El poder de no hacer nada

Última semana de vacaciones en las que, gloriosamente, no hemos hecho nada. Comer, ver tele, karate, nadar, respirar, dormir. Los niños relajados han crecido como plantas bien abonadas. El aburrimiento se va acercando de a poco, justo a tiempo para que empiece el colegio.

Me encanta organizarles su tiempo a mis hijos. Y a mí. Si pudiera salirme con la mía, habría una tarea asignada para cada momento del día. Es rico saber qué se hace. Y agobiante porque jamás sale todo como uno quiere al centavo.

Creo que lo ideal es una mezcla entre estar preparado para hacer cosas y también para no poder hacerlas. Lo cierto es que ahora mismo estamos viendo una película con la niña después de pintarnos las uñas. Logro que se bañen, que coman a sus horas y se duerman temprano. Bastante es.

Ya la otra semana retomamos las carreras de las obligaciones. Y eso también está bien.

La inundación

Ayer llovió como si ya no quisiera dejar el cielo un pedazo seco, copiosa y constantemente. El niño y yo estábamos felices leyendo, sin corriente eléctrica, empacados en la cama, la camaradería de dos personas que saben estar juntas en silencio. Bajé por una pendejada (no recuerdo cuál) y… la sala entera inundada. Creo que había agua suficiente como para hacer marea.

Nos pusimos a barrerla, una hora o más, dos escobas y mucho cuidado para no arruinar todos los muebles. No los podíamos sacar porque pesan demasiado y sólo estábamos los dos.

Hay muchas formas de hacer las cosas. Sobre todo las inevitables, las cuales generalmente no son placenteras, como lavar platos, ir al colegio, hacer cuentas, sacar agua. Molestan y nos incomodan y quisiéramos no hacerlas. Entonces nos ponemos a hacer berrinche. Yo lo hago seguido. O podemos tragarnos la sensación de enojo y hacerlo, si no con gusto, al menos no recalcando lo desagradable. Es una pura cuestión de redirigir la atención del cerebro a otra cosa, aunque sea la menos mala. Creo que la resignación tendría más adeptos si, en vez de ponerle una cara de víctima que sufre en silencio una tortura, se enseña a un niño barriendo agua para sacarla de la sala.

Nos la pasamos bien, espalda torcida y todo. Pero tampoco es que esté pidiendo que vuelva a suceder.

La pócima

Buscamos el hechizo

que nos una para siempre

entre libros antiguos

fórmulas arcanas.

Bebimos vino

fumamos hierbas

comimos de nuestras manos

salvajes y  eruditos.

Poco sabíamos

que la pócima

se escondía

en el café de las mañanas.

La competencia que nunca voy a ganar

Día a día uno vive con sus pensamientos. Es la primera voz que lo despierta a uno de mañana y la última que le habla, hasta en sueños. Porque nunca dejamos de ser nosotros. Podemos alejarnos de todo menos de lo que llevamos dentro. Eso lo tenemos que cambiar.

Me pasa que no siempre gano. Porque hay mucho qué cambiar y no siempre tengo ganas. O fuerzas. O sí las tengo y el intendente de mi sanidad mental igual arma fiesta sin mi permiso y tengo que volver a comenzar de nuevo. No sé muy bien por dónde va el camino de una aceptación agradecida de mí y a veces simplemente estoy cansada de no sentirme suficiente porque las cosas a mi alrededor no cumplen mis expectativas. Entonces trabajo en las expectativas, esas luces fatuas que nos llevan a estrellarnos contra todas las rocas de decepciones que nos hunden. Cuestión de control. De no tenerlo. De no quererlo. Supongo.

El mundo es suficientemente complejo como para que la persona que somos por dentro nos meta zancadillas emocionales. Pobre. Debe sentirse muy sola para necesitar tanto drama. Lo cierto es que estamos en competencia con nosotros mismos para ver quién gana control de los botones de autodestrucción. Desde donde lo miro, es una batalla que vale la pena pelear, aunque no siempre la gane. Porque el punto no es ganar, es soltar para abrazarse por dentro y sanar. Yo simplemente no quiero competir, siempre voy a perder. Quiero no tener que hacerlo, sólo así voy a poder estar en paz. Y, allí, es donde se obtiene todo.

Las nuevas formas de las cosas viejas

Desde siempre me han encantado los membrillos. Recuerdo comerlos con sal y no aguantar terminarme uno por ácido. Las jaleas que hacía mi mamá para comer con pan y queso. Luego descubrimos que, quitándoles la tapa y haciéndoles un agujero, los podíamos llenar de sal, dejar reposar y comerlos sin que lo ácido molestara.

La humanidad repite las mismas historias una y otra vez, no porque le guste recordarlas, sino porque las olvida. Cada nuevo corazón que se enamora por primera vez, vuelve a contar los mismos cuentos y decirse las mismas palabras. Pero es nuevo para él y por eso es nuevo.

Los que escribimos, sabemos que no hay nada verdaderamente original que podamos poner en papel. Sólo lo podemos presentar desde nuestro punto de vista particular. Y allí esta el secreto de la vida. Trabajamos con herramientas y materiales milenarios para enseñar una parte diferente. O al menos eso tratamos.

Como las formas distintas de preparar el mismo membrillo. Hoy lo horneé y resultó una mezcla entre la fruta imposiblemente ácida de antes y lo dulce de la jalea. Igual y nuevo.

Lo que hace el Mundial

Hay mundial. Perdón, The Múndial. Yo no soy fanática del fútbol, pero entiendo perfectamente ese sentimiento avasallador que hace que gente adulta le grite a la tele, como si le fueran a contestar/escuchar a uno. Actitudes de niños de menos de dos años que creen que los muñequitos esos existen.

No tengo equipo que me apasione, pero si tengo que irle a alguien, le voy a Alemania, al fin y al cabo fueron varios años de colonización en el colegio. El domingo fuimos a verlos perder al Club Alemán, lugar que, cosa entendible, estaba lleno de descendientes en varios grados de inmediatez o lejanía de antepasados teutones, algunos más tostados que otros, pero todos con la expectativa de la supuesta fácil victoria. El ambiente se fue desinflando conforme iba avanzando el tiempo y, no sólo no lograron ganar, sino que perdieron.

Todo puede pasar en una cosa de éstas y era el primero de muchos partidos. Hasta allí, todo bien. Lo que no me entra en la cabeza es que había más de una persona engalanado de pies a cabeza del equipo mexicano, gritando el gol, felicitando cada atajada y poniéndose a imitar con el mejor galío de mariachi a la Tortrix un grito charro cuando terminó el asunto. O sea, qué valientes. Y está bien, pero estaban en la casa del otro equipo…

Como si yo hubiera llegado con camisola de die Mannschaft a la embajada mexicana. No sé, no me cuadra porque yo no lo haría. Y también entiendo que no es el fin del universo, nadie les dijo nada, todos se fueron muy tristes o felices y no sucedió ningún incidente.

Hoy hice hamburguesas

Tenemos diez años de vivir en la casa en donde yo viví toda la vida. Entre una y otra remodelación que no terminan, siento que siempre hay paredes que necesitan repello, lámparas que no se han puesto y muebles por hacer. Un proceso tan largo que podría equipararlo con la vida y esas cosas, pero no tengo ganas. Lo cierto es que hay baños sin terminar, las duchas no quedaron como yo las quería, cuando pusieron las puertas arruinaron las paredes y no quiero que arruinen las puertas cuando arreglen las paredes. Eso. Tantos «esos» que había dejado de invitar gente, porque no estaba terminado el asunto.

Pero no se puede vivir en suspenso. Siempre hay algo qué hacer y uno se fija en lo que falta no en lo que está. Y hay tanto que está. Están los cuartos de los niños, está mi clóset, está mi cocina. Mi cocina. Ese lugar mágico en el que me transformo en hechicera y hago cosas que a todos les gustan. Está el jardín con flores, ni una rosa. Está el lugar en donde está mi escritorio, aunque todo el mundo pase y me interrumpa.

Y hoy hice hamburguesas para mi familia en donde siempre hemos ido a comer los domingos. Este domingo tocó en mi casa, a la que le falta mucho, pero no comida y sillas y mesa en donde sentarnos y platicar y tomar vino y comer. Comer y comer y comer.

Uno nunca está terminado. Supongo que así será siempre. Y qué alegre. Mientras haya comida.

Lo que nos mueve

Los niños están de vacaciones y lo único que logro a veces es que se bañen. Y esto sólo bajo promesas de helados y cosas así. O con amenazas de no dejarles ver tele. O jugar con el play. Detesto el play. Es malo si juegan y malo si no.

Pero motivar niños resulta sencillo. Uno de padre conoce en dónde están los botones, tiene la autoridad y es dueño de las herramientas de entretenimiento. Con uno es mucho más difícil. De adultos debemos encontrar la razón para hacer las cosas desde muy adentro. Engañarnos inclusive para sentir que sí, que queremos hacerlas. Como ejercicio por las mañanas, dejar de comer el helado por las tardes, la copa de vino por las noches.

Porque encontramos muchas mas razones para no hacer lo que sabemos que nos conviene, porque duele, incomoda, da pereza. Queremos tener todos los beneficios de las cosas buenas, sin hacerlas.

A mí me motiva el dolor. El de no querer disgustarme en el espejo, el de no querer estar como mi mamá tan deteriorada cuando murió, el de la vocecita insistente que me levanta y empuja, aún venciendo mi desidia. Confieso que yo pasaría leyendo acostada todo el día y podría ser feliz. Pero no útil. Ni estaría bien.

Al final me mueve mi propia voluntad y aprovecho porque no sé cuánto tiempo ésta sea lo suficiente.

Las fuentes de Versalles

Pusieron en Netflix una serie acerca de Versalles y cómo Luis XIV decide construirla. No está lejos de ser una novela con intrigas y pasiones y amantes. Producida con un sentido estético bello, obvio deja del lado la peste de la gente sin bañarse, las pulgas en la ropa, las ratas en las pelucas… todas esas pequeñas cosas sórdidas y asquerosas que se nos pasan por alto cuando leemos novelas de esa época.

Hoy amanecí con una fuga de agua en el jardín que elevaba un chorro cual fuente en palacio francés. A cerrar la llave de entrada y a apagar la bomba, empaquetar niños y huir hasta la llegada del plomero. Pocas cosas agradezco más que el agua corriente, los artículos de higiene personal y los antibióticos en esta era moderna. Me parece mentira que no todo el mundo tenga acceso a esos adelantos básicos.

Me fascina la época de Luis XIV, pero para verla delejos. Con un vaso de agua pura al lado y luz para leer. Los jardines y el poder deben haber sido gloriosos, pero pocas cosas le ganan a un inodoro que funciona.

Ya vino el plomero y espero poder conectar hoy mismoel agua.