Creo que los momentos más agradables que he pasado con gente es cuando platicamos después de haber hecho una pregunta sin respuesta. Es horrible cuando alguien le pregunta a uno algo para lo que tiene una réplica en su mente. No hay espacio alguno para un poco de charla.
En general, no aprendemos a conversar. Contemos con que desde pequeños nuestros padres nos dan instrucciones, no nos preguntan nuestra opinión. Y en el colegio están buscando que respondamos lo que sabemos, no que elucubremos. Y de allí como por qué no llevamos una plática amena. Tenemos el «eso me pasó» en la punta de la lengua, o queremos opinar de cualquier cosa, o demostrar que somos expertos en un tema. Cuando, entre pares, lo más rico es desmadejar un tema para el que no tenemos un mapa ya trazado.
Tenemos costumbre en casa de comer juntos, de escuchar qué ha pasado en nuestras vidas y de hablar de muladas. Porque así nos conocemos mejor y tratamos de compartirnos. Las mejores preguntas son las que no tienen una respuesta prefabricada.
