El tiempo eterno

Abrí el vacío

que separa un segundo del otro

lo alargué

como se estira un resorte.

Quiero que no pase el tiempo

no avanzar

quedarme suspendida

entre dos instantes.

Resguardarme en la nada

en donde no tengo que seguir

sólo estar.

Siempre lo recuerdo tarde

Hacer el súper con hambre es una tortura. Sé que quiero llevar cosas inconvenientes cuando hasta las galletas maría se me antojan. Es cuestión del momento y el estado.

Como en todo. Nunca se vuelve a leer el mismo libro aunque uno lo repita, porque uno es el que ya no es igual. Lo del río y todo eso. Pasa con las relaciones, a las que uno jamás puede regresar, por mucho que sean las mismas personas.

No existe tal cosa como la permanencia, sólo la voluntad de ajustarse. Como ahora mismo que me he desviado tanto del tema con el que comencé, que no me decido entre comenzarlo de nuevo o terminar este desorden de ideas.

El estado y la oportunidad nos marcan las experiencias y aceptar que nunca se regresa a tener los mismos, que nunca volvemos a coincidir perfectamente con las circunstancias y que querer estancarse equivale a enterrarnos, es liberador. No vamos a llegar de nuevo al paraíso perdido. Simplemente ya no existe y buscarlo nos hace no fijarnos en los que vamos pasando. Estado y consciencia. O hambre y súper, cosas que sí se me juntan con frecuencia, aunque cambie de horario.

Necesito distancia

Se supone que a cierta edad (que ya tengo), uno necesita o anteojos o brazos más largos… Sigo teniendo la suerte de estar librada de ambas carencias y continúo leyendo impunemente libros en mi celular. No sé cuánto tiempo me sea esto sostenible. Sospecho que todo el tiempo que me tarde en ir a un oculista.

Lo interesante es que la distancia es equivalente al enfoque y puedo entenderlo perfectamente. Yo necesito tomar mucha para poder darle perspectiva a mi vida, sobre todo en situaciones complicadas. No siempre lo logro, precisamente porque vivo lo que estoy viviendo y eso de alejarme se me hace complicado. Pero, callar y escuchar equivalen a ese espacio y poco a poco he aprendido a hacer ambas.

Necesito distancia de mí misma y eso implica soltarme, mi ego, mi concepción de cómo debe ser mi vida, mis relaciones y, sobre todo, mi autoconocimiento. Sólo para que haya espacio para cosas mejor enfocadas. No hacerlo implica muchos dolores de cabeza.

Quince años más tarde

He estado con cosas pendientes desde hace quince años. No ha sido desidia, pero sí negación. Cuando lo pensaba, quería olvidarlo. En particular ponerle una placa conmemorativa a mis papás. Hay algo de finalidad simbólica que dejé pasar. No hay muchas excusas, pero tampoco tengo que dárselas a nadie. Sólo a mí.

Hay una falta de lógica en todo esto y creo que no la voy a buscar. Al menos no me es necesario en este momento. Sí siento una especie de alivio con el cierre de esto. También es cierto que la vida puso en mi camino a personas maravillosas que me ayudaron a solucionar algo que pudo ser complicado y que se resolvió con una llamada.

No puedo asegurarme a mí misma que no vuelva a dejar cosas pendientes. La bodega llena de telas me pesa como elefante. Junio será el momento para que alguien más la arregle. No quiero que lo hagan mis hijos y lo dejen estar quince años más.

Aceptar sí

Vivo con el “no” en la boca: no, no puedes quedarte despierta toda la noche, no, no puedes cenar papalinas, no, no puedes no estudiar. Hay muchos nos qué decir, porque me toca poner límites. Cansa un poco. Se van agotando las ganas como un pozo que no se rellena.

El otro peligro es que se me olvide cómo decir que sí y mate la alegría de hacer cosas fuera de lo de siempre. Sí, quédate más tiempo conmigo, sí, comamos algo rico, sí, seamos suaves. Tal vez lo que más me cuesta en este mundo es la suavidad y esa sólo se logra en el sí.

Espero aprender antes que se me agote el tiempo de bailar sin preocupaciones.

¿Te das cuenta?

¿Viste, Corazón, hasta dónde hemos llegado?

Tu persistencia y mi ignorancia

nos han traído a lugares

que nunca encontramos en un mapa.

Estamos al fondo de un océano, Corazón

y tú sigues insistiendo

en palpitar, qué necio, necio,

y yo casi ni respiro.

¿Te diste cuenta?

Ahora sólo podemos continuar.

El barco es igual, pero no es el mismo

Recuerdo hasta en qué mesa estábamos sentados cuando usamos la parte de atrás de un mantel de papel y diseñamos nuestro futuro. Tres hijos, carreras brillantes, viajes, padres bien cuidados, iluminación para esquivar todos los obstáculos. Nos imaginamos un futuro como una piscina con el agua limpia y sin movimiento. Iríamos de una parte a la otra, sin fallar y sin cansarnos. Todavía me río.

Quince años más tarde, dos hijos, no tres, carreras complicadas, mi falta de padres y una serie de complicaciones que fueron imposibles de ver antes de tenerlas enfrente, necesito sentarme a reconocer todo el camino que hemos recorrido. La vida nos ha regalado tormentas, monstruos, sol, nubes, viento, calma. Hemos encallado. Perdido más de un mástil. Pensado abandonar la nave luego de quemarla. Te he visto ahogarte al lado del barco, sin ver la mano que te tendía. He sentido que me hundo por completo sin esperanza de salir a la superficie.

Y seguimos, porque hemos cambiado todas las partes de la embarcación que lo han necesitado. Ya no es la misma en la que nos subimos al principio. Pero es igual. Porque, con certeza, de lo que dibujamos en ese papelito, está el faro hacia el que nos hemos dirigido, aún cuando hemos tomado otra dirección creyendo que enderezamos el curso.

Gracias por no dejarme irme. Gracias por regresar. Gracias por mis hijos, nuestros cafés de la mañana, las series de los viernes temprano y los vinos por la noche. Gracias por la constancia. Gracias, porque, aún hoy, te puedo dar las gracias.

¡Feliz Aniversario!

La verdadera libertad

Entre las cosas extrañas que me pongo a escuchar están los podcasts de neurociencia. Es fascinante que se pueda tratar de descifrar la mente con imágenes. Sobre todo entendiendo cómo se conecta el cerebro y hay comunicación en un órgano que, básicamente, vive dentro de una cámara oscura. El mundo como lo percibimos es un simple constructor de nuestra mente que interpreta los impulsos de sus sentidos. No hay más. Ni siquiera sabemos si es cierto todo lo que llegamos a «entender».

Dentro de todo eso, lo más aterrador/liberador, está el hecho de admitir que no existe tal cosa como la verdadera objetividad, porque siempre sólo podremos tener un punto de vista: el nuestro. Pero allí está la gracia del entendimiento: que tenemos la libertad de cambiar, simplemente con el cambio de nuestra forma de pensar acerca de las cosas. Un mismo acontecimiento se puede ver desde varios puntos de vista y no todos nos ayudan. Encontrar la forma de liberarnos del peso del pasado, para poder acceder a mejores experiencias en el futuro, es el verdadero ejercicio positivo de la voluntad.

Hay mucho qué hacer y no es automático. Ojalá así fuera. Y hay muchos elementos químicos que también interfieren con la simple conducta. Pero se pueden identificar y hasta arreglar. Qué alivio saber que la verdadera libertad está en nuestra cabeza y que allí, sólo tenemos llave nosotros.

Siempre nos podemos equivocar

Hay una línea que separa la confianza en uno mismo y el autoengaño. Cruzarla es peligroso, para ejemplo, los motoristas en Guatemala. Seguro se creen invencibles. También es cierto que, gracias a eso, hemos logrado escalar montañas imposibles como especie. Habría qué preguntarse la utilidad de esas hazañas, pero eso es otro tema.

Lo cierto es que uno tiene que tenerse confianza, aventarse, lograr cosas. Y saber que muchas veces se va a quedar corto de la meta. Por mucho. El empeño no debe depender del resultado, porque nos equivocamos tanto, que si esperáramos tenerlo todo bien, no haríamos nada.

Siempre nos podemos equivocar. Hasta que ya no lo hagamos. Todo lo que sucede en medio es lo que pasa cuando se vive.

Recoger los pedazos

La vida se puede pasar protegida, con el corazón intacto, la piel sin arrugas y todo bien abotonado. Bonito cadáver. No sirve de mucho.

O se puede sentir. Tomar decisiones radicales, subirse a la ola del sentimiento, conocer a qué sabe. Voy por más de la mitad de mi vida y sé que me he roto muchas veces, que no estoy completa, que me hacen falta piezas. He dejado el corazón regado y probablemente me quede con poco al final.

Ha valido la pena. No todos los trozos están bien cuidados y eso ya no es culpa mía. No voy a regresar por ellos. Puedo funcionar incompleta. Seguro tengo más arrugas de las que debería. Pero he usado todas las emociones a mi alcance. Y está bien así.