Lee en voz alta
las palabras que escribo
para oírlas de tu boca.
Déjame escuchar
cómo te digo que hueles a sol
que me tragan tus ojos.
Me gusta saber
que lo escrito por mí
sale besándote los labios.
Lee en voz alta
las palabras que escribo
para oírlas de tu boca.
Déjame escuchar
cómo te digo que hueles a sol
que me tragan tus ojos.
Me gusta saber
que lo escrito por mí
sale besándote los labios.
Todos somos paredes en el mar
no para atajarlo,
cualquier ola salta un muro
para darnos una cara conocida
ante lo que no hemos atravesado.
La orilla de nuestra vida
está rodeada de lo que tenemos por hacer
y cada nueva mano
que le siente el borde a la piel
es un horizonte descubierto.
Voy a construir mi vida
en medio del lugar
que queda por recorrer
entre tu playa y la mía
el océano de por medio
y las olas salando nuestra piel.
Ya es jueves, mi amor (¿amo el día o a alguien?)
Nos liberamos al fin de la tiranía del martes
Que no existe, sólo tiene nombre.
El jueves sabe al vino de mañana,
aunque mañana venga otro día,
termina en viernes, que siempre se presenta bonito,
al menos nos da la esperanza de serlo.
¿Cuántos jueves pasaremos esperando
a que sea mañana y abramos la botella?
¿Se pierde el mundo sacando el corcho hoy?
Al menos sí se quedaría en el olvido
la ilusión de llegar a otro día,
que es igual que hoy, pero es otro.
Afilé el cuchillo, dicen que es más seguro así,
me corté el dedo, profundo y sesgado.
Sigue sangrando varios días después,
una vez sobre la ropa recién lavada,
otra en la góndola de harina del súper.
Las gotas rojas que parecen llamarme,
una cortada de cuento de hadas,
de ésas por las que se le escapa la vida
a la protagonista encantada.
Poca cosa una herida en el dedo,
no será por allí por donde muera.
Aunque no siempre son las cosas grandes
las que causan los cataclismas.
Nunca se rompió un corazón,
por un amor inmenso,
siempre por uno mezquino y pequeño.
Ya es común que los domingos termine comiendo todo lo que se me antojó en la semana. Que es mucho. Padezco de la enfermedad que mi mamá describía como: «caca miro, caca quiero… y caca no miro y caca también quiero». Todo lo que queremos son las cosas que ya tuvimos en la mente. Pocas cosas las hacemos a impulso sin pensarlo, aún las cosas que parecieran casuales. Ese beso robado ya lo soñamos demasiadas veces, la pelea que saltó por la tarde la discutimos antes ante el espejo y la comida se nos presentó en anuncios, redes sociales y vallas.
La mente es el teatro de nuestra vida, en realidad, todo sucede allí y la realidad sólo es nuestro cerebro dándole forma de simulacro a los impulsos externos que recibe. Si somos finos para describirla, la vida es un juego de realidad virtual que todos compartimos. Eso es liberador.
No dejo de hacer dieta entre semana, pero hoy, mi antojo se materializó en un pastel de chocolate. Y está glorioso.
El mundo termina a la orilla de un muro
la palabra arena separa el agua de ti
se detiene el color de la noche en tus ojos
lanzas el aire que respiras al mar
haces una ola que se despenica
extiendes la mano para tocar la espuma
te topas contra la pared de palabras
que se alza entre mi océano y tu piel.
La orilla del mundo está en tus dedos.
Quiero amarte en futuro
en la posibilidad de lo que seas
sin apoyarme en lo que dejamos atrás
eso ya pasó (murió).
Yo quiero un amor vivo
que se me aproxime en el día siguiente
un mañana que está a un beso largo de distancia
que me pase por delante.
La declinación de un verbo en más
en cosas por venir
en el café de las mañanas que nos van a tocar
en la vida que nos queda.
Llevo tres semanas
encontrando los pares de las calcetas
me sorprende quedarme sin una suelta
siempre empiezo esperando lo peor.
Esa nostalgia trágica de un par separado
la historia del compañero perdido
en un espacio cerrado
parece el crimen perfecto.
Los misterios del universo
los hoyos negros y los agujeros de gusanos
se esconden en el trayecto entre el pie
y la secadora.
O es la magia.
El caos en el que todo existe en potencia.
He logrado parar el desorden
al menos entre las calcetas
la vida no se me está escurriendo por allí.
Encontré una cortada en mi dedo
por el ardor en la piel cuando toqué sal
había olvidado hacérmela, hasta que dolió,
regresó el recuerdo del metal.
Pensé que el filo no había pasado
no vi sangre
sólo sentí el aviso de un dolor futuro
indeterminado pero inevitable.
Si supiera que pierdo la memoria
me tatuaría el recorrido de tus dedos
los caminos de tu boca sobre mi cuerpo
les pondría nombres a los surcos
dejaría espacios en blanco
para que siguieras recordándote en mi piel.