Descansar

Tan bonito el concepto de deshacer las cosas malas. Como si los errores fueran nudos que pueden desatarse. Pero ni Alejandro pudo con el gordiano y sacó su espada.

Creo que nos trabamos demasiado en las cosas que hacemos mal y regresamos a hurgarlas y apretarlas. Hacemos bolas enormes que nos aplastan y no nos dejan seguir adelante. Tal vez por eso tenemos palabras que quieren retroceder el tiempo: deshacer, desatar, descansar. Ya está hecho, atado, cansado.

Lo que sí toca hacer es lo que viene. Mejor. Dejando menos nudos sueltos. Cuando yo al fin aprenda a no engancharme con lo malo del pasado, voy a poder usar palabras de nuevo, como reponer, retomar, renacer. O lo puedo pedir prestada la espada al Ale.

Sin respuestas

He pasado un día de esos que se aferran a la nuca y no quieren soltarse. Gasté todos mis recursos y no he logrado solucionar nada. Tan solo mitigar. No sé qué hubiera pasado sin siquiera eso.

Nos deberían enseñar a adaptarnos a los cambios. En vez de establecer rutinas, creencias, protocolos. Hay que poder pensar fuera de lo conocido. Lo cual es contradictorio en sí. Nadie sabe lo que no sabe.

Tal vez hoy me fallaron todos los protocolos. O tal vez evitaron algo peor. Pero sí sé que, la próxima, ya tengo más cosas qué hacer.

Siempre lo mismo

Tengo el impulso de regresar a ver las mismas series que me han gustado. Las películas que me sé de memoria. De leer los libros que ya sé cómo terminan. Es como comer la comida favorita. Ir al restaurante de siempre y pedir lo de siempre. La continuidad, la ilusión de permanencia, nos mantiene enraizados en un sentimiento de pertenencia. Si las cosas no cambian y ya sabemos cómo son, podemos controlar en alguna medida lo que no conocemos.

Pero ni lo que no cambia queda igual. Creemos que el pasado no tiene mutaciones y vamos por la vida agregándole o quitándole cosas a la memoria. No hay un libro de Historia que cuente lo mismo. Jamás vamos a volver a comer la comida de nuestra mamá. Aunque la haga ella.

Lo que buscamos, bueno, lo que busco yo, es la posibilidad de descansar un momento y no tener que fijarme en cada detalle. Estar en un lugar en donde sé que si camino a oscuras, no me voy a lastimar. Que no tengo que escudriñar las intenciones de las personas con las que me relaciono, porque me son familiares. Y que, aunque llore siempre, D’Artagnan va a morir al final del Visconde de Bragellone porque Dumas fue un patán siempre con sus personajes.

Que cueste un poco

Tal vez la peor de las habilidades es hacer las cosas difíciles cuando pueden hacerse fáciles. O sea, el dicho de mi papá que todo tiene modo y que si no es suave no es, aplica para no forzar nada. Y sirve. Me he salvado de romper muchas cosas no queriendo zambutirlas. Pero… Hay cosas en las que el grado de dificultad las hace parecer mejor, más valiosas.

Tengo la mala suerte de practicar un deporte para el que no soy buena. Soy perseverante, constante, pongo atención, sigo las instrucciones. Pero el karate no me fluye. Tal vez le puedo romper la madre a algún fulano, pero no bonito. Ni modo. Y es ese esfuerzo que le pongo, lo que hace que me guste aún más. No me cuesta tanto como para que no me salga, pero sí lo suficiente para ponerle atención. Y creo que por allí va la cosa. La atención.

Las relaciones, los niños, los buenos trabajos, todo lo que vale la pena requiere que nos fijemos, que no lo hagamos por salir del paso, que nos esforcemos. Si todo lo hacemos en automático, deja de tener chiste y nos distraemos hasta chocarnos. Agradezco que las cosas que más quiero en mi vida han sido las más complicadas de mantener. Aunque no estén perfectas.

Hacer fáciles las cosas no siempre es bueno

Antes, recordaba todos los números de teléfono que necesitara. Aún puedo dar el de mi casa de niña. Pero por favor no me pregunten los de mis hijos, que lo tengo metido en el aparatejo ese que me sirve como memoria auxiliar. Horrible eso. Lo peor es que no estoy haciendo nada para mejorar la situación. Cada vez tengo más cosas metidas allí y menos en mi cerebro. Se supone que como consecuencia debería tener más espacio para cosas importantes. Pero no creo que funcione así.

La Historia de la humanidad podría ser descrita con la persecución sin cesar de hacernos las cosas más fáciles. No siempre con buenos resultados, sino, pregúntenle a Jared Diamond qué piensa de la agricultura. O, pongamos el ejemplo de las armas. Obvio es mucho más sencillo matar a alguien de un balazo que de un mazazo, pero no sé si sea mejor. Ni hablemos de las armas de destrucción masiva. En fin. No estoy en plano tremendista, sólo me cae mal no recordar a veces cosas sencillas sólo porque ya las deposité en mi teléfono.

Sigo ayudándome a usar el cerebro, no haciendo listas de súper, por ejemplo. Con resultados mixtos, como hoy, que vine con un par de cosas que me sirven y no buscaba, pero sin lo que fui a comprar. En mi defensa, no habían maletas. En fin. Tal vez debería aprenderme esos números de teléfono.

La historia sin lados

Uno siempre escucha sólo un lado de la historia, aunque se la cuenten a uno muchas personas. Las cosas tienen una serie de dimensiones que, simplemente, nos son imposibles de conocer del todo. Y es porque ni siquiera la persona con mejor memoria del mundo lo vio todo de forma objetiva. Eso no existe. El mundo lo adentramos y entendemos a través de nuestros sentidos, no los de los demás y eso hace que toda nuestra existencia sea una bola de subjetividad.

Claro, está la capacidad de ponernos en los zapatos de alguien más. Esa empatía nos permite vivir en sociedad, preocuparnos de nuestras parejas, cuidar de nuestros hijos. Nos somos vulcanos híper racionales que desdeñan los sentimientos, porque entendemos que eso sólo es una pequeña parte de nuestra manera de entender el mundo. Sólo el pobre hemisferio izquierdo cree que puede sin la ayuda del derecho y nos ha convertido en seres menos completos.

Ahora, cuando escuchamos a alguien contar su historia, aunque le hagamos todas las ganas de mundo, siempre debemos dejar un espacio para todo el resto que no nos está contando. No porque nos oculten algo, sino porque les es imposible conocerlo. Y allí, en ese espacio, es donde podemos ayudar a dar otra perspectiva.

Decir lo mismo

La expresión esa que la diplomacia es el arte de mandar a la gente al carajo y que se lo agradezcan a uno, es precisa. Y frustrante. Me cuesta entender por qué necesitamos una capa de azúcar sobre el trago amargo, cuando de todas formas hay que tragárselo. Pero… hay qué aprender.

Hay una fina línea entre ser amables y perder el tiempo. O entre ser diplomáticos y mentir. Se cruzan más seguido de lo que uno cree. Tal vez el premio se encuentra en decir la verdad, de la forma más eficiente y con el trato más amable posible. Mientras se obtenga el resultado deseado, el medio más suave tal vez sí sea siempre el mejor. Hasta el tono de voz ayuda.

Puede ser que sea un problema más frecuente entre mujeres, sobre todo de cierta edad. Se espera que seamos más dulces y algunas de nosotras nacimos más del lado ácido. Me molesta que lo mismo que dice un hombre sea ser directo y en mí, sea ser mandona. Poco a poco me lo tomo menos personal y en ciertas situaciones, si toca mandar, pues toca. Ahora, para lo demás, a veces prefiero salirme con la mía. Y allí va lo poco que he aprendido de diplomacia.

Demasiadas historias a medias

Camino pensando en demasiadas cosas a la vez. Parte del trabajo enorme que me toca hacer con la meditación es quitar tanta contaminación mental. Creo que mi hemisferio derecho es muy mandón y le gira instrucciones sin cesar al pobre izquierdo. Termino atando cabos sueltos de miradas, palabras sueltas, gestos. Y no siempre tengo razón.

Tenemos dividido el cerebro y, aunque no estamos completamente seguros para qué, sí sabemos que ambos hemisferios procesan información de forma distinta. El chiste es que dentro de nosotros mismos tenemos dos puntos de vista diferentes que nos ayudan a darle una profundidad mayor al mundo que, de por sí, nos es imposible conocer de verdad. La realidad es mucho más de lo que percibimos. El peligro está cuando dejamos que uno de los dos lados maneje siempre. Nos desbalanceamos.

Necesito darle descanso a la mara que me dice en qué fijarme. Esa mara soy yo misma, pero no siempre me hago caso. Tal vez por eso escribo, para darme paz. Y dejar de hacerme cabos para poder atarlos.

Dos búhos

Tengo un par de noches despertándome porque cantan dos búhos. Es un ruido que me parece exótico, me despierta. No es que crea que me llamen, aunque sí he salido al balcón a buscarlos. Algo pasa con estos animales, tal vez algo primordial en nosotros.

Antes de tener métodos científicos para explicarnos la ínfima porción del mundo que entendemos, usábamos símbolos. Todo lo que había a nuestro alrededor servía para darnos sentido a lo que no entendíamos. Y estábamos tranquilos con que ni siquiera sabíamos qué no sabíamos. Es cuestión de encontrar paz interior en las explicaciones, tal vez. Así, la vida igual tiene altos y bajos, pero al menos les encontramos sentido.

Creo que perdimos mucho como especie al tirar por la borda todo lo místico. Al menos podríamos apreciar que hay cosas que no tienen una respuesta fácil, que todo es complejo, que el sentido se lo damos nosotros. Y que un par de búhos en la noche bien pueden ser visitantes que quieren que salga al balcón a buscarlos.

Amigos de viejo

Hay amistades que duran toda una vida. Pero creo que sólo porque permanecen prístinas guardadas en una burbuja del tiempo. Generalmente, este tipo de amistades revive lo que hicieron al momento de conocerse. Es lo que sucede en las reuniones de colegio. ¿Te acuerdas de…? es la frase de la velada y cada uno cuenta su versión. Es lindo eso, le da a uno raíces. Es por lo mismo que uno en la familia casi siempre habla de lo mismo.

Luego están las amistades con fecha de caducidad, como las que dejan de tener cosas en común. Tal vez ésta es una de las lecciones más difíciles de aprender cuando uno crece. La gente no siempre va a querer estar con uno, los intereses cambian, los cariños se desvanecen. Aceptar que las amistades, como los amores, pueden tener fin, ayuda a dejar ir. Porque nadie permanece igual, y vale la pena dejar que la gente crezca y se aleje.

Por último están esas amistades que uno tiene más grande, cuando ha pasado tantas cosas en su vida y tiene algo más que el ser roto qué ofrecerle a otra persona. Puede que no sean tantas esas personas nuevas, pero estoy segura que son las que uno se merece en la segunda parte de su vida. No tienen ansiedad, no pesan, no necesitan nada nuestro. Sólo están. Y eso es uno de los regalos más grandes que nos da el universo cuando nos quita la juventud.