para recordarlo.

El mango de la tarde

Partí un mango que escondía el sol entre la cáscara

me lo comí con un tenedor, no necesité lavarme la cara

igual me supo a la fruta que comía de pequeña

sentada en un puesto en el mercado, esperando a mi mamá

el jugo resbalándose entre mis manos.

Así un mango también puede ser una máquina del tiempo

me devuelve a una niña feliz

que tenía todo lo que quería entre las manos,

y que sabía que regresaría a tenerlo la semana siguiente.

La felicidad puede ser eterna de tantas veces que la sintamos

bocado a bocado.

Para que todo fluya, debe haber un cauce

Mi papá decía que las cosas se hacían «suave», refiriéndose a enroscar una tapa o a meter una pieza en donde correspondía. Si hay que forzar algo, generalmente es porque no va allí. La lógica es impecable.

Ahora dicen que hay que dejar que las cosas «fluyan», pero creo que no tienen idea de todo el trabajo que hay detrás de eso. Porque, para que una pieza cace o un líquido fluya correctamente, debe haber una planificación, horas de trabajo, ejecución adecuada y escoger el momento. De lo contrario, por mucho que se permita correr el agua, se va a ir para lugares donde tal vez hace más daño que bien.

Las mejores relaciones son las que parecen fáciles. Una pareja que baila lindo junta. Pero eso es sólo una ínfima parte de la verdad. Para llegar allí, hubo muchos pies pisoteados y muchas pérdidas de ritmo. Ningún atleta de alto rendimiento, por talentoso que sea, logra llegar a su pico sin practicar. Ya allí encuentra el «flow», claro. Como deslizarse por una montaña. Primero hay que escalarla. Y volverla a escalar.

Sí, hay que dejar que las cosas fluyan. Pero no por un caño.

Venado lampareado

Estoy bien equipada para reaccionar en emergencias. ¿Cómo será que una emergencia nunca es buena, siempre mala? De cualquier forma, me corre hielo por las venas y las cosas salen. Se hace lo que se puede con lo que se tiene.

Las buenas noticias me dejan sin aliento. Tengo que procesarlas y creo que reacciono mal: me congelo. ¿Será que nuestros cerebros están mejor equipados para lidiar con cosas malas?

Como sea que funcione, tengo que aprender a respirar.

Más sencillo. No más fácil

“Para qué hacer las cosas fáciles si se pueden hacer difíciles” era un lema que solía decirme, medio en broma, muy en serio. Aún ahora eso de “dejar que las cosas fluyan” sólo me parece adecuado para lo que se llevan las cañerías. Lo que sale bien, de forma sencilla, lleva detrás horas de hacer cosas mal y con dificultad.

Detrás de esos matrimonios de décadas que uno admira, hay noches de negociaciones, redefiniciones de lo que es amar, compromisos, acuerdos y muchas muertes de egos. Nada fácil. Pero luego se va sobre ruedas y todo parece como que así fue siempre. Las cosas que queremos nos cuestan y eso está bien. No se trata de aguantar daño, pero tampoco de huir de los retos.

Me gustan las cosas sencillas. Pero no fáciles. Hasta un huevo bien hecho lleva horas de práctica.

No hice nada

Con el desayuno preparado desde ayer, almuerzo pedido y niños atendidos, poco me quedó por hacer hoy. Se me juntaron las ganas de platicar en silencio con mi cama, con la falta de deseo de hacer otra cosa. Hacer nada es, por definición, estar en un estado específico, ilógico hasta cierto punto.

Siento la compulsión de ocuparme, porque me rindo cuentas de cada momento y pocas veces me satisface mi reporte. ¿Por qué perdimos el sentido de la nada como algo bueno? Es allí cuando se asientan los sabores de la vida, ingredientes en una salsa que necesitan conocerse mejor para bailar bien juntos.

No estoy segura si lo que hice sea bueno. Es algo, sin ser algo. Ha sido rico. Me dará un poco de cargo de consciencia mañana, por tantos minutos desperdiciados. Espero apreciar la suspensión de ansiedad que me regalé. Tal vez lo repita alguna otra vez.