Una falta de imaginación

Cambiar comienza con darse cuenta que hay algo malo. Luego admitir que es porque uno está desconchinflado de alguna parte. Luego buscar qué hacer y cómo. Pero lo más importante es tener la capacidad de imaginarse que las cosas pueden ser diferentes. Muchas veces nos quedamos en donde estamos, porque no sabemos cómo cambiar, ni cómo se van a ver las cosas nuevas.

Si lo consideramos bien, todo siempre es distinto. Cambia constantemente, aún sin nuestra voluntad, mejor dicho, a pesar de ella. Y resistirse a eso sólo causa angustia. La permanencia es un estado abstracto que no se aplica bien en la realidad. Si un edificio quiere sobrevivir un terremoto, debe estar preparado para moverse lo suficiente como para cabalgar las olas y recuperarse.

A mí me ha costado, y me sigue costando, la disposición al cambio. Me han tenido que suceder cosas tremendas para que yo acepte que no puedo mantener todo en el orden que me gustaban y que mejor me adapto. Pero me ha ayudado muchísimo tener la capacidad de imaginarme algo distinto, mejor y hacerle ganas a la transición. Los terremotos, si uno los sobrevive, también pueden ser divertidos.

No me sobrepasan

Tengo que cambiar el teléfono y comienzo con la romería de información de un aparato al otro, haciéndole el famoso backup y guardando fotos en otra parte. Estoy segura que algo hice distinto esta vez y que probablemente está mal. Tendré que revisar y borrar quinimil cosas. O habré perdido otras. Y, la verdad, es que no me estreso.

Vivimos pegados a estos aparatos que se volvieron nuestras damas de compañía digitales. Pero, si tenemos que ser sinceros, no hay nada allí que nos sea indispensable. (Claro que lo digo con la certeza que nadie me lo viene a quitar, porque cómo me sirve.) Supongo que podemos usar algo con frecuencia y aún así restarle esas rayitas de importancia extrema. Como con todo: los seres humanos subsistimos con muy poco, todo lo demás son adornos.

Allí viene la capacidad de escoger. Después que no tenemos necesidad de subsistir y lo que nos agregamos es extra, perfectamente bien deberíamos asegurarnos que nos guste. O terminamos con ropa que nunca usamos. Y así con todo. Acercarse a ese desprendimiento no significa que renunciemos a todo, sino simplemente que lo refinemos. A ver en qué paro con la información del teléfono. Seguro trataré de tomar menos fotos.

Todo suena bien con música

He leído que probablemente los humanos nos comunicamos primero cantando y luego aprendimos a hablar. La música se conecta de forma directa con nuestras emociones, se salta el pedazo lógico de nuestro cerebro y nos hechiza. Los músicos son los únicos y verdaderos magos.

Por eso cantamos cosas horrendas con tanto gusto, sólo porque está bien la melodía. En cuanto desmenuzamos la letra, nos damos cuenta de cómo se derrumba el encanto. Hay canciones que hablan de las peores traiciones “ahora eres de mi hermano”, “soy un volcán apagado”… y eso son sólo las de los boleros.

Está bien conectar con una parte compleja no racional. Nos mueve en formas distintas. Nos da una sensación de pertenencia también. Y nos permite soltar un poco la ilusión de control. Pero es bueno, de vez en cuando, rasgar el velo del hechizo y pensar qué palabras se están escribiendo con música en nuestro cerebro.

Simetría < Armonía

Se me cae el lado izquierdo de la cara. Yo me lo miro. Justo donde están las cicatrices. No me sonrío igual y dentro de la orilla de la boca sólo tengo un hoyito, no dos. Una cadera la tengo con más gordo que la otra, me lo dijeron en el masaje. Y todos tenemos una cosa más grande que la otra, dedos, manos, lo que sea. No existe la simetría perfecta en la naturaleza.

Tampoco la hay en las relaciones. Una vez hay más expresividad de una parte que de la otra, menos interés, más intensidad. Es más como buscar un balance al caminar. Si el movimiento fuera totalmente simétrico todo el tiempo, tendríamos que avanzar saltando con ambos pies a la vez y eso cansa. No podemos pretender estar siempre iguales.

Lo que sí existe en la naturaleza para que todo sea atractivo es armonía. Un buen conjunto de diferencias que se complementan. Un dar y recibir que permite progresar. Tal vez no logremos siempre un balance perfecto, pero podemos buscarlo, aceptando las diferencias y usándolas a nuestro favor. Tendré la sonrisa torcida, pero amplia y eso supongo que compensa.

Recordar

Trato de darle tutoría de mate al adolescente pero mi memoria ya no da. Así que se va a tutorías mañana. Estoy en blanco y eso me da la idea de los treinta y pico de años que han pasado.

¿Qué hará que recordemos algunas cosas y otras no? ¿Se afianzarán con la importancia o con la repetición? Hay habilidades que se pierden en el tiempo, y olores que nos envuelven hasta la tumba.

Necesito tutorías de mate. O no. Pero me queda el timbre de voz de mi mamá, el olor a loción y tabaco y aceite de pistola de mi papá, cómo se sentía la piel de mis hijos recién nacidos, la emoción del primer beso. Lo demás se olvida.

Últimas veces

Busqué la última conversación con un amigo, tenía su receta de paella y él ya no está para pedírsela. Tampoco está el chat, lo debo haber borrado entre mis limpias cibernéticas y no lo puedo ni siquiera replicar. Igual con la última vez que nos escribimos con Jorge Mario. O que escuché la voz de mi mamá.

Y es que nunca sabemos cuándo es la última vez de algo. Porque de todo lo que hacemos, tenemos fines. No hay una más, pasamos a lo siguiente y ya. Simplemente no sabemos que ya no hay más hasta que no hay. En ese sentido, cada cosa que hacemos es única, finita y se le puede tratar como que ya no habrá otra.

Creo que eso, en vez de darnos angustia, podría servir para liberarnos. Todo se queda atrás, sólo seguimos nosotros, hasta que nos toque dejar de ser. Y le ponemos la importancia de lo efímero a todo, y lo dejamos ir. Voy a buscar otra receta de paella y se la voy a dedicar a Carlitos. Estoy segura que no tendría ninguna objeción.

Yo quiero saber

Estuve almorzando con primos que son una generación más viejos que yo. Por circunstancias de mi vida, así me tocó. Estoy en limbo entre mis hermanas/primos y sus hijos y no encajo en ninguna de las etapas que tienen. Resulta que mis papás se desvincularon de sus familias, por las razones que fueran, y yo crecí como en una burbuja.

Pero yo quiero saber. Me interesa qué música le gustaba a mi tío y qué comida cocinaba mi abuela y cómo salía vestido mi papá para parrandear. No es que sienta un vacío. En realidad, ninguno conocemos del todo lo que hicieron las generaciones pasadas. Esto nos da la libertad para hacer nuestras propias muladas. No. Yo quiero saber porque me gusta darles dimensión a las personas que han venido antes. La gente no es plana, tiene capas. Conocerlas nos ayuda a tener una visión más amplia del mundo.

El almuerzo estuvo delicioso. Me siento en casa. Y no. Estoy en un lugar que observo y pregunto e indago y me puedo poner a reflexionar sin sentimientos involucrados. Tal vez mi papel dentro de esta familia sea la del testigo.

El momento oportuno

Aprendí a decir te quiero con los ojos enlazados

a pedir ayuda antes de romperlo todo

a responder con empatía

prefiero guardarme las palabras

si van a servir de veneno y no de medicina

no pesa tanto la verdad como la compasión

y anoche, en vez de dar la lección de toda la vida

y decirle a la personita tierna que “todos vamos a morir”,

le mentí con todo mi corazón y le prometí,

que conmigo al lado, nada malo le puede pasar.

Ambas sabemos que no es verdad,

y no importa.

No puedo explicar lo que hago

Gracias a La Peste, digo, al homeschooling, he tenido que hacerlas de tutora de mis hijos, para su desgracia y la mía. Porque yo puedo hacer las operaciones matemáticas y escribir los textos en alemán, pero no puedo explicar cómo lo hago. Para mí, los números hablan y el lenguaje tiene lógica matemática. Y así se hace. Como si no hubiera pasado por un proceso de aprendizaje. Pero no me pasa lo mismo con el karate, que bastante esfuerzo me ha costado aprender y que tengo dolorosamente presente lo mal que lo hago aún.

Las personas con talento generalmente son malos maestros, porque lo que uno debe poder transmitir es el proceso, no el resultado. Pero obligar a cualquiera a explicar lo que hace con claridad y sencillez es ayudarlo a reaprenderlo y hacerlo mejor. Todo, siempre, puede volver a aprenderse. Es uno de los pilares de la transformación personal el aproximarse a las cosas, aún las más comunes, con «mente de principiante». Que no es otra cosa que la disposición de aceptar que uno no lo sabe todo, ni de lo que sabe mucho.

Obligarme a dar pequeñas lecciones a mis hijos me recuerda la necesidad de aprender siempre, como por primera vez. Dejar del lado mis preconcepciones y aceptar nuevas formas de hacer lo que ya hago con alguna habilidad. No quiero volverme vieja y hablar de «las cosas en mis tiempos», porque los tiempos de uno son en los que uno vive hoy y ahora. Pero ya contraté tutora para los niños. No quiero hacerlos infelices.