Desde donde estoy

De tanto escucharlos, los dichos dejan de tener sentido. Son como las sillas del comedor: nos sentamos tantas veces sobre ellas, que dejamos de verlas. Hasta que viene un invitado y nos dice algo. Las volvemos a ver. Y al rato las olvidamos de nuevo. Es el problema de la familiaridad, es cómoda, pero borra los detalles. Y ya sabemos quién se esconde en los detalles.

El dicho de “un viaje de mil pasos comienza con el primero”, suena tan conocido que no tiene sentido. Y tal vez es de las verdades más importantes de la vida. Porque no sólo es el evidente punto de que, para terminar un viaje hay que comenzarlo. Lo que me tiene dándole vueltas es que sólo se puede empezar desde donde uno está. Las circunstancias que tenemos son lo que son. O, como decimos en casa, es lo que hay. Tratar de estar en otro lado, sin aceptar lo actual, es negar la realidad. Todo se puede cambiar,’pero debemos saber qué y cómo.

El equilibrio entre ser pragmático y ser derrotista es el mismo que hay entre planificar y soñar. No tener en cuenta, ver con los ojos bien abiertos y pesar la realidad, nos pone en el plano de los castillos en el aire. Podrán ser muy bonitos, pero sirven de muy poco. Y, por eso, hay que revisar hasta lo que ya conocemos.

No conozco a nadie

Ir al súper da la oportunidad de interactuar con extraños en una circunstancia hasta cierto punto, íntima. Allí lleva uno su vida en la carreta. Se pueden deducir muchos hábitos de la compra. Y uno puede aprovechar para sentirse parte de una sociedad. Hay gente en los pasillos, carniceros que le pesan a uno la comida, cajeras que pasan los artículos. Hay una oportunidad para ser sociable sin consecuencias.

La amabilidad es pariente de la sociabilidad. Y ser educado es corresponder con las normas de comportamiento externo que se requieren de nosotros. Hay que saberse esas normas. Es más fácil navegar en el río de la convivencia si uno conoce las vías. Pero eso no quiere decir servir de pista de despegue. Poner límites sólo le parece grosero a quien los quiere transgredir.

Me encanta ir al súper. Sin audífonos, sin distracciones. Es un buen ejercicio.

Flexible

Un músculo necesita tres factores para estar bien. Generalmente le ponemos mucha atención a dos: la fuerza y la agilidad/velocidad. Y dejamos del lado la tercera: flexibilidad. Tal vez es porque los ejercicios de estiramiento son aparentemente suaves, son más tediosos y no nos dan resultados visibles.

La rigidez no es una virtud,’por mucho que implique fuerza. Lo más destructivo que tiene la naturaleza se moldea a sus circunstancias y aprovecha lo que se pone en su camino. ¿Por qué los humanos insistimos en hacer lo mismo, esperando que la vida se adapte a nosotros? A veces sí creo que somos experimentos, más que producto de la evolución, porque deberíamos ser menos intransigentes.

Seguir una rutina es fácil. Cambiarla requiere esfuerzo. Y estar dispuesto a adaptarse, aún más. Pero prefiero gastar energía en eso, que en tener músculos rígidos que se rompen.

Permiso

Hoy no hice nada

me di permiso

aunque estas horas vacías

no me sirvan para futuro

dejé pasar la vida

observar es bueno

dejar de anhelar también

tanto no hice nada

que no pensé en ti.

Nada está escrito en piedra

Bueno, sí. Hay cosas literalmente escritas en piedra. Que no las hace más permanentes. Toda esa gente que esgrime una tradición como excusa para no cambiar no entiende cómo llega algo a convertirse en tradición: evolucionando.

Estamos hechos de contradicciones. Mientras los sentimientos y nuestra forma de lidiar con ellos no ha cambiado desde que vivíamos en las cavernas, y de allí parten en mucho nuestra insatisfacción moderna, el entorno en el que vivimos no tiene absolutamente nada de estático. Y si usted vive en esta era de la revolución informática, agárrese que mañana ya cambió otra cosa. Todo lo cual me parece magnífico.

Ese concepto de quiénes somos tampoco se salva del cambio. Es más, es tan fluido como la receta de pasta de la abuela. Además que probablemente si la señora tenía mala letra, da aún más lugar a interpretaciones. No importa sobre qué esté escrita.

Lo clásico

Tengo ratos de querer regresar a los libros que me gustaron de chica. Tal vez no sean clásicos en su sentido estricto, pero definitivamente a mí, me marcaron como si lo fueran. Ese regreso a lo conocido, aún y cuando uno ya sabe quién fue el asesino y con quién se quedó la protagonista, nos permite revivir lo que sentimos cuando fuimos jóvenes y nos enseña cómo hemos cambiado. Una verdadera máquina del tiempo.

Plasmamos nuestras historias para la posteridad, primero porque creemos que lo que nos pasa es importante. Segundo, porque creemos que a nadie más le va a pasar. Y tercero, porque aunque no lo sea y a todo el mundo le suceda lo mismo, no queremos desaparecer de este mundo. Así que escribimos y pintamos y hacemos música y películas, todo con variantes de calidad y con una posteridad bastante efímera. Nada dura para siempre.

Releer la literatura que gustó en otros tiempos, además, me sirve de lección de qué era admisible en ese entonces, comparado al horror por lo inadecuado de hoy. Hay historias que no se pueden volver a contar, al menos no ahorita, y con eso, hemos perdido como humanidad. Porque no es que las cosas ya no sucedan. Es que ya no hablamos de ellas. ¿Y así cómo las vamos a denunciar? Mejor leer a los de antes. Prepararse para el después.

Hacer el intento

Eso de que el no ya lo tiene uno ha impulsado una gran cantidad de atrevimientos. Pero nada que valga la pena hacerse no aguanta un poco tragarse la vergüenza. Es una mezcla entre que la ignorancia es atrevida y que los valientes son aventados. Yo prefiero no ser lo primero y no me considero mucho de lo segundo. Pero tampoco veo mucha dificultad en hacer las cosas que quiero aunque conlleven ir a recoger los «nos» que ya tengo.

¿Cual es ese impulso que tenemos los humanos por lanzarnos a lo que no conocemos? El motor de la humanidad de seguro es el aburrimiento porque no nos quedamos quietos y sentimos urgencia por movernos de donde estamos cómodos. Tal vez nuestros antepasados cazadores y recolectores, quienes no se quedaban en el mismo lugar por razones de supervivencia, nos dejaron impresos en el ADN la necesidad de buscar y no estar contento con lo que se tiene.

Uno de los principios del budismo es, precisamente, salirse de esa necesidad de cambio y quitarse el sufrimiento por lo que no se tiene, no se quiere perder, o se quiere uno quitar de encima. Me siento halada entre dos impulsos vitales. Igual mejor pruebo. Total el no ya lo tengo.

La edad del olvido

Hace poco, traté de recordar el nombre de la ciudad de un equipo de football, sin éxito. Me pasa con frecuencia, sobre todo con lugares. Sé que lo sé y mi cerebro se niega a abrir la gaveta donde está guardada la información. Puede ser la edad. O el cansancio. O la edad.

Hay tantas metáforas para describir el cerebro: una súper computadora, una red de autopistas, un archivo. A veces creo que el mío es una de esas gavetas en donde acumulamos todo. Todo. Y, como está llena y le seguimos metiendo cosas, encontrar lo que buscamos no siempre es posible. Como el nombre de la ciudad, o el de la persona que tengo enfrente, o el del chucho. Me gustaría aprender a ordenar todo ese relajo.

Sí es cierto que con la edad, uno olvida lo más reciente. Tal vez le pone uno menos atención. Voy a tratar de fijarme más en lo que me interesa. Ah, claro, por eso olvido todo lo demás.

La reja

Detrás de una reja

hasta el perro más pequeño es valiente

el adversario contenido

da pie a ilusiones de grandeza

detrás de una reja

cualquiera grita locuras.

El silencio es mi reja

de este lado hago lo que quiero

y no sabes lo que te digo.

Aprender a hacer cosas viejas

Hice gazpacho por primera vez y, como tampoco tengo mucha historia de comer gazpacho para compararlo, me quedó rico. Aprender a hacer cosas nuevas es fácil. Sobre todo si no hay expectativas. Cualquier cosa, por sí misma, tiene capacidad de ser buena. Es cuando comparamos que se pierde esa posibilidad.

Una de las máximas budistas más sencillas, pero más difíciles de seguir, es “tener mente de principiante”. Implica despojarse, entre otras cosas, de lo que esperamos de antemano en una situación. Aplica hasta para las relaciones. Si tuviéramos la capacidad de comenzar nuestras interacciones sobre una página en blanco y no llenas de los dibujos del pasado, la vista sería mucho más clara.

Cada cierto tiempo hay que regresar a lo básico. Hasta caminar lo termina haciendo uno torcido después de muchos años y vale la pena darnos cuenta en dónde podemos mejorar. Todo se puede volver a aprender.