Notas de gerencia

He aprendido a ser creativa en mis comunicados con mis hijos. Desde regaños silvestres hasta calendarios con premios. Pero es una cuestión evolutiva rápida y lo que funcionaba ayer, no lo hace hoy.

Criar gente es de la gran madre y muchas veces fallamos. Los psicólogos siempre tendrán trabajo porque, si hay una certeza de ser padre, es que uno la va a cagar en algo. Me acuesto muchas veces haciendo el recuento de las cosas mínimas que logré y, si todos están vivos, gano.

Al menos he aprendido. Y sigo haciéndolo. Ahora recurro a “notas de La Gerencia” para hacer comunicados oficiales. Entienden mejor así y no regaño. Hasta que eso no funcione.

Estoy preocupada

La domesticidad me sostiene en su rutina de cosas concretas que puedo lograr hacer mejor. Desde la comida hasta la ropa, esas pequeñas tareas que uno completa con éxito nos dan una semblanza de progreso, aunque no sea más que una ilusión tipo Sísifo.

En mi vida he aprendido a que muy, muy poco está en mi esfera de control y que casi todo no. Desde el clima del día hasta la enfermedad de un hijo, todo son circunstancias sobre las que no tengo influencia alguna. Sólo me queda actuar de piel hacia adentro. Y no se trata de un positivismo escapista, porque hay momentos como ahora en los que estoy verdaderamente afectada. Sino de una toma de espacio entre lo que me está pasando y cómo reacciono.

Escribir es parte de esa higiene espiritual. Aunque a veces ni siquiera yo sepa de qué va a salir el post porque aquí también hablo para pensar. Siempre sé que me siento mejor después. Y, sí, sigo preocupada, pero un poco menos.

Todas las consecuencias

Estábamos hablando con un grupo de mujeres acerca de cómo la maternidad está sobre-romantizada y cómo está bien decir que uno no puede con todo. Tener hijos, como todas las decisiones que tomamos, es andar en un camino a media luz. Uno tiene idea qué hay, pero sólo un trecho relativamente corto. El resto del recorrido está nublado. Uno nunca sabe la totalidad de las consecuencias.

Lo cierto es que, tal vez aunque lográramos imaginar todo lo todo que puede pasar, no lo asimilaríamos y tendría el mismo resultado. La ignorancia muchas veces es una bendición y le da a uno atrevimiento. Total, cada día es una incógnita y toca navegarlo con lo que uno tenga. La única opción, el no moverse, sólo se les concede a los muertos.

Mi maternidad está llena de retos. Como todas. Y muchos días siento que quisiera no estar, estoy cansada, frustrada, confundida. Pero hay otro día mañana. Y hay que seguir. Aunque no esté segura del siguiente paso en específico, tengo un faro en el horizonte y hacia allí trato de ir.

El mundo oscuro donde crecen

Los secretos son duendes pequeños

oscuros y pesados

caminan por debajo de los muebles

se refugian en los momentos vacíos

entre cada respiración

se amarran a los pies del que los guarda

lo hacen bailar entre palabra y palabra

para que no los suelte

les gusta crecer en la oscuridad

huelen mal, a humedad y polvo y culpa

los secretos tiene alas

les sirven para sumergirse en el lodo

cuando los alcanza la luz

desaparecen.

Tomar perspectiva

Es imposible tener una perspectiva distinta desde nuestro único punto de vista. Vemos el mundo desde nuestros ojos. Así funciona y, tomando en cuenta que el fin de la evolución es propagar nuestros genes, tiene sentido que nosotros seamos los centros de nuestros propios universos.

Pero, como todo lo relacionado a los humanos, también somos seres sociales y necesitamos amoldarnos a vivir con más personas. Allí tenemos que tener la capacidad de ponernos en los zapatos de los demás, salirnos de nuestra cajita. Abrirnos.

Hay una forma segura de hacer eso: rodearse de personas a quienes uno respete y estar dispuestos a escucharlas. Mientras más estemos dispuestos a considerar otras perspectivas, vemos desde otros ojos. Por eso pregunto, porque no me basta mi propia opinión siempre. Y por eso tengo gente cerca a quien puedo preguntarle. Cuestión de evolucionar.

El premio es para…

Hago yoga en mi clóset. Con un app. Creo que es de las rutinas que más me cuesta mantener, porque lo hago al final del día y las excusas se me ponen en fila. La más evidente es que ya estoy cansada. Pero no me meto a un estudio porque, cuando logro hacerlo, me encanta no tener a nadie con quién compararme. El espíritu competitivo me posee siempre y es de los que más me cuesta amarrar.

Las competencias, con sus premios y primeros lugares, sirven para divertirse, para establecer marcas intrascendentes, para vender anuncios durante los juegos. Están bien, hay gente que vive de eso. Pero tienen poca relevancia un martes por la tarde en la vida de la mayoría. No estoy abogando por darle una medalla a todo el mundo, si compites o ganas o pierdes. Punto. Pero eso no debe ser el fin último.

He aprendido a hacer varias poses de yoga en mi soledad que no sé si hubiera logrado con más gente. Porque sigo compitiendo, pero contra mí misma y lo hago para ser mejor, no sólo para aparentarlo. No dan premios por eso, más que la satisfacción que me queda. Y eso es suficiente.

Detalles

En las relaciones las cosas pequeñas apuntalan las grandes. La gente rara vez se divorcia por un acontecimiento inesperado. Más bien, el vaso se derrama con la última de muchas pequeñas gotas. Al revés pasa igual. Las mejores experiencias están llenas de detalles que se complementan y ayudan a afrontar los grandes retos que siempre manda la vida.

Allí es donde ayuda conocerse y saber qué puede aguantar en lo cotidiano y qué no. Probablemente importe más cómo mastican que cómo reaccionan ante el ataque de un león, porque lo primero pasa todos los días.

A mí me llenan las palabras amables y los gestos pequeños de cariño. Obvio no me quejo de grandes cosas bonitas. Pero pueden estar esparcidas.

Hacer compañía

Qué alegre es tener una tribu, sobre todo para compartir. Hablando con una amiga acerca de la maternidad y lo agobiante que resulta a veces, hacíamos la observación que los humanos estamos hechos para tener estas experiencias en grupo. Que las generaciones anteriores de mujeres nos enseñen qué hacer y nos sostengan. No es lo ideal hacerlo solas.

La compañía también es buena en las ocasiones felices, las alegrías compartidas se multiplican. Los éxitos se pueden celebrar, no para hacer demostraciones, sino para esparcir la felicidad. También ayudan a saber que suceden cosas buenas.

Desde que vivimos tan aislados y las familias son más pequeñas y están dispersas, no tenemos necesariamente el beneficio de este apoyo. Pero hay que buscarlo. Que nadie nos haga sentir mal por no poder hacerlo todo solos. Se vale compartirse.

Cosas obvias

El agua limpia, el cielo queda claro después de la lluvia

el fuego quema, cuida los puentes

el dolor lastima, hay corazones rotos por todas partes

el amor es un mapa, te enseña dónde estás y cómo te llamas

el viento es un mensajero, trae el olor de tu piel a mi cama

tus manos son cuchillos, me parten en pedazos

tus besos son llaves, yo soy la cerradura

y tú, tú me gustas, obvio.

Tomar decisiones

Uno cree que tiene las riendas de la vida en la mano. Sobre todo al principio. Luego se da cuenta que no es sólo un caballo lo que uno dirige. Se parece mucho más a una canoa, tal vez con una pequeña vela, que hay que tratar de mantener en curso a pesar del mar.

Es una comparación trillada, lo sé. Y no por eso deja de ser cierta. Nacemos de por sí con tantas características que se salen de nuestro control. Ni siquiera escogemos nuestra altura. Y con todo eso, tenemos que avanzar, ganarle al viento, vencer la tormenta, llegar al puerto.

Hay momentos en que dan ganas de simplemente dejarse llevar. Cualquier playa es buena cuando uno ya no quiere seguir el rumbo. Pero hay que recordar que cada vez que nos hemos desviado, estamos insatisfechos y más lejos de la meta. Mejor seguir a retroceder.