Me escondí

No vi el sol al despertar

Tampoco me dejó ponerlo en mi ventana

La noche se me quedó pegada a los pies

Un fango de luz (su ausencia)

La cama navegaba sobre las ganas perdidas

Una almohada ahogada en el suelo

Los pájaros delataban al día

Que seguía escondido detrás de tus párpados

Mi día no comienza hasta que me saludas

Puedo haber hecho la mitad de mi vida

Y empezar a existir cuando me hablas

Hoy me escondí de la puerta del cuarto

No quise insistirle al sol

Que puede quedarse afuera sin entrar más.

Hoy estabas dormido.

Las formalidades

La forma sigue la función. Dios está en los detalles. Las leyes de las cosas pequeñas. Las formalidades que nos indican por dónde va el contenido. Los formularios que nos piden lo importante. Hacer cosas metódicas que nos sitúan en dónde debemos ir.

Vivimos en un constante fluir entre las cosas pequeñas y lo grande. Entre las formalidades que parecen nimias y lo que nos pesa del fondo. Si nos pasamos del lado de lo externo, le ponemos obstáculos a avanzar lo interno. Pero si sólo vemos lo de adentro, sin hacer las cosas hacia afuera, tal vez no lo podemos transmitir que se nos entienda.

Ir de uno y el otro lado, no perder la forma y no olvidar el fondo. Como decir un “te amo” y sentirlo.

Vamos al zoo

De pequeña me gustaba ir al zoológico para ver a los monos. Decía que eran mis hermanitos, yo solita haciéndome burla.

Ahora tengo un día para estar solos con el niño y lo voy a llevar al zoo. Hay algo fascinante de ver animales exóticos que me hace pensar en la cercanía y similitudes con ellos más que en las diferencias. Puede uno sentir empatía, supongo que tiene que ver con la proximidad.

Igual que con las personas. Al acercarse uno un poco y ver más allá de la superficie, uno encuentra en dónde nos parecemos todos. La empatía no es un cheque en blanco para permitir las acciones dañinas de los demás, sino una capa de protección propia de uno hacia su humanidad. Reconocernos en lo bueno y lo malo de los demás nos eleva a la altura de seres humanos.

Me encantan los zoológicos. Y sigo queriendo visitar a mis hermanitos.

No sé cómo llegué aquí

Iba buscando la llave de la puerta y de pronto ya casi me topé con ella. No sé cómo llegué, obvio mi cuerpo sí. Es raro eso de estar desconectada con lo que hago y de todas formas hacerlo.

La distracción sólo sirve en momentos en que la buscamos a propósito. Como haciendo un deporte repetitivo para dejar en blanco la mente, lavar platos, ocuparse de ordenar el clóset. Cosas que podemos hacer en automático y que nos liberan. Pero la capacidad de fijarnos en lo que hacemos con enfoque preciso es parte del reconocimiento de nuestra vida. Pasarla distraído nos roba tiempo, que es lo único que no podemos recuperar.

Es peor ir manejando y pensar en todo menos en lo que uno hace.

Consuelos temporales

Saber que otras personas han pasado por lo mismo que uno, que lo superan con éxito y que siguen adelante, no siempre me ayuda. Porque estoy en un hoyo hoy y no sé qué pie poner encima del otro para salir de allí. Hoy. El futuro ese rosado de la superación me parece muy lejano, el fango que me atrapa muy pegajoso y el borde del pozo muy lejano.

No sé, tal vez soy muy extraña y las historias de superación no me son inspiradoras. Hasta que paso del primer momento de dificultad y doy el primer paso. Me encuentro con que las cosas no eran tan difíciles, ni tan negras y ya puedo salir del primer nivel de decepción en el que estaba.

Entonces, y sólo entonces, es que puedo apreciar las historias que me han contado los demás que ya pasaron por allí y perseveraron. Y yo puedo pensar que lo mismo me puede pasar a mí.

Poemas de otra gente

Leo poemas escritos para otras personas

los quiero para mí

La música de las palabras destiladas

hasta ser punzantes.

No hay poema dulce.

Si lo es, no es poesía, es publicidad.

Todos lo que se quedan pegados nos desgarran.

Tal vez por eso no leo tantos

los que más me gustan son los que duelen

y no quiero hacerme daño, no seguido.

Quisiera yo empuñar esa daga

y hacerte que te abras en mis manos

sobre tus manos sosteniendo una página abierta.

A lo mejor sólo necesito encontrar algo escrito por otro

y leértelo para que sea mi voz la que te hiera.

Las cosas que hago bien

Cocinar, bordar aunque ya no lo haga, escribir aunque sólo a mí me guste. Nado bien. Sé escuchar. Bailo como me gusta. Quiero bonito. Soy metódica. A veces me pongo a hacer lista de las cosas que hago bien, porque me siento abrumada por todas las que no.

Irónico que no siempre el esfuerzo determina mi habilidad. Como con el karate. Nunca le he dedicado tanto tiempo de práctica a algo como a eso. Y no soy buena. Soy aceptable. Está bien.

Pero me cae bien recordar que sí puedo hacer cosas. A todos.

Morir por cosas que no pasan

Hoy fui a despertar a la niña por la mañana como siempre lo hago y, durante menos tiempo de lo que dura un parpadeo, ella no reaccionó. Estaba enrollada en su frazada, pálida y creí que se había muerto. Me tardo cien veces más escribiendo esto que lo que se tomó suceder todo, pero perdí tres vidas en ese instante. He pasado el día con el corazón apretado. Yo sé que no pasó nada, que ella está bien y que las posibilidades de encontrarla muerta en su cama son ínfimas. Todo ese saber no me sirvió de nada en ese momento, no fue algo racional, para cuando reaccioné, la niña ya estaba hablándome.

Nos acongojamos por cosas que no suceden, devanamos las posibilidades horribles como una madeja de problemas que se nos enredan entre los huesos y nos manejan a su antojo. Arruinamos relaciones por lo que pueda suceder. Dejamos de enamorarnos porque podríamos ser lastimados. Nos secamos por dentro con tal de no ser rechazados cuando ofrecemos nuestro cariño. Morimos sin vivir.

Podría pasarme al cuarto de la niña y velarle el sueño. O podría hacer lo que hago y dejarla en paz. Olvidar lo de hoy, exorcizarlo al escribir y confiar que mañana, ella se va a despertar cuando entre a su cuarto. Como hoy y como el resto de días de mi vida.

Confundida

A veces hago cosas que he dicho que no quería hacer. Muchas de ésas tienen que ver con comida y el exceso. Es como si mi mano y mi boca estuvieran en conspiración contra mi cerebro y termino terminándome la tercera galleta, que ni siquiera me pareció tan rica desde la primera.

Hacemos como humanos muchas cosas que no concuerdan. Dicen que un signo de inteligencia es poder sostener dos verdades absolutas, pero opuestas al mismo tiempo. Pero hacer y decir cosas diferentes, aún cuando nuestra determinación se haya decantado por el lado perdedor, es aún más humano que el poder contradecirnos en nuestras ideas.

Creo que vivimos con dos dirigentes: uno el del cerebro que es capaz de ordenarse de forma lógica y tomar decisiones desprovistas de emoción. Y el otro en los sentimientos que nos halan por donde nos duele menos, sin tomar en cuenta que ese camino nos puede hacer más daño al final.

Así terminamos muchas veces confundidos entre lo que realizamos y lo que queríamos. Como yo, ayer, con la bolsa de las galletas feas a medio terminar.

Inmutable

Tan linda esa palabra. Piensa uno en montañas, templos de dioses que olvidaron sus nombres, propósitos, sentimientos. Quisiera uno tener un corazón enmarcado en sustancias que lo conserven sin mancha ni cambio. No digamos del rostro y las arrugas.

Ser inmutable debe ser profundamente aburrido. Hasta las piedras se desgastan con el tiempo y todo en el universo se mueve (de dónde a dónde, ni idea, pero se mueve). Poder cambiar nos permite adaptarnos a lo que hay a nuestro alrededor. Y, eso mismo, nos ayuda a conservarnos por el mismo camino que queremos seguir. Porque el faro es el que no se mueve, el barco sí y muchas veces hasta en direcciones que parecieran contrarias al destino fijado.

Tal vez hay que cambiar esa linda palabra por otra igualmente sonora: infatigable. No suena tan bonita y el sólo hecho de pensar en no descansar, cansa y así nos aproximamos a lo que verdaderamente nos toca hacer: seguir.