Lo que me falta

Hoy domingo cumple años mi Canche. Quince años. No entiendo cómo cree que tiene derecho de crecer tanto y tan rápido, a qué horas soy mamá de una cosa peluda apestosa que tiene casi voz de hombre y que me saca bastante más de una cabeza. El tiempo se abalanza sobre las vidas bien vividas, es el precio que uno paga por llevarlas tan plenas.

Me hace falta entender tanto de ser mamá de este hombre en construcción, tanto de aprender dónde soltar y dónde volver a halar. No se me hace fácil, cada decisión es un reto y me atormenta la facilidad de cualquier metida de pata que pueda arruinarle algo por dentro.

Espero con toda la dotación de esperanza que tengo, que el amarlo compense. Y que, para lo que no, encuentre buena terapista. Menos mal que si algo sí tiene es mi humor.

Me gustan los gatos

Me gustan los gatos. Llegan cuando quieren, se dejan acariciar, son peligrosos, se les puede soltar y no se mueren de hambre. Como animal de compañía, son retadores. El gato no se entrega, se gana. Y está bien. Pero ahora también tengo un perro y eso es otro rollo.

Los perros son compañeros del humano casi desde el mismo momento en que los hombres aprendimos a hablar. La evolución de las dos especies está inextricablemente ligada y es probable que ninguno sería igual sin el otro. Hay una compenetración singular y la forma en que estos animales responden a su manada humana es especial. El perro que tenemos es de la niña y no tiene ojos para nadie más. Cuando ella no está, medio se pega conmigo y encuentra algo de consuelo para no sentirse solo. Y, a pesar que sigue sin ser de mi total agrado, entiendo lo especial que puede ser la relación entre ellos dos. Está bien. Me lo aguanto. Hasta le hago cariño.

Mientras que todo se termina de ordenar en la casa, mis pobres gatos serán prisioneros de la presencia del perro. Y a mí me podrá gustar el animalito, pero sigo prefiriendo los gatos. Son más interesantes.

El tono correcto

Resulta que hay más tonos de rojo que lo que creemos. Y no todos me van. Pareciera tan sencillo que un color fuera parejo, pero estamos muy lejos de tener cosas absolutas. En todo hay sutilezas.

Me mandaron hace poco una cita diciendo que la gran mayoría de discusiones no son por las palabras que se dicen, sino cómo se dicen. Y no sé si estoy totalmente de acuerdo. Creo que está en uno determinar qué le ofende, y que tampoco se puede aprovechar de la buena voluntad de los demás. Un insulto es un insulto aunque vaya con una sonrisa y ningún halago es agradable dicho de mala manera. Tal vez necesitamos buscar la congruencia entre todo.

Yo sé que no tengo un tono dulce para hablar y por lo mismo trato de usar las palabras más adecuadas. Y, si subo el tono, que se preparen porque a mí no me importa tener un rato colorado.

Con entusiasmo

Escribo bien. Es algo que me gusta hacer, he aprendido a hacerlo cada vez mejor y a los demás les gusta leerme. Hasta allí todo bien. Pero si uno sólo hiciera las cosas que hace bien, dejaría el noventa y nueve por ciento de la vida pasarles al lado. Pocas personas cantan verdaderamente bonito, o tienen ritmo para bailar, tocan guitarra con virtuosidad o pintan con talento. Pero nada de eso es impedimento para hacerlo.

Todo lo que vale la pena hacerse, se debe hacer aunque sea mal. Pero con entusiasmo. Yo no aspiro a ser campeona de karate y allí sigo, todos los días, haciendo mi mejor esfuerzo. Porque me gusta y es para mí. Igual que cuando trato de pintar. O de coser. Si algo me trae felicidad, se va y yo con ello.

Sólo el mero hecho de derivar satisfacción personal de algo es suficiente para intentarlo. No todo tiene que tener un propósito ulterior, trascendente. Se vale hacer las cosas porque sí. Y porque se puede.

Posturas cómodas

Yo duermo boca arriba con los brazos en cruz cual momia. Me duelen los hombros cuando duermo del lado y despierto con la almohada marcada. Todo mal. Pero si estoy muy cansada, duermo del lado y no entiendo cómo estando menos cómoda duermo más rápido.

Encontrar una postura en dónde afianzarse y no moverse es un ideal. Pero lo cierto es que las cosas se mueven. Todo el tiempo. No hay nada fijo y hasta la interpretación de las palabras va evolucionando. Hay que saber navegar entre lo que tenemos qué conservar y la forma de hacerlo.

La mayoría de las mañanas amanezco como me acosté y otras no. Ni modo quedarme despierta para no moverme. Ni que fuera momia.

Cuando uno ya está de cierta edad

Tengo muy presente el envejecimiento de mi mamá. Su deterioro fue tan drástico, que lamentablemente me cuesta recordar cómo era antes. Tal vez una vaga memoria de cuando yo era muy niña. No me gusta que el tiempo me pase encima dejando huellas. Pero… también tiene ventajas llegar a cierta edad y quiero ponerlas en una lista:

  1. Menos importancia a las cosas que no la tienen, como la opinión de los demás acerca de mi vida privada.
  2. Menos miedo a ser directa. Me queda menos tiempo de vida, mejor no lo desperdicio.
  3. Más facilidad para dejar ir.
  4. Menos rencores, menos necesidades, menos ansiedades.

Ay. Creo que no sigo porque no termino. Llegar a cierta edad, cuando la vida nos ha permitido crecer, aunque sea a palos, me ha liberado para ser más tranquila. Y eso está perfecto. Que se vengan muchos años más.

Segundas vueltas

Las cosas escuchadas de segunda mano van enriquecidas. No hay forma de volver a contar una historia sin cambiarla, aunque sea en una palabra. Además que es difícil repetir literalmente algo que uno escuchó, aunque sea tremendamente conocido. Si no, traten de contar el cuento de la Cenicienta sin trabarse. Porque además hay demasiadas versiones y la de Disney no es la original.

La tradición de la humanidad viene de recontar nuestros orígenes. De allí agarramos nuestra identidad, entendemos nuestro pasado, sacamos soluciones para el presente, tenemos esperanza en el futuro. Y, contrario a lo que uno cree, la fugacidad de las palabras dichas tiene la magia de la transformación. Es en su misma transitoriedad en donde está su transformación y es la única forma en que adaptamos las tradiciones. Cuando éstas se vuelven escritas en piedra y no dan espacio para el cambio, es cuando nos sentimos aplastados.

Recontar lo vivido nos acerca a la experiencia, pero, mejor aún, trae ese conocimiento al presente. Cambiarlo sirve para transformarnos nosotros. Y saber que nada se queda igual, nos da libertad para seguir adelante.

Fecha de caducidad

Cuando estudiaba la carrera y explicaban lo de la prescripción, termina siendo una fecha de caducidad para ejercer un derecho. Y uno podría pensar que qué tontera que un derecho caduque, o sea, si me deben dinero y no me lo devuelven, ese dinero siguen sin dármelo, por mucho que pase el tiempo. Pero, aparentemente, todo termina, al menos hasta la muerte y de ésa ni siquiera estamos tan seguros como creemos.

Hay una forma de darle dimensión a nuestras experiencias y es darse cuenta que todo, todo, tiene un número limitado de veces que lo hacemos. Pero va más allá: hasta los recuerdos se acaban. ¿Cuándo fue la última vez que escucharon con nitidez la voz de alguien que ya no está? ¿Su olor? Toda la vida es preciosa, en el sentido que tiene un valor, precisamente porque es finita y nada conserva su mismo estado. En el momento en que uno no sólo entiende eso, sino que lo celebra, puede moverse hacia cualquier cosa que venga.

Creo que aún puedo recordar a mi madre cantándome la canción de Mocedades que le gustaba. Creo. Estoy casi segura que siento el olor de mi padre al abrazarme. Recuerdo con mejor claridad el peso del cuerpo de mis hijos cuando eran bebés, la cara de mi esposo cuando nos casamos, mi primer choque, el dolor de cuando me quebraron la mano en el karate. Bueno y malo e indiferente, todo ha pasado y alguna vez ya no podré sacarlos de la memoria. Espero que haya más cosas que llenen esos espacios.

Igual lo voy a usar

Mi mamá tenía una amiga que seguía guardando sus regalos de boda, sin desempacar, quince años más tarde. No los quería gastar, romper, arruinar. Hasta que un día mi mamá le dijo que mejor los usara ella, porque si se moría, le iba a dejar todo nuevo a la potencial repuesto de esposa.

Nunca he olvidado eso y trato de no guardar nada para una “ocasión especial”, porque si no lo uso, para qué lo tengo. Es como las instrucciones de C. S. Lewis para que no le rompan a uno el corazón: guardarlo y no tener ni siquiera un perro de qué encariñarse para que no se rompa nunca. Pero… las cosas todas se desgastan y mejor que cumplan el propósito para el que fueron hechas, aunque terminen en pedazos.

Recordé tanto, tantísimo a mi mamá hoy que estaba reparando un saco que se me rompe casi cada vez que me lo pongo. Me gusta muchísimo y casi, casi no lo quiero usar. Menos mal tengo la voz de mi madre en mi mente. Hoy lo tengo puesto.

¿Cuándo se acaba?

Estoy cansada. Ayer me pegué un mega pijaso con un gabinete de la lavandería (no es la primera vez). Hoy no encontraba mi carro en el parqueo del infierno y di un grito de desesperación. Regañé a la niña. Tuve que corregir al perro. Regresé a hacer loncheras. Tengo que planchar. Estoy cansada.

He leído que nuestros antepasados prehistóricos tenían una vida más plena y satisfactoria que la nuestra. El cerebro fue evolucionando al paso de sus necesidades y, obvio, fue prefiriendo los pasajes neuronales que premiaban el comportamiento que permitía sobrevivir bajo el esquema en el que vivían. Una cuestión del huevo y la gallina. Pero llega la agricultura y cometemos lo que un antropólogo considera el peor error en la historia de la humanidad. Y es que, creo yo, es el momento en el que la evolución biológica se separa de la evolución cultural y, pues sí. La regamos.

Es lindo entender que lo que yo necesito es pasar la mañana buscando y recolectando plantas para comer, luego en la tarde, en comunidad, ver el desarrollo de los niños, compartir con el compañero, cuidar de los ancianos. Hasta pintar cavernas y contar historias. Pero no. Y, aunque no cambio los antibióticos por ningún pasado idílico, igual. Estoy cansada. Y me duele el pijaso.