La buena ficción es más verdadera que la realidad

Aunque no soy fan de Almodóvar, todas sus películas me han puesto a pensar. Tienen en el fondo cuestionamientos filosóficos y morales que lo empujan a uno al filo de la aceptación: sí, yo también haría lo mismo. Es la marca de la buena ficción el situarnos más allá del lugar donde habitamos y forzarnos a considerar más posibilidades.

Nuestro cerebro funciona en modo abstracto y desvestido de materialidad, y en modo simbólico, atado a lo experimentado a través de los sentidos. Las personas mejor integradas entienden la importancia de ambos y logran navegar entre los dos puertos. Y para eso muchas veces sirve el arte que sea simbólico y concreto a la vez, que represente algo real y lo eleve.

La buena ficción nos transforma. Y nos permite regresar mejor al mundo real.

La oportunidad

Si el verdadero valor de una propiedad es la ubicación, el de las palabras es la oportunidad. Que algo sea verdad es, obvio, el primer requisito. Pero es aún más importante que uno lo diga en el momento adecuado. Las palabras pesan y dejarlas caer a veces lastima. Y no se trata de eso. Al menos no siempre.

Me ha pasado que me dan ganas de desahogarme por una molestia. Tengo la intención de decirle “sus verdades” a alguien. Y, cuando lo he hecho, se siente como descargar un camión de basura sobre la otra persona. Pero no libera. Y sólo se quedan sucios los dos. No es lo mismo poner límites, hablar claro y con franqueza, que ser grosero y decir cosas de más. Si de algo quiero librarme es de ser una vieja impertinente. Me cuesta mucho no hacer comentarios fuera de lugar con mis hijos.

Quiero aprender a conducirme con más compasión hacia los demás y hacia mí misma. Que lo que diga sea oportuno. Y no tirar mi basura sobre alguien más. Hay cosas que no se pueden recoger.

Todo cambia

La impermanencia es algo que cuesta entender cuando uno es joven. Cree que siempre va a ver a la misma persona en el espejo, que siempre va a poder comer pastel sin engordar, que el amor dura para siempre. Aferrarse a las cosas, a los estados del ser, es lo más inútil que hacemos. Y lo hacemos todo el tiempo. Cuando es el mismo tiempo el que nos saca del lugar donde nos creemos anclados.

Mis hijos están pasando por edades por las que yo ya he estado, por mucho que quisiera que siguieran siendo mis bebés. Aunque, recordando los desvelos, tal vez no añoro tanto esa etapa. Y, aunque yo ya pasé por allí, no es lo mismo. Pretender que ellos tengan reuniones iguales, se vistan como yo lo hacía, escuchen la misma música, sería sufrir sin sentido. Porque yo también cambio con ellos.

Saber que todo es impermanente, ayuda a fijarse en lo que está pasando ahorita. Que es lo único que existe. Y que le da paso a lo que viene.

Ya no encuentro a nadie más que a ti cuando te miro

No se puede evitar buscar parecidos

a los niños recién estrenados, son toda posibilidad

y uno les mira la boca del padre, los ojos de la tía

después dejan de ser muñecos de trapo

recogen entre sus escasos días

un poco de personalidad

las facciones se alejan de los recuerdos.

Cerré los ojos un instante

y te escapaste de mis brazos

para ser más alto que yo

y ya no encuentro a nadie de antes

cuando te miro, sólo estás tú.

Triste y dulce alejamiento que tenemos

para que tú tengas tu vida

así como tienes tu cara, sólo tuya.

Hasta que nos volvamos a parecer.

El verdadero propósito

Mi mamá siempre me hizo los pasteles de mis cumpleaños. Invariablemente eran magdalenas cubiertas de turrón de claras batidas con miel. Y, por supuesto, yo quería pasteles de chocolate. Porque cuando era niña, mi mamá decidía. Cosa que ha cambiado sustancialmente con mis hijos.

Entiendo, porque lo tengo, el deseo de hacer las cosas para ellos por mí misma. Es un acto de servicio amoroso, que busca complacer al ser querido. Y hoy, pensando en que qué complicado hacer el pastel que quiere el niño, me di cuenta que tiene hasta más mérito comprarlo y ser felices todos. Porque a él le da lo mismo. No será lo mismo con la niña, pero eso me toca hasta en septiembre.

Cuando se trata de dar cariño, el propósito es lo que cuenta, pero sólo si se entrega a través del medio adecuado. Si se trata de llenar una cubeta con agua, de nada sirve que el chorro quede fuera. Así que compraré el pastel. Que no va a ser una magdalena.

Ser espejo

Ha cambiado tanto el concepto de lo que es tener una relación, inclusive en el transcurso de mi vida. Sería ilustrativo saber cómo lo hacían antes de la agricultura. Qué tipo de interacción pudo haber existido. Sólo podemos especular, porque le hemos subido tantos sabores distintos a esa palabra, que no se reconoce el color original. Pero tampoco nosotros los humanos somos los mismos y seguro esa clase de comportamiento tampoco sería ideal para todos ahora.

Tenemos que reflejarnos. Y a los demás. Ser el espejo que recibe y da, sin quedarse con nada, preferiblemente sin distorcionarlo tampoco. Querer a alguien más crea una especie de ente individual que crece de la interacción.

Pero siempre hay pequeñas manchas y movimientos. Está bien. También se trata de adaptarse. Y de reconocer al otro con la claridad de la renuncia a algo que no existe. Ser espejo. Dejar que la otra persona lo llene a uno. Y no quererlo retener.

Hay una brecha

La música que uno escucha de joven marca una época. Aunque uno ya no la busque. Generalmente es algo que no le gusta a los papás, es casi obligatorio alejarse de una de las cosas en común. Por otra parte, nada lo mantiene a uno tan fuera de moda como sólo escuchar música de cuando uno era joven. Hasta la frase envejece.

Lo cierto es que no hay nada tan emocional como una melodía. Se pega a la parte sin palabras del cerebro y nos crea sensaciones que no necesariamente entendemos. Es capaz de darnos reacciones físicas. Y nos demuestra casi al instante la cultura y lo que le importa a la gente que la produce.

No me gusta mucha de la música más popular de ahora (sí, el reguetón), pero es lo que hay y confío que mis hijos salgan del pequeño (diminuto) mundo musical que está inundado de eso y podamos cerrar un poco la brecha de gusto. Y, si no, igual dirán: esto es lo que escuchaba mi mamá cuando era joven.

Uno que es necio

Me gusta decir que la diferencia entre la necedad y la perseverancia es el resultado. Pero debo admitir que, al principio, ambas parecen iguales. Porque todo lo que uno practica insistentemente requiere de un toque de esperanza ilusa: no importa cómo se mire ahorita, va a ir mejorando.

Tengo muy pocas habilidades físicas naturales. Cero coordinación ojo-pelota. Las pocas poses de yoga que me salen (a penas), son el fruto de horas de prueba y error. Así con el resto de cosas que me cuestan, incluidas las relaciones, porque me cuesta no meter la pata.

Tal vez más que esperanza, persistir requiere de falta de vergüenza. Se mira muy feo ahorita. No importa. Es mejor la mejora que la nada. Y allí va uno, que es necio, a querer ser persistente.

El descubrimiento parcial

Hoy me reí a escondidas por una tontera que pensé en doble sentido, pero que tenía al adolescente enfrente y no quise tener que explicarle. O, peor, saber que él lo entendió también.

Hay un proceso cuando uno cría niños como una danza de esas de los siete velos. Poco a poco se descubre uno a la par que ellos comienzan a entender y al final, espero, uno puede ponerse en un plano menos desigual. El premio de poner atención a mis hijos, para mí, va a ser vernos hablar como adultos. Con la posibilidad de compartir, no sólo educar. Los niños necesariamente van descubriendo a sus padres poco a poco, inclusive después que uno ya no está. Me pasa.

Habrá cosas que jamás compartamos, las necesarias, o inevitables. Pero lo demás, seguro tendremos más coincidencias.