El mango de la tarde

Partí un mango que escondía el sol entre la cáscara

me lo comí con un tenedor, no necesité lavarme la cara

igual me supo a la fruta que comía de pequeña

sentada en un puesto en el mercado, esperando a mi mamá

el jugo resbalándose entre mis manos.

Así un mango también puede ser una máquina del tiempo

me devuelve a una niña feliz

que tenía todo lo que quería entre las manos,

y que sabía que regresaría a tenerlo la semana siguiente.

La felicidad puede ser eterna de tantas veces que la sintamos

bocado a bocado.

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