Comer hasta llenarse

Tomar vino, el suficiente para saber que uno tomó hoy y no tanto para recordarlo al día siguiente. Comer hasta llenarse, no hasta no poder volverlo a hacer en la siguiente comida. Nadar hasta sentir cansancio, sin ahogarme. Regañar para llamar la atención, no parar demoler autoestimas. Escribir hasta expresar lo que quiero, sin palabras que no correspondan.

Todo tiene una línea a dónde llegar y que se sienta rico. Es rascarse para quitar la picazón, sin romper la piel. O dormir los quince minutos de siesta que se necesitan para no terminar más cansado al despertar. Hay pocas cosas que no se devalúan cuando se hacen/consumen sin medida. Pero las que sí las hay, son indispensables.

No hay besos buenos demasiado largos. Amores demasiado apasionados. Piedad que deba ser templada. Si se va a pecar de exageración, que sea en las cosas buenas que se entregan. Nada nos debemos quedar cuando queremos, aunque nos lo devuelvan malusado. Está bien, tenemos más de donde lo sacamos. Y si uno comió demasiado, pues a tomar té de jengibre.

Dímelo otra vez

Las venas están quemadas de tanto fuego

ya sólo brillan las estrellas en los ojos

y todo el vino sirve para hacer labios

lo han dicho todo,

no hay palabras nuevas, ni imágenes sin verse

hasta que lo dices tú.

No cambia nada, pero se transforma

Aprendemos a expresarnos en una forma básica y luego hacemos nuestras las palabras. Hay cosas que no tienen importancia si son distintas: yo puedo pensar en un gato negro cuando digo “gato” y alguien más puede pensar en uno anaranjado. Es indiferente. Pero para cuestiones de establecer una relación, la discrepancia en las cargas emocionales y cognitivas que acarrean ciertos conceptos puede ser pesada.

Ahora, si yo entiendo que el cariño se demuestra de una manera y quien quiero que se sienta apreciado lo entiende de otra, las cosas se complican aún más. Y es que hay una especial de tragedia en cuanto a las diferencias de entendimiento para el cariño: darlo como uno puede y que no se acepte por no ser entendido.

Uno dice que la pareja debe querernos como somos, que nadie debe cambiarnos para estar con nosotros. Y esto en su esencia es correcto. Pero también está la parte de evolucionar para se mejor, aprender cosas nuevas y ser distintos por todo lo que nos ha pasado. Esto es lo verdaderamente interesante: podemos seguir siendo nosotros mismos, y aprender a hacer las cosas de formas distintas. Una transfiguración de nuestra esencia. Si lo que queremos es que se entienda nuestra intención, pues aprendamos a demostrarla de la forma que el otro pueda hacerlo.

Querer como quieren que querramos. Y explicar cómo es eso para nosotros. No debería ser difícil.

Decisiones

Dejarse llevar es rico cuando uno sabe que no hay peligros adelante. En caminos desconocidos, es mejor estar alerta. Y para hacer la ruta, es necesario tomar decisiones.

Porque la vida tiene esa mala costumbre de llevarnos por donde se le da la gana si no oponemos resistencia. Generalmente es en bajada, rodando, muy feo. Termina uno enlodado, roto y maltrecho. No quiero decir que las decisiones que uno hace conscientemente sean siempre buenas. Es probable que uno termine en el mismo lugar, o peor. Pero al menos la tomó.

Dejarse llevar… es para cosas inertes. O para cuando uno está flotando en una piscina, mejor si con margarita en mano.

Armar un escrito

Las madres sabemos que no hay mejor forma de atraer a los hijos hacia nosotras, que entrar al baño. Es como el llamado de la selva, imposible de resistir. Allí tienen toda la urgencia de contarnos cualquier cosa. Y cuando uno ya está libre, se desaparecen como nubes después de una tormenta.

Yo tengo un método aún mejor: sentarme a escribir. Como si verme sentada ante la pantalla detonara un imperativo irresistible. No he logrado juntar más de dos líneas sin un «¡Ahorita no que estoy escribiendo!», que ya de por sí me impide seguirlo haciendo.

Es complicado justificarme a mí misma el «derecho» que tengo de no ponerles atención a los engendros. No nos enseñan que una tiene necesidad como ser humano de momentos a solas, para hacer lo que a una le gusta, sin que sea «útil». Iré aprendiendo. Porque tengo necesidad de juntar palabras y ellos no se van a ahogar (espero), si no les alcanzo el detergente de inmediato — no sé para qué — o los miro hacer lo mismo por enésima vez.

Ya pasará. Y, aprendemos, o aprendemos.

Repetir lo nuevo

¿Cuánto fuego ha corrido por cuántas venas? ¿Y estrellas en los ojos? Seguro hay más que en las galaxias. Los labios han tenido más miel que la de los panales y las risas como campanas repican sin parar.

Encontrar cosas nuevas qué decir, metáforas ingeniosas o simplemente un cumplido medianamente original es imposible. Porque todo se ha dicho ya. Muchas veces. El mundo no es nuevo. Ni siquiera novedoso. Se repite y replica, con variantes, pero ni lo único es poco común. Todos somos distintos, iguales en nuestra naturaleza diferente.

Pero… igual nos asombramos de lo que vemos. Nos enamoramos con la misma fuerza que una vez. Vivimos con el alma dispuesta a retomar el mundo como si estuviera recién hecho. Tal vez es una amnesia que nos viene natural. O simplemente que, de hecho, sí hacemos de nuevo el universo cuando lo volvemos a contemplar.

Hasta el cumplido más trillado vuelve a resplandecer en boca de quien queremos. Y siempre se le puede regalar un buen libro de poemas para que encuentre inspiración.

Irse y regresar

Me voy a ir para volver

y no seré yo quien regrese

pero sí me traerá con ella

me voy a perder para buscarme

llevo el mapa del olvido

y las manos llenas de brújulas

el norte es cualquier sitio

que quede a más de dos pasos de distancia

cuando salga a otra parte

espérame sin irte

que ya regreso.

Una aventura aburrida

En las historias épicas de descubrimiento del ser, hay pedazos sumamente emocionantes, como cuando estamos esperando que el gigante se emborrache y lo podamos cegar. Sentimos toda la adrenalina de la posibilidad, el desafío, el peligro. Y crecemos poco. Porque en la acción no hay una pausa para pensar, es sólo dejarse ir. Y luego está la parte aburrida, el desierto, la cueva, la montaña. Nada de movimiento, todo se queda quieto. Y es allí, en el estar varados, cuando el héroe tiene iluminaciones.

Pocas veces se siente uno tan frustrado como cuando no avanza. Nada que no se mueva puede sobrevivir. Pero también es cierto que, sin reflexionar, no hay una toma de medida de quién somos y en dónde estamos. ¿Cómo vamos a escuchar lo que nuestra vida debe decirnos si no nos callamos?

Las aventuras emocionantes no tienen demasiada profundidad. La profundidad no tiene mucha aparente emoción. Y no podemos vivir sólo en uno de los dos estados.

De regreso a lo básico

Hoy entrenamos técnica básica en el karate. Puñetazos con paso. Defensas. Patadas. Repetir. Y repetir. Y repetir. Los fundamentos de cualquier cosa sobre la que se construye algo. Es como aprender a hacer bien un huevo. Es difícil hacerlo mal, pero que quede bien requiere práctica.

Uno se olvida de lo sencillo. Las líneas rectas son tan humildes en su elegancia, que nos damos el lujo de sentirnos aburridos. Pero pidan que les tatúen una y verán cómo son lo más difícil de lograr. Hay magia en las cosas primeras, en los cimientos. Sobre todo porque son invisibles si funcionan, pero hacen que todo se desmorone si no. Prueben tener una buena relación sin haberla hecho sobre la comunicación y cuéntenme quiénes son sus abogados de divorcio.

Regresar a lo básico no es retroceder. Es apuntalar. Es afinar lo aprendido. Y afianzar lo bueno. Vale la pena. Nunca se desprecia un huevo bien hecho.

Cómo perderse en tres pasos

  1. Olvide de dónde viene: el camino recorrido no significa nada. Esas experiencias dolorosas no le sirven.
  2. No tenga una meta: nada como dejar de ver el faro al final del camino.
  3. Sólo fíjese en lo malo: todo tiene siempre defectos. Auméntelos poniéndoles demasiada atención.

Perderse es muy fácil. Pero no más sencillo que poner energía en aprender del pasado, mantener el curso buscando la luz y buscando las cosas buenas de lo que nos rodea.