Lo que nos mueve

Los niños están de vacaciones y lo único que logro a veces es que se bañen. Y esto sólo bajo promesas de helados y cosas así. O con amenazas de no dejarles ver tele. O jugar con el play. Detesto el play. Es malo si juegan y malo si no.

Pero motivar niños resulta sencillo. Uno de padre conoce en dónde están los botones, tiene la autoridad y es dueño de las herramientas de entretenimiento. Con uno es mucho más difícil. De adultos debemos encontrar la razón para hacer las cosas desde muy adentro. Engañarnos inclusive para sentir que sí, que queremos hacerlas. Como ejercicio por las mañanas, dejar de comer el helado por las tardes, la copa de vino por las noches.

Porque encontramos muchas mas razones para no hacer lo que sabemos que nos conviene, porque duele, incomoda, da pereza. Queremos tener todos los beneficios de las cosas buenas, sin hacerlas.

A mí me motiva el dolor. El de no querer disgustarme en el espejo, el de no querer estar como mi mamá tan deteriorada cuando murió, el de la vocecita insistente que me levanta y empuja, aún venciendo mi desidia. Confieso que yo pasaría leyendo acostada todo el día y podría ser feliz. Pero no útil. Ni estaría bien.

Al final me mueve mi propia voluntad y aprovecho porque no sé cuánto tiempo ésta sea lo suficiente.

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