Tengo más de veinticinco años de moverme sola a donde yo quiero, a la hora que necesito, sin dar muchas explicaciones. Que me hayan quitado dos semanas la posibilidad de manejar fue muy complicado, pero no es que me haya quedado quieta. La libertad de moverse uno a donde sea, es, por mucho, una de las cosas más deliciosas que pueda poseer un ser humano normal. Y eso implica mucho más que sólo el desplazamiento físico.
Hay una libertad existencial, que nos separa de la necesidad de vivir por los demás de forma enfermiza, que necesariamente se desarrolla conforme uno mejor está por dentro. Es la posibilidad de tomarse un café en un lugar sin nadie más y estar feliz. O de entretenerse sin necesidad de molestar. O de vivir uno su vida sin compararla con la de alguien más. Qué triste y qué pobre la gente que está pendiente de lo que hace alguien que ni conoce. No entiendo, por ejemplo, cómo alguien puede decir que le caigo mal sin darme la oportunidad para darle una razón.
Yo sé qué he tenido desde siempre: independencia. Me gusta y no quiero perderla. Que no es lo mismo que no tener relaciones profundas a las que estoy estrechamente unida. Muy distinto querer que necesitar.
Ya me quitaron las grapas y ya puedo volver a manejar. Es un poco de normalidad recuperada y eso se siente muy bien.
