Al perro le tiene sin cuidado la comida. Es más, hace berrinche y deja de comer. Cosa que en mi vida había visto. Los perros de la casa de mis papás eran unos chuchos. Pero éste es temperamental. O tal vez hace ayuno intermitente igual que yo. Tengo que encontrar algo más con qué motivarlo.
Cuando uno encuentra esa cosa esencial que lo levanta de la silla, literal o metafóricamente, hay que aferrarse a ella. Porque es una balsa de salvamento en qué navegar aguas turbias. Sentada a la mesa, con comida disponible, me pesa más qué me va a mantener con salud que qué me gustaría comer. Afortunadamente me gusta lo que me hace bien, pero una pizza se me antoja todos los días y cualquiera imagina el resultado de dejarme llevar. Es tan fácil como no pensarlo demasiado y hacerle caso a esa vocecita interior que lo impulsa a uno a hacer lo correcto, no sólo porque lo sea, sino por las posibles consecuencias. El dolor es siempre mejor motivador que el placer.
Uno puede auto-entrenarse, al igual que estoy tratando de hacer con el perro. Cuestión de paciencia y constancia y encontrar el motivador correcto. A éste la comida le tiene sin cuidado, pero le fascinan los premios con sabor a tocino. Por allí va la cosa.
