Relatar y volverlo a hacer

Ayer contaba parte de mi vida. Es primera vez que esa historia la dije sin sentimientos. Una conversación más informativa que otra cosa. Qué bueno que veintisiete años después, ya no me afecta.

Los recuerdos no son como fotos que sacamos de una caja cada vez que los examinamos. Son más como figuras de plasticina que se deforman con cada manipulación. Además van vestidos de sentimientos que son intercambiables con otros sin desvirtuar la esencia de la memoria, solo cambia el lugar desde donde la miro.

El tiempo es el principal modelador de estas figuritas. Pero uno también puede decidir qué adornos ponerles, porque cada emoción es fresca y ésas podemos llevarlas al lugar que prefiramos. Es rico examinar una etapa desagradable de mi vida y sentir paz. Tal vez la próxima vez que manipule ese recuerdo, encuentre felicidad. O no, no exageremos.

Lo más popular

Ya estoy en edad de que lo mejor para mí es lo que más me gusta. Aplica para todo, especialmente la ropa. Nunca he sido mucho de modas y ahora menos. Quiero verme bien en el espejo, no en los ojos de extraños. Y la gente que me quiere creo que le importa poco cómo me miro. Tampoco estoy ya en «edad de merecer», así que no estoy en busca de aprobación.

Es complicado eso de pertenecer a una sociedad y querer ser parte de una cultura, pero no querer conformar con todas las expectativas para una mujer de mi edad. Se supondría que a mis casi 47 años, yo no debería estar tatuada, ni usar minifaldas, ni tener opiniones… no sé, las cosas han cambiado considerablemente desde que mi mamá tuvo mi edad. Menos mal. Y seguirán cambiando para mi hija. Espero que para mejor.

Lo más popular no siempre es lo mejor, es simplemente lo que apela al común denominador. Y lo común a veces raya en lo ordinario. Tal vez por eso me guste más lo que me gusta.

Diferencias

El language es una evolución del ser humano que debería estar entre el patrimonio intangible de nuestra existencia. Porque es una obra de arte, a veces un poco retorcida. Las reglas de la gramática son más bien una colección de costumbres reiteradas que tienen alguna coherencia, pero demasiadas excepciones. Eso no es lo más importante, claro. Lo que verdaderamente lo hace maravilloso es que sea un medio de comunicación, no sólo de hechos, sino también de ideas y sentimientos.

El problema principal es que cada uno de nosotros tiene una interpretación personal e íntima de las palabras, porque necesariamente les asignamos una carga de vida. Si pienso en un árbol, probablemente se me ocurre la ceiba que miro todos los días y otra persona pensará en el limonar de la casa de sus abuelos. Y está bien, para ese tipo de cosas no tenemos que coincidir totalmente. Es en cuestiones de valores y verdades profundas en donde la diferencia de términos ha provocado hasta guerras. Por algo hemos tenido conflictos alrededor de religiones.

Cuando uno quiere una relación exitosa, hay que revisar coincidencia de términos. Y, aunque eso no es romántico, entender con precisión qué piensa el otro del amor, la familia, la verdad, la justicia y todas esas palabras inmensas, es una buena base para caminar sobre terreno común. Nada como encontrarse con ideas totalmente distintas de una cosa que debe resolverse entre dos. Receta perfecta de fracaso. Así que vale la pena hacer un pequeño glosario de términos, junto con el librito de poemas cursis. Probablemente ayude más el primero.

Mi versión

Hice paella. Bueno, no porque no tiene mariscos, ni azafrán, ni está hecha en paellera. Hice arroz con pollo y costillas de cerdo, al horno. Pero parece paella. Porque me gusta cierto sabor de la paella, pero no todo y me encanta hacer cosas en el horno.

Se vale hacer uno su versión de las cosas que le gustan. Debe aplicar a todo lo que sólo nos afecta a nosotros. Cómo arreglar la casa, qué pastel se hace para los cumpleaños, la paella, la relación con la pareja… esas cosas de todos los días que son los ladrillos con los construimos el mundo que queremos habitar. Cada uno es importante escogerlo para que se adapte a la forma que buscamos. No al revés. Porque ya la vida nos manda el resto de piezas y con ésas no ha opción.

Me gusta encontrar mi propia versión de lo que quiero. No siempre me queda bien. La última focaccia que hice fue un fracaso. Y muchas veces no me queda igual. Pero prefiero eso a conformarme con el gusto de alguien más.

El último libro

Leo gracias a mi mamá. Ella me metió el vicio de la lectura. Lástima que no me enseñó cómo lo hizo porque no he podido contagiar a mis hijos.

Creo que leer es la maravilla más grande que tiene a su disposición el ser humano. Más que la música y el lenguaje y las exploraciones. Porque lo puede contener todo. Tener un libro en común es tener experiencias conjuntas con extraños. Es mágico.

El último libro que recuerdo haber leído con mi mamá es Seda de Baricco. Una bellecita. Nostálgico y lindo. Corto. Con dolor mezclado entre sus páginas que parecen fáciles. Un poco como mi recuerdo más maduro de la relación con mi mamá. Adecuado último libro.

Escuchar

Sentarse a escuchar es mucho más activo de lo que uno cree. Porque se trata de hacer sólo eso, sin pensar en qué va a responder uno. Y si no me creen que no hacer algo es más difícil que hacerlo, sólo hagan la prueba. El cerebro no se está callado.

La meditación ayuda. La empatía también. Pero lo que me ha hecho a mí sentarme callada, poniendo atención, es el genuino interés por el otro. A veces porque le tengo cariño. Y otras porque me abren el mundo donde viven. Es como leer un libro. Claro que algunos son más interesantes que otros.

Yo tengo gente que me escucha y eso se le agradece a la Vida. Y, a mi vez, espero ser mejor cada día en eso.

La intensidad

Me gusta la gente intensa. La que tiene pasión por la vida y la manifiesta. Sólo deja de gustarme cuando no encuentran el botón para bajarle un poco al volumen. Porque no se puede vivir siempre al tope, todo lo que está tenso permanentemente se rompe.

Los seres humanos estamos hechos para correr distancias cortas, con estallidos de energía y períodos de descanso. No para las maratones. Esas son modas modernas.

Yo misma he tenido que encontrar mi propio botón de bajarle tres rayitas a mi intensidad. No me puedo volcar entera en todo, todo el tiempo. Y ese cuidado me permite meterle hasta el fondo a las cosas que sí valen la pena. Al menos eso espero, porque detesto correr.

El libro del carro

De Stephen King confirmé la necesidad de siempre tener un libro a la mano. Desde que leo en digital, eso es aún más literal. Pero he regresado a apreciar el papel y ahora parece que tengo un libro por área. Hasta en el carro.

La escogencia no es fácil. Donde están los niños tiene que ser uno del que me pueda distraer sin problema. Del de arriba es algo más tipo trabajo. El del celular puede ser cualquier cosa. Y el del carro tiene que ser algo que pueda tomar y dejar sin perderme.

El de ahora es acerca de budismo. Creo que es ideal.

Las cosas en común

Tener cosas en común con gente extraña te da la idea que tienes una vida parecida. En realidad, los lugares comunes sólo sirven para pararse cerca y ver una misma cosa desde ángulos distintos. Nada es igual-idéntico a otra cosa. El ser único es lo más corriente en el universo. Y, si a eso le sumamos que todos percibimos las cosas de forma distinta, ya podemos pensar que nunca nos vamos a entender.

Pero no. Porque aunque la percepción individual varíe, existe una Realidad objetiva que no depende de cómo la veamos. Las matemáticas se calculan siempre igual y los fenómenos naturales no se doblegan a nuestro antojo, aunque eso nos ofenda.

La relatividad sirve mayoritariamente en las interacciones humanas y sólo en forma positiva cuando se usa para entender que el otro tiene un sentir distinto al mío, por mucho que estemos viviendo lo mismo. Nos ayuda a separarnos un poco de nuestra creencia de ser el centro del universo. Somos, en el mejor de los casos, una faceta más del prisma que mira la verdad.

Ser visto

A todos nos gusta que nos vean. De alguna manera creo que estamos hechos para pertenecer, para ser reconocidos, para que nos digan que las cosas están bien. Porque esa es la inclinación primaria con la que nacemos. Todos los niños buscan la mirada de sus padres para ver si están haciendo bien las cosas.

El tener un testigo de nuestra vida le da algún sentido. Es mejor encontrarlo adentro, obvio y por eso uno pasa años y décadas aprendiendo a restarle importancia a los exterior. Quisiera llegar al punto en que no necesite verme en los ojos de alguien más, pero no sé si alguna vez lo pueda hacer.

La sociedad ayuda a tener una especie de espejo, en el mejor de los casos, uno que nos devuelve una mejor imagen de nosotros de lo que pensamos. Me gustaría hacer eso para la gente que quiero.