Lo común y lo malo

Hoy se cayó Spotify. Primero entré en pánico y pensé que me habían hackeado la cuenta. Luego vi que el problema era mundial y me relajé. No es que haya tenido el servicio, es que nadie más lo tenía.

Nos gusta ser los únicos para cosas buenas y uno más entre muchos para cosas malas. Supongo que es porque en cualquiera de ambas circunstancias, somos especiales, pero por razones opuestas. Si sólo a nosotros nos toca el premio, es porque hicimos algo excepcionalmente bueno. Pero si nos sacamos un regaño, un castigo, algo desagradable, es porque somos especialmente “malos”. Hay una gran carga de pensamiento mágico en eso, porque lo aplicamos a todo, hasta a cosas que están totalmente fuera de nuestro control. En la vida, pasan cosas. Nada más. Y son buenas o malas dependiendo de cómo nos toque vivirlas.

Al rato ya regresó el servicio, como supuse que iba a suceder cuando vi que mucha gente estaba igual que yo. Nada como ser común en lo que sufrimos todos.

El trabajo de lo súbito

Esas personas que tienen éxito “de la noche a la mañana”, seguro se han dejado el alma entera trabajando por obtenerlo. Nada surge de la nada y, como no tenemos ningún djiin a nuestro servicio, la magia está en la persistencia. El talento sin práctica se queda estancado. Las ideas geniales sin esfuerzo son para dejarlas en sueños. Hasta el amor, que todo lo puede, necesita que lo atendamos todos los días.

Parece irónico, pero es más difícil esa disciplina para las personas que tienen más habilidades. Porque requieren menos esfuerzo para estar un poco arriba del promedio, que el promedio. Navegar sobre la corriente es tranquilo. Hacer un poco de cambios ya necesita que le metamos ganas. No se trata de siempre luchar contra todo. Es sólo aplicar lo que uno tiene bien para hacerlo mejor.

Los rituales, los horarios, el orden, la disciplina y la constancia, todas esas palabras que suenan desagradables, son simplemente los cauces que nos ayuda a no gastar esfuerzos y concentrarnos en lo importante. El éxito súbito vendrá tarde o temprano. Y siempre es más alegre ir más rápido que el promedio.

Por qué es difícil entender a los padres (y a los hijos)

Hoy fuimos a ver The Batman y es una cosa bien hecha que lo tira a uno en medio de una historia que ya viene comenzada y que no tiene resolución. Un poco como cuando uno nace en una familia que lleva tantos años con un nudo que nadie (ni Alejando Magno) puede deshacer.

La verdad es que todos somos una mezcla de historias, entre la que nos arrastra y la que hilamos para nosotros mismos y nadie se salva de ambas. Las familias en las que caemos ya llevan una trayectoria. Nuestras propias inclinaciones nos llevan hacia puertos que pueden parecerse o no. Y allí es donde estriba la dificultad de entendernos. Cada uno ya tenemos una maleta que hemos llenado de lo propio y lo ajeno, pero siempre es única.

Comienzo a tener hijos adolescentes y tengo que estar abierta a volver a conocerlos como personas. Porque no se parecen a lo que crié hasta ahora. Y está bien. Es el momento de separarse. Aunque duela, aunque me sienta rota, aunque pase ese minuto de incomodidad. Porque mi función en esta vida es que se alejen y hagan la propia. Pero… llega el momento en que se reúnan los argumentos de todas las tramas y allí, en ese cauce común, volvemos a encontrarnos y entendernos.

Un olor a fuego

Me gustó tanto

el olor que deja el humo

cuando desplaza al aire

que, después de las naves,

los campos, los puentes,

el castillo de naipes,

los planes del futuro,

las cartas enviadas y guardadas,

las canciones y las listas,

las fotos, hasta los teléfonos,

no quedó más nada qué quemar

sólo yo,

tal vez si pongo el corazón al fuego

no te quede ni un sólo lugar

donde puedas regresar.

Ir en contra

Hay un dicho irlandés acerca de la dirección del viento y la expulsión del agua, que es demasiado cierto, como cualquier buen dicho. Caminar contra la resistencia cansa, presenta un mayor esfuerzo y debería evitarse. Es como decía mi papá, que todo tiene modo y siempre es suavecito.

Pero hay una diferencia esencial entre ir en contra, o usar la fuerza para algo. Y cualquiera que haya hecho volar un barrilete puede entender la utilidad de la resistencia. En general, el viento como el resto de fenómenos de la vida, no tienen valor. Sólo las consecuencias pueden dañar y allí es cuando comenzamos a acumular emociones sobre hechos neutros.

A todos nos suceden cosas que tienen repercusiones negativas. Eso es seguro. Pero podemos aprovechar cualquier impulso que no den y redireccionarlo a nuestra conveniencia.

La fila correcta

El carril de al lado, que es cualquiera en el que no estoy, siempre se mueve más rápido. Y me toca con frecuencia un cliente indeciso y lento antes que yo para pedir helado. O la señora que lleva media carreta de súper quiere pagar con monedas. En donde sea que haya una sola salida, allí ae traba la cosa, invariablemente.

Es una pena cómo nos perdemos de todos esos momentos para tomar un respiro y escucharnos pensar. La paciencia es un hábito aprendible. Justo al lado del dejar de tomarnos todo personal. No, el carro que va lento no lo hace por jodernos la existencia. Si ni siquiera nos ha visto la cara.

Hay muy pocas ocasiones que verdaderamente requieran una exactitud de velocidad para llegar. No, no condono la impuntualidad. Menos yo, que soy puntual como la muerte. Pero si estoy haciendo cola, da tanto lo mismo cinco minutos más o menos. No es que tenga mucha paciencia. Es que es mucho más grande (y creciendo) la esfera de cosas que no me parecen importantes, junto con la cantidad decreciente de mi capital emocional como para gastarlo enojándome con gente a quien no le sé ni el nombre que después olvidaría. Que pasen los carros.

Uno habla de lo que sabe

Cuando me examiné para privados, el mejor consejo que me dieron es “no conteste lo que le pregunten, conteste lo que sabe”. Y, en general, es una forma de pasar por la vida, haciendo parecer que uno tiene algo de conocimiento. El detalle está en que es tan poco, ínfimo lo que realmente conocemos y tanto, tanto lo que ignoramos, que generalmente nos repetimos. Demasiadas veces.

El mundo no sólo es vasto. Es imposible percibirlo todo. Tenemos el propio límite de nuestros sentidos, que no procesan la totalidad de la información que les llega. Hay frecuencias que no escuchamos, ondas visuales que no vemos. Y eso sólo con respecto a rangos que se salen de lo que ya hacemos. Creo que ni siquiera podemos imaginar qué no percibimos, por el simple hecho que nos es desconocido. ¿Cómo saber que uno ignora algo que no sabe que existe?

Cuando uno está con otra persona, también está frente a otro mundo. Uno nuevo. Aunque ya conozcamos a quien nos acompaña. Porque no sabemos qué partes aún quedan por descubrir. A mí me cuesta mucho no hablar de lo que sé. Que es poco y variado. Tal vez lo que más esfuerzo me requiere es escuchar. Pero, soy tan curiosa, que eso me empuja a poner atención. Porque siempre puedo descubrir algo nuevo.

Perder el filo

Las palabras las usamos para comunicar sentimientos complejos, a través de sonidos. Algunas las usamos con más frecuencia, como corresponde a las cosas comunes. El agua, que está por todas partes, no tiene filo, se escapa por las grietas y seguimos igual de tranquilos al nombrarla. Si, a esa palabra, que sólo representa la cosa en sí, le subimos un adjetivo, ya la hacemos más pesada y así nos vamos encaramándoles emociones a lo que hablamos. El problema es que, de tanto usarlas, pierden el filo que deberían tener y ya no nos cortan.

Cortar. De eso se trata la palabra. Cortamos las ideas, las examinamos. Nos cortamos la piel para sangrar amor y alegría y enojo. Cortamos insultos para parar en seco al agresor. Y cortamos el espacio entre dos personas al hablarnos de amor. Así funcionan. Tan perfectas, las palabras bien utilizadas.

No golpeemos el lenguaje contra la piedra de lo común hasta que ya no corte nada. Guardemos las cosas importantes sólo para lo que realmente lo valga. Así, cuando necesitemos cortar, romper, rehacer, tendremos todas las herramientas afiladas.

El mar adentro

Un día, hace muchos años

se acabó el mundo,

¿te recuerdas?

ya no fueron suficientes

los granos de sal suspendidos

ni las olas de techo

o la inmensidad debajo

te aburriste del infinito

se acabó el mundo

como se acaba el amor eterno

en un instante

quisiste dejar de volar flotando

y ahora vagas, piel afuera, seco

pero yo que te quiero

dejé que me llevaras por dentro.

Los miércoles son como los lunes

O tal vez peor. Uno deja de hacer cosas un lunes porque viene del fin de semana. El martes, como ya quedó demostrado, no existe. Así que se viene el miércoles y uno lo quiere sacar todo de un solo. Porque siente que ya queda muy poco de la semana. Total, el jueves es para salir y el viernes es para almorzar.

Tenemos una percepción muy simpática del tiempo. Creemos que es eterno, lo alargamos en días y semanas, le damos la vuelta haciéndolo girar en un reloj. Cuando, en realidad, el tiempo no existe más allá del momento, el pasado es una ficción y el futuro ni siquiera está formado. Llegar a mi edad es estar en el miércoles de la vida, hago cuentas de lo que he logrado y quiero meter todo el resto en unos pocos años.
Sinceramente, estoy comenzando a considerar no hacer nada extraordinario, seguir con el rumbo de mi vida y que la muerte me agarre doblando ropa. Así como hago todos los miércoles.