Lo que se ve

Hay frases que dicen una verdad tan grande, que sólo los niños que estrenan el mundo no la conocen. El fuego quema. El agua moja. Estudiar matemática está subvalorado para la vida porque la gente no se da cuenta que le da la capacidad de anticiparse a los acontecimientos. Ese tipo de frases.

Hemos venido evolucionando junto con el lenguaje hasta convertirlo en una herramienta para decir lo que no pensamos. De pasar a ser la forma de comunicación a escribir cosas crípticas que a veces suenan a poemas, pero que en su mayoría carecen de sentido. Y nos quedamos con la duda de lo que debería ser evidente.

Yo sí hago preguntas para las que debería saber la respuesta. ¿Cómo estás? ¿Tienes sueño? ¿Te gusta esto? Tal vez podría intuirlo, pero pocas cosas tan bonitas como la claridad.

Planes a futuro

Desde hace un par de años, aprendí a planchar camisas. No es una ocupación en donde derroche talento. Más bien me sale todo quebrado. Pero lo hago. Nunca creí que lo fuera a hacer y, así va la vida.

Algunas personas sacan de forma recurrente a la conversación las cosas que hicieron hace algún número de años. Como si sus vidas se hubieran detenido en un punto que ellos perciben como especial. Una cima a la que no pueden volver. Y es cierto, la experiencia va hacia delante. Pero no quiere decir que uno sólo allí haya tenido la oportunidad de ser feliz.

Aprender cosas nuevas, estar abierto a experiencias distintas, hasta probar comida diferente, ayuda a que siempre subamos picos. La vida se pasa y si no caminamos, nos deja.

Nada que no valga la pena

La repetición es la base de cualquier habilidad. Lo que uno no siempre toma en cuenta, es que la repetición tiene que ser correcta. Si no, uno sólo está perpetuando lo malo. Claro, por eso es que tienen trabajo los terapeutas.

Desde que le escuché a Roy H. Williams decir que cualquier cosa que valga la pena hacer, vale la pena hacerla mal, me he quedado con la sensación que me falta algo. Hace unos días lo entendí: lo que no vale la pena hacer, no vale la pena hacerlo bien. Eso, unido a la razón de repetir, deberían enseñarle a uno desde pequeño. La primera libera de la perfección, la segunda de una obsesión y la tercera, hace que uno se fije.

Cuando canto, ejerzo la primera. Cuando no me esfuerzo en algo que no me gusta, hago lo segundo. Y en el karate pretendo hacer lo tercero. No me sale. Pero lo intento.

Otra vez lo mismo

Aprender a ser adulto es una cosa de todos los días. No sé por qué alguna vez pensé que mis papás, cuando yo nací, ya sabían ser papás y que ese conocimiento se había quedado estático. Cuando lo real es que uno aprende a ser papá conforme el niño va creciendo. Y aprende a ser adulto también. Nunca se queda uno igual. Lo malo es que el progreso no está garantizado y el crecimiento puede ser para peor.

Tal vez lo que más cuesta asimilar es a bajar o anular las expectativas. Esas ponzoñosas hormigas que van comiéndose de a poquitos las orillas de toda buena relación. Esperar que una persona tenga una reacción determinada y decepcionarse cuando no enuncia las palabras que uno ansía que salgan de su boca, es garantizar el fracaso. De cualquier cosa. Pero… es difícil no ponerle a alguien más la carga de lo que uno quiere que suceda. Ejemplo en pequeño: cuando uno da un regalo y espera quedar bien.

Yo no he encontrado el insecticida que me quite para siempre esas hormigas de mi vida. Lamentablemente, el hormiguero está muy bien afianzado y más temprano que tarde, salen a ver qué se comen. Lo que sí puedo hacer es moverme de donde estoy. Sé que me van a encontrar, pero al menos ya hice un poco más difícil el camino.

Las repisas

Tengo mis libros en una repisa bastante rústica. No son muchos, al contrario de lo que me gustaría. Y es que hace años los depuré y sólo me quedé con los favoritos. Ahora me doy cuenta que también me hacen falta los que saqué por feos. Sí, feos, malas impresiones, pésimo papel. El medio no le hacía honor al contenido. Quiero buenas versiones de Dumas, recuperar mi edición en alemán de Das Parfum (que sigo sin encontrar), volver a tener The Buried Giant. Y es que con los libros uno nunca termina de ser un dragón que amasa tesoros.

Siempre nos hemos contado historias. Sirven para encontrarnos en los personajes, entender qué hacer en nuestras vidas. Antes eran una experiencia comunal, pues una persona las contaba a la tribu. Ahora lo hacemos aislado cuando leemos, en conjunto cuando vamos al cine. Pero siempre tiene la misma finalidad: ver que no estamos solos.

Ahora mi hija revisa las repisas donde he puesto libros que no son sólo míos y siento que está abriendo cajas de tesoros. Porque también nos compartimos con las historias que conocemos en común. No sé si dejaré muchos recuerdos cuando no esté, pero si me quieren encontrar, pueden revisar mis repisas.

¿De dónde la conozco?

El juego de seis grados de separación es fantástico. Lo hace a uno hacer conexiones que no sabía que sabía. Me pasa siempre también con los actores que salen en las pelis y el chiste es acordarme en qué otra película salen. Es fabuloso cómo pueden ser personas tan diferentes que no los reconoce uno de inmediato.

El problema de hacer eso con personas de verdad, es que a veces los encasillo en la situación de donde los conozco y, cuando los miro en otra parte, ya no sé quiénes son. Me disculpo, de forma general y permanente con todos aquellos a quienes les he vuelto a pedir que me digan sus nombres.

La forma en que almacenamos información es así: asociando cosas. El problema es poder esparcir esas conexiones. Así, una neurona se une a las demás y no ayuda la edad. Menos mal el cerebro es plástico y ese es el chiste de hacer ejercicios mentales. Poder saber de dónde uno conoce a la gente.

Mayoría de edad

Dieciocho años se consideran adultez en muchas partes del mundo. No es poco tiempo, tampoco es un eternidad. Sólo es lo suficiente como para madurar y encaminarse a una vida de gente grande. Más libertad, mejor autoconocimiento.

Dieciocho años, dos hijos, dos gatos y dos perros después, parece buen momento para otra etapa. ¡Feliz aniversario!

Favorita

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la que es tu lugar

huele a mar y lavanda

te lleva rápido al recuerdo

comes ese postre que ya no encuentras.

Dime con qué palabra

quieres despedirte del mundo

gastar el aire que tengas.

Cuéntame en qué palabra

se apoyan tus pensamientos

la columna de tus deseos

sobre la que bailas

y miras el mundo.

Dime tu palabra favorita

aunque sea la última.

La tensión en la oposición

Dicen que los opuestos se atraen. Y eso es cierto hasta cierto punto. Dos personas que no tienen nada en común, pues eso, no tienen nada en común. Pero, también me suscribo a la idea de aquella canción del Puma que decía que un blanco con una blanca es como leche con espuma… aburrido.

Para que una cuerda haga ruido (música, obvio eso depende de quién la toque), necesita haber tensión. Ésta sólo se logra estirándola en sentidos opuestos. Esto puede ser hermoso, o discordante. Pero de que se escucha, se escucha.

La tensión en una relación, de igual manera, puede ser armónica. Un complemento de fuerzas que son distintas. Necesitamos estar con gente diferente a nosotros para formar un buen coro. Esto aplica para todo. Pero también hay que tener cuidado con no ser adictos al conflicto. Eso tampoco dura.