Morir por cosas que no pasan

Hoy fui a despertar a la niña por la mañana como siempre lo hago y, durante menos tiempo de lo que dura un parpadeo, ella no reaccionó. Estaba enrollada en su frazada, pálida y creí que se había muerto. Me tardo cien veces más escribiendo esto que lo que se tomó suceder todo, pero perdí tres vidas en ese instante. He pasado el día con el corazón apretado. Yo sé que no pasó nada, que ella está bien y que las posibilidades de encontrarla muerta en su cama son ínfimas. Todo ese saber no me sirvió de nada en ese momento, no fue algo racional, para cuando reaccioné, la niña ya estaba hablándome.

Nos acongojamos por cosas que no suceden, devanamos las posibilidades horribles como una madeja de problemas que se nos enredan entre los huesos y nos manejan a su antojo. Arruinamos relaciones por lo que pueda suceder. Dejamos de enamorarnos porque podríamos ser lastimados. Nos secamos por dentro con tal de no ser rechazados cuando ofrecemos nuestro cariño. Morimos sin vivir.

Podría pasarme al cuarto de la niña y velarle el sueño. O podría hacer lo que hago y dejarla en paz. Olvidar lo de hoy, exorcizarlo al escribir y confiar que mañana, ella se va a despertar cuando entre a su cuarto. Como hoy y como el resto de días de mi vida.

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