¿Y el plan?

Saber cocinar es distinto que aprender. Primero uno aprende todas las reglas. Luego, y sólo hasta que uno se las sabe bien, las cambia y las hace propias. Lo mismo hacen los niños al crecer; uno los educa, en la adolescencia hacen lo que quieren y de adultos regresan a integrar las reglas de la casa con la suyas. Por eso es que hay pocos adultos que continúan siendo rebeldes.

Luchar contra el plan establecido sirve para mejorarlo. O al menos eso debería suceder. Cuando simplemente se tira todo al caño, las cosas tienden a empeorar rápidamente. Sólo porque uno escribió un plan que en papel parece bueno, no quiere decir que vaya a funcionar.

Todo tiene reglas. Y todas se pueden romper, con variadas consecuencias. Nadie puede prever con certeza cuáles puedan ser estos resultados. Y allí es donde sirven las reglas viejas, las que ya tuvieron oportunidad de probar casi todos los desenlaces. Hay que escoger. Pero primero, hay que aprender.

Las cosas claras

Saber algo complejo, entenderlo y poder explicarlo, son tres animales distintos. Porque podemos estar conscientes de algo, hasta creer que lo tenemos bien definido, pero somos incapaces de trasladarlo. Muy pocas veces es por la capacidad amplia o limitada de nuestro interlocutor. La mayoría es porque no podemos expresar nuestro mundo interno de forma que se entienda afuera.

Desde diccionarios a tratados de filosofía, mucha tinta se ha derramado en explicaciones y siguen habiendo volúmenes nuevos. Toda la ciencia está volcada en entender lo que ya conocemos y descubrir lo que no. Pero donde realmente necesita uno esa capacidad es hablando con los demás. Sobre todo si hay diferencias sensibles, como edad, idioma, etc.

Los últimos quince años de mi vida se han pasado en buena parte, trasladando y explicando a personitas con experiencias y capacidades en desarrollo. O sea, he sido madre. Y nada como una pregunta abstracta de labios de un niño de cinco años para hacerme saber cristalinamente que no entiendo lo suficientemente bien las cosas como para explicarlas claramente. Porque no se trata de volver algo complejo en algo complicado. Para eso agarro cualquier libro filosófico de los de pasta oscura y autores desquiciados.

Favorito, pero no tanto

Cocinar para mis hijos es tener críticos de comida amnésicos y erráticos en casa. Entre “eso nunca me ha gustado” (te comiste veintisiete la semana pasada), “sólo quiero comer xx” y decir que no lo quiere volver a comer nunca más la próxima vez que lo sirvo, hasta la última respuesta épica “es que a veces me gustan y a veces no”. Al menos no me puedo quejar de aburrimiento.

Hay tan pocas cosas sobre las que uno tiene poder directo de decisión. La comida del diario es una de ellas. Generalmente queda a discreción de quien cocina qué se sirve. Como yo cocino, creo que todo lo que hago está rico porque me gusta a mí. Pero ¿y si no a todos les gusta? A parte del primer sentimiento de ofensa, no debería tomármelo personal. Pero uno enseña a que agradezcan lo que hay, que la casa no es restaurante y que si no les gusta, pueden volverlo a comer la próxima comida. Y la próxima.

Parte de la adultez implica madurar el paladar y ampliarlo. Pero también no comer cosas que uno encuentra repugnantes. Para llegar allí, hay que probar mucho. Y aguantarse lo que le sirvan en casa, porque llega el día que pueden estar como yo, deseando que alguien más decida y cocine por mí. Pero por favor que no sea hígado.

El día antes

Vivo en el día antes de… ahorita es el principio del segundo semestre del colegio de los niños, pero me gusta este estado de anticipación de los “antes”. Creo que hacer planes es alargar el disfrute de las cosas esperadas. Siempre y cuando uno sepa que no siempre salen como uno quiere.

Si no pudiéramos anticiparnos a los eventos, nos moriríamos. Hasta nuestros antepasados cazadores/recolectores sabían cómo moverse de acuerdo a las estaciones. La capacidad de ir tres pasos adelante en nuestra imaginación no sólo es vital, es lo que nos hace escribir, tener arte, películas, todo.

Vivir en el día antes y en el día de ahora es más entretenido que en el día después. Siempre viene algo nuevo. Y siempre se puede uno gozar esa venida.

Una nueva emoción

Volverse viejo es creer que uno ya lo vivió todo. Que ya pasó por todas las emociones, que ya vio todos los atardeceres y que ya sintió todo el amor que puede. Como si cada día que se vive no fuera esencialmente distinto. Es más, como si uno mismo no fuera cada día diferente.

Leo bastante acerca de los nuevos descubrimientos neurobiológicos y cómo éstos ayudan a entender la forma en que pensamos. También es fascinante que se está determinando que las enseñanzas budistas se confirman en la ciencia moderna: no somos una sola persona, somos un conjunto de módulos que operan de forma distinta dependiendo de nuestro entorno y lo único que permanece constante es la consciencia que se da o no cuenta de lo que sucede. O sea, no somos los mismos siempre, nunca.

Yo no quiero volverme vieja. Yo quiero crecer, madurar. Quiero estar exquisitamente consciente que todo lo que sucede a mi alrededor y adentro mío es nuevo cada vez. Que cada emoción es distinta, aunque se parezca a otra. Que todas las personas que conozco cambian y son interesantes y valen la pena volver a conocer y a escuchar. Que la vida es interesante. Que yo misma puedo darme cuenta de cómo reacciono y mejorar un poco, aunque sea muy poco, cada vez. Yo no quiero ser vieja.

La realidad

Hay expectativas para todo. No podríamos vivir en sociedad sin ellas. Por ejemplo, tenemos la expectativa que si trabajamos, nos pagan. Si tenemos verde en el semáforo, pasamos. Y si tenemos una pareja, es nuestro apoyo. Eso es bueno, porque así hacemos planes. Pero las expectativas no son la realidad y muchas veces no se cumplen.

Quisiera poder moldear totalmente mi futuro, pero hay demasiadas cosas fuera de mi ámbito de influencia. Casi que lo único que puedo controlar son las reacciones a mis impulsos porque ni siquiera mis emociones son “mías” en el sentido de yo poder escoger. Uno trabaja con lo que hay, buscando que sea lo que uno quiera y adaptándose a lo que toca.

Yo sí estoy a favor de tener expectativas y hablarlas. Dejarlas claras y construir sobre ellas, aún sabiendo que no se van a cumplir al cien. No importa. Vale la pena creer en un futuro que uno quiera y mover un poquito la realidad.

Porque sí

Lo cotidiano nos define. Somos eso que hacemos todos los días. Más que lo que creemos y pensamos. La cara del “voy a lavar ropa hoy porque toca y no porque quiera”, el tratar de no estallar con los niños, el recordar ser cariñosa con la pareja. Todo eso que uno repite es lo que deja de recuerdo, que es en esencia la verdadera inmortalidad.

Además, la rutina sirve de trampolín para los actos extraordinarios. Es el ejercicio del músculo constante, lo que nos prepara para un esfuerzo extra y luego continuar. Aprender a tener una rutina y que ésta nos permita ser flexibles, es el reto de la vida entera.

Toca hacer lo que toca. Mejor si se hace sin tragedias. Porque la vida tiende a continuar, ya sea que uno la acompañe o que se lo pase arrastrando. Prefiero caminar sin pena.

Entender

Resulta que ya puedo tener conversaciones con argumentos con los niños. Pueden formular sus ideas, entender las mías, estar o no de acuerdo. En pocas palabras: ya son interesantes, no sólo entretenidos.

Aunque como mamá nunca los voy a poder tratar como pares, el hecho de respetarnos y reconocer su capacidad de pensar, me ayuda a ser mejor mamá. Mejor persona, seguro.

Cuando uno creció en un hogar autoritario, el llegar a entender que los hijos pueden no conformarse con un “porque yo digo” y se vale que pidan entender, cuesta. Me cuesta todos los días y a veces gana el dictador y otras el diplomático. También es cierto que cada uno tiene su momento y mi trabajo es saber a cuál dejar ejercer. Espero aprender.

Para mañana

Estoy escribiendo “para mañana” y eso ya es hoy. Ha sido un día largo. Haciendo cosas extraordinarias para mí.

Así que, por hoy, hasta aquí dejo mañana.

Igual y opuesto

No podría vivir con alguien como yo. Digo esto aunque mis dos hijos se me parecen mucho. Demasiado. Y qué bueno que no vamos a vivir juntos para siempre. Creo que hay mucho de bueno teniendo cosas en común, pero pudiendo complementarse, no ser iguales.

El chiste de cualquier relación es ver las cosas distintas, tener otras perspectivas. Por eso uno comparte con otras personas y también por eso los que se creen el centro único del universo tienen patologías. Encontrar alguien con quién caminar sobre terreno compartido, también es bueno cuando se comparten las cosas que cada uno mira.

Alguna vez leí que las mejores relaciones son de personas con educación similar y carácter opuesto. Tal vez no me iría a ese extremo, pero sí aprecio que me hagan contrapeso. Un sube-y-baja sólo es divertido cuando hay vaivenes.