Las cosas escuchadas de segunda mano van enriquecidas. No hay forma de volver a contar una historia sin cambiarla, aunque sea en una palabra. Además que es difícil repetir literalmente algo que uno escuchó, aunque sea tremendamente conocido. Si no, traten de contar el cuento de la Cenicienta sin trabarse. Porque además hay demasiadas versiones y la de Disney no es la original.
La tradición de la humanidad viene de recontar nuestros orígenes. De allí agarramos nuestra identidad, entendemos nuestro pasado, sacamos soluciones para el presente, tenemos esperanza en el futuro. Y, contrario a lo que uno cree, la fugacidad de las palabras dichas tiene la magia de la transformación. Es en su misma transitoriedad en donde está su transformación y es la única forma en que adaptamos las tradiciones. Cuando éstas se vuelven escritas en piedra y no dan espacio para el cambio, es cuando nos sentimos aplastados.
Recontar lo vivido nos acerca a la experiencia, pero, mejor aún, trae ese conocimiento al presente. Cambiarlo sirve para transformarnos nosotros. Y saber que nada se queda igual, nos da libertad para seguir adelante.
