El objeto del deseo

Como a base de antojos. Es muy raro que yo tenga hambre, pero sí muy frecuente que tenga «ganas». De unas macadamias, de ensalada, de chocolate, de sorbete de limón. Es una sensación que se queda en el fondo de mi estómago y que me hace sentir insatisfecha, aún que esté llena.

Pareciera que, como humanos, nos movemos a puro deseo. El querer algo. Y lo escogemos de forma irracional, aunque aprendamos a justificarlo con la mente. Entre dos cosas equiparablemente buenas, siempre vamos a preferir la que más nos gusta. Y, si lo que nos gusta es menos bueno que lo otro, le vamos a encontrar todas las razones del mundo para llevárnosla.

Pocas veces nos damos el permiso de aceptar que tenemos algo, porque es lo que queríamos, a pesar de sus defectos. Es como si tuviéramos qué pedir perdón por desear algo.

Le damos prioridad a lo racional y nos avergonzamos de nuestras emociones. Creemos que tenemos que seguir lo establecido para todos, aún cuando no cazamos. Y rechazamos lo que nos llena de satisfacción, porque no se conforma a lo «normal».

A mí me gustan las t-shirts negras y los Keds y sé que no me miro como «debería», según las reglas de lo que una mujer de mi edad debe seguir. Lo he intentado justificar de forma racional para sentirme bien. He intentado cambiar. Y, ni lo primero funciona, ni lo segundo me satisface. Así que, en días como hoy que voy al súper, regreso a mi ropa favorita.

El deseo a veces no necesita más justificación que sí mismo. Y un helado de limón siempre se me antoja.

Soltar(se)

Las celebraciones me agotan. Tener que coordinar varias cosas a la vez, el estrés de la gente que llega, que el celebrado se sienta contento… Por querer que todo salga bien, me termino sintiendo como un hule demasiado tenso, a punto de salir disparado.

Las cosas que se salen de nuestras rutinas nos mueven el orden, nos hacen pensar diferente, nos tensan. Un cumpleaños, un accidente, algo planificado pero no común o algo completamente imprevisto. No se puede prever todo. Y tampoco se puede tener control de todas las consecuencias.

Lo que sí podemos estar seguros es que todo tiene consecuencias. Aunque sólo las sintamos como dolor de espalda o enfermedades del estómago. Y podemos estar aún más seguros que nunca vamos a poder saber qué es todo lo que nos puede suceder.

Hay que aprender a soltar. A hacer lo mejor que se puede y esperar que las consecuencias sean buenas.

No tengo idea cómo. Porque todavía aprieto la mandíbula. Y dejo de dormir. Y me enfermo. Y me trabo de la espalda.

Al menos hoy, voy a tomarme un día libre. Y espero que la consecuencia sea menos arrugas y que se me vaya el dolor de cabeza.

No tiene nada qué ver

Ni el viento que me despeina

ni el agua que recorre fresca mi garganta

ni el cielo al que se le prenden las estrellas

ni el sol que me envuelve como un manto

ni el sueño interrumpido por las noches

ni mi voz que canta para nadie

ni mi piel que pierde forma sin tus manos

ni mis ojos que se ahogan de no verte.

Nada de eso tiene que ver contigo.

Pero sí.

Aquí vamos de nuevo

Cada cumpleaños de uno de los niños, se me juntan la alegría y la nostalgia y el miedo.

Y me siento completamente inadecuada para ser mamá. Con todas las limitaciones tan gravemente evidentes que tengo. Con la responsabilidad que recae sobre cada una de mis palabras, porque todo los marca. Con mi falta de capacidad de demostrar el cariño que me llena por dentro.

Amo a mis hijos como no amo a nadie. Con la intensidad de un sol al centro de una galaxia. Y, así de tanto como los quiero, quiero que puedan vivir sin mí. Que no me necesiten. Que salgan con facilidad de mi círculo de influencia.

Y eso me hace ser más dura de lo que quisiera.

La niña hoy cumple 7 años y es inmensamente dulce, con una capacidad de empatía que se me escapa de la comprensión. Tiene una suerte de habilidades que tuvo que haber sacado del aire, porque mías no son.

Y eso me da miedo. Porque no quiero apagar esa chispa de cosas que tal vez no comprendo.

Sólo espero que el paso del tiempo nos sea gentil y pueda verla desarrollar su potencial, sin ser obstáculo.

 

Se me sale el demonio

A mi papá era muy fácil hacerlo enojarse. Es más, creo que al igual que Hulk, él se mantenía enojado. Así que una erupción volcánica de ira era más fácil de obtener que una de esas que se hacen con bicarbonato y vinagre.

Si algo tiene en común el ser humano, son las emociones básicas como el miedo, la alegría, la tristeza y el enojo. Incluso se manifiestan en nuestras caras de la misma forma. Una de esas programaciones que trae nuestro hardware tan primaria, que no la tenemos qué aprender. Y eso que hasta a comer aprendemos.

Lo que sí tenemos qué aprender a hacer con las emociones, es a manejarlas. Porque no nos podemos dejar arrastrar por ellas sin el menor de los controles. A mí, me lleva muy fácil el enojo. Lo tengo que mantener muy amarrado para que no me deshaga todo lo que me ha costado construir a punta de esfuerzo.

No hay excusas para no mesurarnos. Ya sabemos que lo podemos hacer. Es sólo cuestión de probar.

Buena luz / mala luz

Soy fanática de Seinfeld. No hay serie cómica más genial en su brutalidad. Uno de los capítulos más divertidos es cuando Jerry sale con una chava que, depende de la iluminación, se mira bien o mal. Mi mamá decía que había gente de «dos carreras»: una para irlos a ver y otra para salir corriendo cuando los miraba uno de cerca.

La luz resulta reveladora para todo. Así como la verdad brutal. Bajo el brillo de un sol al mediodía, las cosas hasta se ven borrosas, porque están demasiado iluminadas. Tenemos que cerrar los ojos. Poco podemos distinguir. Duele. Decir las cosas sin el menor de los filtros, sólo porque es «cierto», también hace que las cosas no queden del todo claras. Porque la verdad sin consideración a todo lo demás, tiene el mismo peligro de un chimpancé blandiendo un bisturí. Es innecesariamente dolorosa.

Un edificio bien iluminado, de noche, se ve lindo. Y no deja de ser el mismo edificio. Es sólo que se esmeraron en presentar las partes positivas, aún y cuando uno bien sabe que no todo es así de bonito. Las cosas que decimos, también deberían llevar ese cuidado. Porque muy pocas veces el daño innecesario, la honestidad sin clemencia, la sinceridad sin consideración, tienen algún efecto positivo. Sólo sirven como armas en las manos de las personas con mucha consideración para sí mismos y lo que «tienen qué decir».

Todos tenemos nuestros momentos de luz buena y mala. Hay qué tenerlo en cuenta cuando nos acerquemos a los demás. Tal vez sólo se trata de cambiarnos de lado para encontrarles un mejor ángulo.

Fantasías que nos definen

Creo que todavía conservo un par de jeans de cuando tenía 20y pico de años, sólo para ver qué tanto voy cambiando. Como si me gustara tenerme guardada para compararme contra algo que ya no existe.

Las imágenes que tenemos de nosotros, las cosas que decimos que somos, pesan a veces más de lo que realmente somos. Peor aún cuando nos llevamos lo que éramos de adolescentes a nuestra adultez. ¡Con la cantidad de cosas sin completar que éramos en ese entonces! Tenemos una imagen falsa, magnificada, de nuestros defectos y cualidades. De lo que nos decían nuestros papás y le escuchábamos al grupo en el que nos movíamos.

La realidad es que hay muy pocas cosas que no podamos cambiar de nosotros mismos. Salvo las limitaciones obvias de talento, todos podemos llegar a desarrollar las habilidades que queramos. Hasta el carácter es moldeable.

La maravilla de ser adulto es ver el marco en el que uno mismo se ha puesto y escoger si le gustan o no esos parámetros. Hay cosas que, obviamente tenemos que mejorar, porque nunca se termina de crecer. Pero otras que podemos decidir que están bien.

El resto es simplemente la historia que nos contamos. Y que nos podemos hacer realidad. Mis jeans viejos me recuerdan lo que era. Y me los pongo para llevar mi pasado a lo que soy. Y porque todavía entro en ellos.

La sustancia de las cosas

El objeto poseído es feliz de tener dueño.

El hechizo sólo sirve cuando lo invocan.

El fuego sólo arde cuando lo prenden.

Y yo sólo existo cuando estoy contigo.

Como una oración esperanzada que se convierte en realidad.

Guardar selfies

Los 40s no llegan por gusto. Hace que uno se cuestione la vida, porque estadísticamente hablando, la llevamos a la mitad. Y uno ya no está ni joven, ni es viejo. Aún reconoce a la veinteañera en los músculos que responden y mira a la sesenteañera que se asoma en las arrugas que comienzan a asomarse. Y está bien.

Ahora la facilidad de tomarse uno fotos sin pedirle favor a nadie nos abre un poco la puerta para llenar nuestros dispositivos de imágenes banales. El almuerzo de hoy, la blusa nueva, los zapatos favoritos. Una salida con amigas debe ser adecuadamente documentada.

Me pasé buena parte de un año utilizando mi Instagram como lo que llamaba medio en serio medio en broma, mi «muro al ego».  Subiendo fotos mías que, aunque sin filtro, mostraban una buena cara siempre. Momentos de crisis en los que se busca aprobación aunque sea de ajenos, supongo.

Regresé a tomar fotos sólo de cosas importantes. De los momentos con personas queridas, de las risas con mis hijos, de algo que verdaderamente me conmueve.

Conservo dos fotos mías. Una extremadamente triste y otra feliz. Como ejemplos de un extremo del que quiero salir y de un estado al que quiero regresar. Algo así como separadores de libros.

Las demás, las boté. Me puedo ver en un espejo y la gente que no me conoce, dudo que tenga interés.

A ver si no me pasa algo así con los 50s.

Lo que uno hace bien

De pequeña, mis papás me metieron a clases de tenis. No lo hacía mal. Pero no me gustaba. Para nada. Y era un sufrimiento cada vez que tenía que ir. Preferiría montar a caballo. Cosa que no hacía bien, pero que me fascinaba.

No siempre nos gusta lo que nos sale bien según nuestras habilidades. Pareciera que es muy fácil dejar a un lado lo que nos viene natural, como si nuestra naturaleza humana retorcida necesitara sufrir para sentir que se merece algo. Desde los hobbies esos en los que gastamos horas de horas y jamás llegaremos a ser famosos, hasta las relaciones imposibles que mantenemos vivas en nuestro corazón.

Vivir y sentir dolor son uno y lo mismo. O no. Tal vez esforzarse y sentir satisfacción sí son consecuencia uno del otro. Y tal vez aprendemos a no ser masoquistas y apreciar lo que se nos hace fácil.

Pero igual el tenis sigue sin gustarme.