No hice nada

Con el desayuno preparado desde ayer, almuerzo pedido y niños atendidos, poco me quedó por hacer hoy. Se me juntaron las ganas de platicar en silencio con mi cama, con la falta de deseo de hacer otra cosa. Hacer nada es, por definición, estar en un estado específico, ilógico hasta cierto punto.

Siento la compulsión de ocuparme, porque me rindo cuentas de cada momento y pocas veces me satisface mi reporte. ¿Por qué perdimos el sentido de la nada como algo bueno? Es allí cuando se asientan los sabores de la vida, ingredientes en una salsa que necesitan conocerse mejor para bailar bien juntos.

No estoy segura si lo que hice sea bueno. Es algo, sin ser algo. Ha sido rico. Me dará un poco de cargo de consciencia mañana, por tantos minutos desperdiciados. Espero apreciar la suspensión de ansiedad que me regalé. Tal vez lo repita alguna otra vez.

Derretir el chocolate

Sentados frente al café

hay un momento de espera

hasta que huele como debe

antes sólo es agua

tomar café sin sabor

un remedo de beso sin fuego

¿cómo aprendimos a aceptar menos?

quiero tomarme una tormenta

que se derrita el chocolate al morderlo

sentirle el sabor a la comida

y quemarme entre otra boca.

Otra de esas conversaciones

Me toca estar ahora del lado de los papás en las conversaciones incómodas. Sentar al recién entrado en la adolescencia en el comedor y preguntarle cosas es un estudio en caras de aflicción. Es instintivo, supongo, que el joven crea de primera impresión que va a ser sumamente puteado. Aunque no sea así la mayor parte del tiempo.

Nos toca modelar para los hijos las actitudes que quisiéramos que tuvieran. Lo difícil es que necesitamos que se comporten como gente decente, precisamente cuando no están en frente nuestro. Y, como es imposible estar completamente enterados de lo que hacen todo el tiempo, sólo nos podemos encomendar a la deidad de nuestra convicción para que los ilumine un poco.

Me pasa además, que lo que mis hijos viven en sus vidas es radicalmente distinto de lo que yo tuve como normal. Hay más en común entre la forma en que se criaron mis abuelos y yo, que entre yo y mis hijos. Hasta los aparatos de comunicación son distintos. Y es allí en donde tenemos simplemente que confiar en que el cariño, la apertura, la firmeza y la claridad, sean suficientes para que no se pierdan entre el universo de posibilidades modernas. Y, claro está, siempre lo podemos sentar en la silla del acusado y verlo fijamente hasta que confiese. No falla.

De mandados pendejos

Salí a comprar jabón para la niña. Y regresé a darme cuenta que no hay sal. Lo cual significa otra salida a un mandado pendejo. Que está bien, tal vez, las cosas tienen sus ciclos y toca llenarlos.

Me está pasando cada vez más que veo transcurrir mis días en ocupaciones pequeñas, cotidianas, que sólo se aprecian cuando faltan: las sábanas limpias, la comida hecha. Y, de nuevo, está bien. Porque la vida es más llevadera cuando todo eso está. Los vacíos de cosas pequeñas minan los fundamentos de las construcciones grandes.

Así, salgo a hacer mandados y doblo con diversos grados de éxito las sábanas con elástico. Para poder sentarme a escribir sin temor a que se me caiga el edificio encima.

Iba a apuntarlo todo

Me dieron ganas de hacer amargos. Esas mezclas que suenan exóticas y se les agregan por gotas a los tragos. Tengo un par de semanas de estar macerando distintos ingredientes y hoy hice mis mezclas. Me había propuesto apuntar con cuidado cada mililitro de qué se iba dónde. Terminé apenas escribiendo con letra de asesino en serie lo básico en las etiquetas.

A veces, por querer que todo esté perfecto, nos ponemos tantos pasos qué llenar, que no damos ni uno. Porque, seamos sinceros, no siempre dan ganas de dejar salir al obsesivito que llevamos dentro. Sobre todo porque tiende a amargarnos la fiesta. Se vale no hacerlo todo perfecto, mientras salga bien y nos guste el resultado.

Así que ya están embotelladas mis mezclas y huelen bien. No creo poder replicarlas. Y tampoco estoy preocupada.

Comer pizza

No sé cuánto comí. Supongo que eso es una buena medida de lo rico que estuvo mi domingo. Entre las cervezas, la pizza y el helado, ahora remojo mis galletas en el whisky que aprendí a tomar hace poco y siento que fue un día bien invertido. Tal vez todos necesitamos un momento de soltar. Las expectativas, los horarios, las ganas de hacer.

Sigo a filósofos estóicos y dicen que todo tiene que tener una intención. Hoy mi intención fue la nada. Y está bien.

Así que hoy, comí. Y tomé (sigo haciéndolo). Hasta el próximo domingo.

De vuelta a las preguntas

Comenzamos la conversación

haciendo las preguntas importantes

cuál helado es tu favorito

la canción que escuchas

cómo tomas el café.

Nada es superfluo

cuando te quieres despertar

y saber a qué sabes

antes de decir buenos días.

Es cuando nos dejamos de buscar

en los espacios pequeños

que se destruyen los puentes

y fluye el olvido entre los dos.

Te quiero encontrar en el olor que prefieres

vestirme de tu color

comprar el vino que te guste

saber en dónde habitas.

A veces lo he olvidado

regresar cuesta, se lleva más carga

por eso vuelvo a preguntarte

de qué lado de la cama prefieres amar.

La eternidad se esconde entre la lavadora

Llevo todo el día lavando ropa. Y aún hay dos montículos pendientes. Podría medir cómo fluye el poco resto de mi juventud entre el detergente y los quita manchas, doblo arrugas y plancho canas.

La vida se tiende a medir en años, pero creo que eso es equivocado. Debería medirse en ropa, comida cocinada, trabajo hecho. O, mejor, mucho mejor, en besos y risas y placer.

Siempre hay ropa qué lavar, porque hay niños que se ensucian y días que se viven. Lavo la eternidad que regresa fragante para guardarla y volverla a usar. Y me encuentro recuperando vida.

No hay momento perfecto

Siempre se puede estar mejor. Más bonita. Más delgada. Mejor vestida. Debí haberme maquillado, tal vez. El pelo estaba fatal. No debí haber hablado tanto. Tan poco. Llovió. Había mucho sol. Tuve frío.

Y así, ningún momento es perfecto si insistimos en compararlo con lo que no existe. Porque, en realidad, cada pedazo de vida que respiramos es todo lo que puede ser. No le cabe más.

Quiero aprender a necesitar exactamente lo que tengo. Y, tal vez, salir un poco más arreglada.

No hay tribu

En tiempos en que no existían los espejos, nos mirábamos en el rostro de los demás. El sentido de pertenencia era mucho mayor y por lo mismo cualquier defecto segregaba a la pobre persona afectada. También eso hacía que la expulsión del grupo fuera hasta despersonalizadora: ya no se tenía alguien en quién reflejarse.

¿Qué nos están haciendo las mascarillas? ¿Nos estaremos deshumanizando? Seguro nos bajan dos grados o más de empatía. No se puede uno proyectar en la situación del otro si no tiene ni idea de cómo se ve.

La humanidad va a tener que decidir si usar algo que cubra nuestros rostros nos acerca por el hecho de hacernos ver más parecidos, o nos aleja porque no podemos identificarnos. De mi experiencia en los últimos días, lamentablemente he visto más lo segundo.