Hay que saber hacer una receta bien. Seguirla hasta el último paso. Entenderla. Y hasta después decidir cambiarla. Los fundamentos de las cosas son las letras de la vida. Uno puede escribir cualquier idea, mientras las palabras sean inteligibles. De allí por qué se pueden hacer libros de cosas que no existen.
Los procesos, los rituales, las rutinas, les han ofrecido a los seres humanos la manera de dibujar los planos de la civilización. En uno de los libros de Harari, él elucubra incluso que la agricultura surge de la necesidad de alimentar a trabajadores en la construcción de centros religiosos. Primero el ritual.
El problema, como siempre, viene cuando nos comemos la imaginación en nuestro afán de replicar las recetas al pie de la letra. Quedarnos estáticos demuestra que no conocemos bien los fundamentos, porque no son un límite. Más bien son ladrillos inacabables con los que podemos seguir agregando pisos. No importa si el edificio se rompe eventualmente, si sabemos construir, hacemos otro. Y si sale fea la comida, probamos de nuevo.
