Terminar

Tengo pendiente hacer un álbum de fotos para mi hija desde hace dos años. Hay proyectos que me cuesta terminar. No sé si es porque me dan nostalgia, como si no quisiera cerrar la puerta de un lugar que me gustó.

Cerrar círculos de forma definitiva suena un poco dramático, pero es muy sano en la vida. Poder romper relaciones con personas que nos hacen mal. Finalizar trabajos, tesis, libros. Ponerse una meta a dónde ir y atravesarla.

También hay que estar consciente que hay cosas que se trabajan de forma constante: la forma de comer, el ejercicio, conservar las relaciones que nos importan. Tal vez lo más importante es saber distinguir qué continuar y qué terminar. No siempre es fácil. Sobre todo cuando algo que no necesariamente nos hace bien, nos gusta.

Allí es en dónde me sirve poder proyectarme al futuro. Las cosas que sé que me van a ayudar a avanzar, a mejorar, a aprender, ésas son en las que sé que tengo que trabajar constantemente. Todo lo que me saca de ese centro y que no me aporta más que una satisfacción efímera, ilusoria, entiendo que mejor la cierro definitivamente y mientras antes, mejor.

Y luego están los proyectos que no tienen ni meta en el tiempo, ni impacto en el futuro. Como el álbum. Pero igual lo tengo qué terminar.

Una tarde libre

La última vez que me dí un descanso de mi vida fue hoy por la tarde. Me cuesta muchísimo que mi cerebro no esté pensando en por lo menos tres cosas a la vez. Veo hacia el futuro en diferentes escenarios. Y se me escapa un poco lo que tengo a mi alrededor.

Esta habilidad me ayudó a ganarme la vida como abogada: poder plantearme cómo se pueden desenvolver las cosas es muy útil en esa profesión. También me hace una excelente organizadora. Pero me convierte en una amenaza para mi propia paz mental cuando se trata de dejar ir las cosas.

Hay un balance precario entre hacer uba sarta de estupideces por «vivir el momento», y perderse lo que uno está experimentando por «planificar». Peor aún, quedarse patinando sobre el pasado, sin avanzar. Los humanos somos esclavos del tiempo cuando no lo manejamos. Nos atropella.

Aprender a cabalgar cada ola que nos tira la vida… Ver la que viene sin caernos de la que nos lleva en ese momento y guardar la experiencia que nos dieron las anteriores. Me gustaría aprender a hacer eso.

Por lo menos hoy por la tarde tuve un breve momento de libertad de mí misma. Espero poder replicarlo.

Un parque

Viajamos con los niños a la Ciudad de México para Año Nuevo. No es el destino común para una familia, pero queríamos que los peques tuvieran la experiencia corta de una ciudad en la que se puede caminar. Ahora mismo estoy escribiendo en la banca de un parque.

Vivimos tan acostumbrados a nuestra propia realidad, que se nos escapan las vidas de los demás. Es difícil entender qué tan metidos estamos en nuestra cajita, hasta que nos mueven de lugar.

Los viajes, los libros, la música y la gente, todo es un portal que nos puede transportar a un punto de vista distinto al nuestro. El mundo está conformado con tantas opiniones del mismo, como hay humanos. Es una delicia encontrarlos, porque nos enriquece nuestra propia existencia.

Para un par de niños que vive en una ciudad que sólo recorremos en carro, caminar por la calle ha sido liberador. Para mí también. No me puedo llevar el parque de regreso a casa, pero sí ya sé el tipo de sensación que me gusta tener. Habrá qué ver cómo replicarla.

Ver con otros ojos

Desde cualquier punto de vista, el de uno propio es la primera referencia. Yo no puedo ver a través de los ojos de otra persona y casi sólo puedo identificarme con lo que me cuenta, ya sea por experiencias similares, o proyectándome en lo que estoy escuchando. Y a veces allí está el meollo de todo desastre. Porque tendemos a ponerle nuestros pensamientos y a interpretar lo que nosotros queremos en los gestos y voces y palabras y miradas de los demás.

Hay que ser muy evolucionado para entender que no todo lo que hacen las personas a nuestro alrededor, incluso las más cercanas, es personal. ¿Cómo no va a ser personal si me afecta? Y tal vez tomaron decisiones que no tenían qué ver con nosotros.

Eso no exime de afrontar las consecuencias de las decisiones que se toman, ya sea tomando en cuenta a terceros o no. Aunque no somos responsables de las reacciones de los demás, tenemos que tragárnoslas cuando son provocadas por lo que hacemos.

La vida es complicada. Las interacciones humanas van cargadas de un montón de cosas que no son sólo las que están en ese momento. Y, muchas veces, tenemos que aprender a ver a través de los ojos de la persona que tenemos al lado. Sobre todo cuando queremos seguir compartiendo espacio.

Decisiones

Hacer maletas siempre es un ejercicio de autocontrol para mí. Quisiera llevar dos mudadas para cada día, porque no sé qué me voy a poner, o cómo va a estar el clima, o a cómo va a estar la demás gente. Ni qué decir la ropa de los niños. Tres mudadas me parecen pocas. Un amigo me acaba de contar que se va a la playa ocho días y lleva dos trajes de baño. Casi muero.

Siempre tomamos decisiones. Lo que implica escoger una cosa que nos parece mejor que otra. Comer carne o postre. Hacer ejercicio o dormir. Seguir en una relación o estar solos. Todo tiene ventajas y desventajas y sólo nosotros sabemos qué pesa más en nuestras balanzas personales.

Muchas veces las decisiones son duras, porque sacrificamos mucho de lo que queremos en lo personal por lo que nos parece mejor en su conjunto. La clave es aceptar que hay cosas que trascienden a uno mismo y encontrar satisfacción en eso. Lo bueno de escoger conscientemente es que sabemos valorar las cosas que tenemos, sobre todo cuando lo que dejamos de hacer también tenía valor.

Me gusta pensar que uno se hace el destino con cada paso que toma. Hay un rumbo que tiene el camino. Y siempre podemos cambiar la dirección. Así como siempre puedo comprar cualquier cosa que se me haya olvidado. La maleta puede llevar menos cosas.

Agujeros

Cuando era pequeña me encantaba hacer «mantelitos» de papel. Doblaba un cuadrado varias veces y le recortaba figuras. Para mí, quedaban lindos y los ponía por toda la casa. Dudo que mi mamá haya compartido mi entusiasmo y los adornos desaparecían misteriosamente en cuestión de horas, pero yo era feliz.

Pareciera que uno comienza la vida como una hoja de papel en blanco y la termina un poco más arrugada, manchada, agujereada y torcida que un pergamino al sol. Hablamos de corazones «rotos», de heridas del tiempo, de cicatrices en la memoria. Hay recuerdos que nos duelen, palabras que nos matan por dentro, sentimientos que nos hunden. Todo eso nos va cincelando tanto como lo dejemos, pero es innegable que nos transforma. No podemos pretender tener experiencias de vida sin dolor. Hasta para aprender a caminar hay que caerse un par de veces.

Lo que no debemos dejar de hacer es desdoblar nuestra vida para apreciar el entramado que van dejando todas esas lluvias de meteoritos. Cada nuevo color que adquirimos, cada agujero que obtenemos, cada arruga que nos dobla es un testimonio que estamos vivos y que somos complejos y que seguimos adelante.

Los agujeros dejan pasar la luz. Las manchas nos dan color. Las arrugas un borde en dónde recostarnos. Y todo, todo, nos hace hermosos en nuestra humanidad. Este año ha dejado más marcas que otros en mi vida. Se lo agradezco. Puedo decir que soy mucho más interesante. Al final, ¿quién quiere llegar a la muerte como una hoja en blanco?

Dar

Cuando mi marido cumplió 35 años, le pedí a mis suegros favor de hacerle fiesta en su casa y yo cociné (hamburguesas, quedaron ricas). El año que cumplió 40, me pasé haciendo cosas para su piñata (sí, piñata de superhéroes) nueve meses antes. Tengo la ¿mala? costumbre de no conocer grises y colores, sólo blanco y negro.

Uno nace sabiendo recibir. Eso es fácil. Parte de la inteligencia emocional es aprender a dar. Y uno da lo que le es natural.

El problema es cuando uno sólo sabe dar de una forma y eso no se recibe por parte del destinatario. Es como escribir la carta de amor más conmovedora de la historia, en un idioma que el otro no entiende.

Aprender a hablar varios idiomas emocionales es una de las claves del éxito en la vida. Si uno entiende que no a todo el mundo le gustan los masajes en los pies, pues no anda como enajenado queriendo quitarle los zapatos a todos los seres humanos que se cruzan en la vida.

Dar, de forma que agrademos. Es un aprendizaje que no siempre es intuitivo. Como en todo, nuestra referencia somos nosotros mismos y cuesta ajustar ese punto miope de vista.

Valer la pena

Entre lo que hago, siempre cambio tiempo por actividades. Así es la vida entera, le metemos tiempo y esfuerzo a las cosas que nos interesan. Incuyendo relaciones.

Las personas que me importan, reciben mi atención.

En general, siempre «sacrificamos» algo de nosotros para obtener lo que queremos. La clave está en determinar qué vale realmente la pena.