“Para qué hacer las cosas fáciles si se pueden hacer difíciles” era un lema que solía decirme, medio en broma, muy en serio. Aún ahora eso de “dejar que las cosas fluyan” sólo me parece adecuado para lo que se llevan las cañerías. Lo que sale bien, de forma sencilla, lleva detrás horas de hacer cosas mal y con dificultad.
Detrás de esos matrimonios de décadas que uno admira, hay noches de negociaciones, redefiniciones de lo que es amar, compromisos, acuerdos y muchas muertes de egos. Nada fácil. Pero luego se va sobre ruedas y todo parece como que así fue siempre. Las cosas que queremos nos cuestan y eso está bien. No se trata de aguantar daño, pero tampoco de huir de los retos.
Me gustan las cosas sencillas. Pero no fáciles. Hasta un huevo bien hecho lleva horas de práctica.
