Nada está escrito en piedra

Bueno, sí. Hay cosas literalmente escritas en piedra. Que no las hace más permanentes. Toda esa gente que esgrime una tradición como excusa para no cambiar no entiende cómo llega algo a convertirse en tradición: evolucionando.

Estamos hechos de contradicciones. Mientras los sentimientos y nuestra forma de lidiar con ellos no ha cambiado desde que vivíamos en las cavernas, y de allí parten en mucho nuestra insatisfacción moderna, el entorno en el que vivimos no tiene absolutamente nada de estático. Y si usted vive en esta era de la revolución informática, agárrese que mañana ya cambió otra cosa. Todo lo cual me parece magnífico.

Ese concepto de quiénes somos tampoco se salva del cambio. Es más, es tan fluido como la receta de pasta de la abuela. Además que probablemente si la señora tenía mala letra, da aún más lugar a interpretaciones. No importa sobre qué esté escrita.

Lo clásico

Tengo ratos de querer regresar a los libros que me gustaron de chica. Tal vez no sean clásicos en su sentido estricto, pero definitivamente a mí, me marcaron como si lo fueran. Ese regreso a lo conocido, aún y cuando uno ya sabe quién fue el asesino y con quién se quedó la protagonista, nos permite revivir lo que sentimos cuando fuimos jóvenes y nos enseña cómo hemos cambiado. Una verdadera máquina del tiempo.

Plasmamos nuestras historias para la posteridad, primero porque creemos que lo que nos pasa es importante. Segundo, porque creemos que a nadie más le va a pasar. Y tercero, porque aunque no lo sea y a todo el mundo le suceda lo mismo, no queremos desaparecer de este mundo. Así que escribimos y pintamos y hacemos música y películas, todo con variantes de calidad y con una posteridad bastante efímera. Nada dura para siempre.

Releer la literatura que gustó en otros tiempos, además, me sirve de lección de qué era admisible en ese entonces, comparado al horror por lo inadecuado de hoy. Hay historias que no se pueden volver a contar, al menos no ahorita, y con eso, hemos perdido como humanidad. Porque no es que las cosas ya no sucedan. Es que ya no hablamos de ellas. ¿Y así cómo las vamos a denunciar? Mejor leer a los de antes. Prepararse para el después.

Hacer el intento

Eso de que el no ya lo tiene uno ha impulsado una gran cantidad de atrevimientos. Pero nada que valga la pena hacerse no aguanta un poco tragarse la vergüenza. Es una mezcla entre que la ignorancia es atrevida y que los valientes son aventados. Yo prefiero no ser lo primero y no me considero mucho de lo segundo. Pero tampoco veo mucha dificultad en hacer las cosas que quiero aunque conlleven ir a recoger los «nos» que ya tengo.

¿Cual es ese impulso que tenemos los humanos por lanzarnos a lo que no conocemos? El motor de la humanidad de seguro es el aburrimiento porque no nos quedamos quietos y sentimos urgencia por movernos de donde estamos cómodos. Tal vez nuestros antepasados cazadores y recolectores, quienes no se quedaban en el mismo lugar por razones de supervivencia, nos dejaron impresos en el ADN la necesidad de buscar y no estar contento con lo que se tiene.

Uno de los principios del budismo es, precisamente, salirse de esa necesidad de cambio y quitarse el sufrimiento por lo que no se tiene, no se quiere perder, o se quiere uno quitar de encima. Me siento halada entre dos impulsos vitales. Igual mejor pruebo. Total el no ya lo tengo.

La edad del olvido

Hace poco, traté de recordar el nombre de la ciudad de un equipo de football, sin éxito. Me pasa con frecuencia, sobre todo con lugares. Sé que lo sé y mi cerebro se niega a abrir la gaveta donde está guardada la información. Puede ser la edad. O el cansancio. O la edad.

Hay tantas metáforas para describir el cerebro: una súper computadora, una red de autopistas, un archivo. A veces creo que el mío es una de esas gavetas en donde acumulamos todo. Todo. Y, como está llena y le seguimos metiendo cosas, encontrar lo que buscamos no siempre es posible. Como el nombre de la ciudad, o el de la persona que tengo enfrente, o el del chucho. Me gustaría aprender a ordenar todo ese relajo.

Sí es cierto que con la edad, uno olvida lo más reciente. Tal vez le pone uno menos atención. Voy a tratar de fijarme más en lo que me interesa. Ah, claro, por eso olvido todo lo demás.

Aprender a hacer cosas viejas

Hice gazpacho por primera vez y, como tampoco tengo mucha historia de comer gazpacho para compararlo, me quedó rico. Aprender a hacer cosas nuevas es fácil. Sobre todo si no hay expectativas. Cualquier cosa, por sí misma, tiene capacidad de ser buena. Es cuando comparamos que se pierde esa posibilidad.

Una de las máximas budistas más sencillas, pero más difíciles de seguir, es “tener mente de principiante”. Implica despojarse, entre otras cosas, de lo que esperamos de antemano en una situación. Aplica hasta para las relaciones. Si tuviéramos la capacidad de comenzar nuestras interacciones sobre una página en blanco y no llenas de los dibujos del pasado, la vista sería mucho más clara.

Cada cierto tiempo hay que regresar a lo básico. Hasta caminar lo termina haciendo uno torcido después de muchos años y vale la pena darnos cuenta en dónde podemos mejorar. Todo se puede volver a aprender.

Relaciones peligrosas

Las peores relaciones son de las que no nos podemos escapar. Con la comida, por ejemplo. La necesitamos para vivir. Y como la naturaleza se empeña en que vivamos, apareja a comer toda una serie de procesos químicos que nos hacen sentir ciertos grados de bienestar. Ni hablemos del amor.

La principal preocupación de un ser vivo es propagarse. Para eso necesita resguardo, comida y pareja. Debería ser sencillo. Pero si algo más le gusta al universo es la complejidad. Así una cueva se convierte en una mansión, una fruta en un pastel y una pareja… bueno…

Las relaciones con lo básico deberían de hacernos bien. Y felices. Todo lo que no contribuye a eso, no debería llamarnos la atención. Y aquí estoy yo, terminando el bote de semillas de marañón…

Todos los días

Escribir todos los días. A veces me da pereza. También me da pereza ser mamá de vez en cuando y no puedo zafarme. O ir al karate. O salir de mi casa. O cualquiera de las cosas que hago de rutina. Pero esa es la belleza de la rutina. Se hace porque se hace.

Antes, los seres humanos no determinaban en qué gastar la mayoría de sus horas. A los cazadores les tocaba salir a cazar, a los recolectores, buscar. Y ya. En la Edad Media, el oficio se heredaba y no había mucho margen de movimiento ni cambio. Era lo que había. Ahora, nos enfrentamos a posibilidades casi infinitas en qué gastar nuestras vidas y eso no siempre nos hace más felices.

Creo que el ser humano tiende a buscar el máximo placer con el mínimo esfuerzo. En nuestro mundo moderno, eso está al alcance de cualquier plataforma de streaming. Ya ni siquiera tenemos que ir a alquilar una película para el fin de semana. Y también por eso, porque me conozco, las cosas que hago todos los días, las hago todos los días. De lo contrario no escribiría nunca.

Nada es personal

No recuerdo la última vez que tomé una decisión en función de amargarle la vida a alguien más. Tal vez bajar la velocidad en el tráfico porque el que viene atrás mío está muy pegado. Tal vez. Pero tengo mucho tiempo de no hacer cosas sólo por joder. No tengo el espacio emocional para eso, suficiente tengo conmigo misma.

Los seres humanos sobredimensionados la cantidad de tiempo y energía que nos dedican los demás. Sin fijarnos que nosotros mismos no estamos pensando todo el tiempo en ellos. Ni los enamorados adolescentes de cualquier edad tienen verdaderamente fija y sin tregua la figura del ser deseado. Es imposible. Hay que vivir y eso consume mucho tiempo.

Llegar a la edad en que uno sabe que no figura en las intenciones de los otros y que, aunque así fuera, no es importante la opinión del 99.9% de personas, es el regalo de libertad que uno recibe por perder la juventud. Casi, casi compensa.

Exámenes

La vida escolar de mis hijos se ve marcada por los amigos, los deberes y los exámenes. Obvio las dos últimas cosas no les son placenteras. Quisiera que entendieran desde ahora que tienen la oportunidad de expandir sus mentes y que deberían aprovecharla. Pero no lo van a entender hasta que ya hayan pasado por allí.

Leí hace poco acerca de cómo a ciertos niños los exámenes nos les causa ansiedad porque lo miran como una oportunidad de demostrar cuánto saben. Es una perspectiva distinta. No me están cuestionando a mí si no sé. Yo estoy enseñando que sí. Nunca lo había visto desde ese punto, pero me encanta.

Pero así como me es imposible adelantarles la percepción de utilidad a mis hijos, ellos se tienen que convencer a sí mismos de cambiar sus perspectivas. Lo más que puedo hacer es estar. Y eso es un examen en sí mismo.

El infinito interno

Leer ciencia ficción es entrever el futuro que otros imaginaron. Y que, en muchos, miles de casos, se hace realidad. Esa capacidad de pensar en cosas que no existen es una de las características que nos eleva como especie. De las mejores. Y el poderlas materializar después, aún más.

Sin ese pozo sin fin no hubiéramos trascendido. Cero exploraciones. Ni un romance. Porque todo lo que logramos, lo hicimos primero en la mente.

La imaginación es infinita, y es el recipiente de nuestra posibilidad.