Planes a futuro

Desde hace un par de años, aprendí a planchar camisas. No es una ocupación en donde derroche talento. Más bien me sale todo quebrado. Pero lo hago. Nunca creí que lo fuera a hacer y, así va la vida.

Algunas personas sacan de forma recurrente a la conversación las cosas que hicieron hace algún número de años. Como si sus vidas se hubieran detenido en un punto que ellos perciben como especial. Una cima a la que no pueden volver. Y es cierto, la experiencia va hacia delante. Pero no quiere decir que uno sólo allí haya tenido la oportunidad de ser feliz.

Aprender cosas nuevas, estar abierto a experiencias distintas, hasta probar comida diferente, ayuda a que siempre subamos picos. La vida se pasa y si no caminamos, nos deja.

Nada que no valga la pena

La repetición es la base de cualquier habilidad. Lo que uno no siempre toma en cuenta, es que la repetición tiene que ser correcta. Si no, uno sólo está perpetuando lo malo. Claro, por eso es que tienen trabajo los terapeutas.

Desde que le escuché a Roy H. Williams decir que cualquier cosa que valga la pena hacer, vale la pena hacerla mal, me he quedado con la sensación que me falta algo. Hace unos días lo entendí: lo que no vale la pena hacer, no vale la pena hacerlo bien. Eso, unido a la razón de repetir, deberían enseñarle a uno desde pequeño. La primera libera de la perfección, la segunda de una obsesión y la tercera, hace que uno se fije.

Cuando canto, ejerzo la primera. Cuando no me esfuerzo en algo que no me gusta, hago lo segundo. Y en el karate pretendo hacer lo tercero. No me sale. Pero lo intento.

Otra vez lo mismo

Aprender a ser adulto es una cosa de todos los días. No sé por qué alguna vez pensé que mis papás, cuando yo nací, ya sabían ser papás y que ese conocimiento se había quedado estático. Cuando lo real es que uno aprende a ser papá conforme el niño va creciendo. Y aprende a ser adulto también. Nunca se queda uno igual. Lo malo es que el progreso no está garantizado y el crecimiento puede ser para peor.

Tal vez lo que más cuesta asimilar es a bajar o anular las expectativas. Esas ponzoñosas hormigas que van comiéndose de a poquitos las orillas de toda buena relación. Esperar que una persona tenga una reacción determinada y decepcionarse cuando no enuncia las palabras que uno ansía que salgan de su boca, es garantizar el fracaso. De cualquier cosa. Pero… es difícil no ponerle a alguien más la carga de lo que uno quiere que suceda. Ejemplo en pequeño: cuando uno da un regalo y espera quedar bien.

Yo no he encontrado el insecticida que me quite para siempre esas hormigas de mi vida. Lamentablemente, el hormiguero está muy bien afianzado y más temprano que tarde, salen a ver qué se comen. Lo que sí puedo hacer es moverme de donde estoy. Sé que me van a encontrar, pero al menos ya hice un poco más difícil el camino.

Las repisas

Tengo mis libros en una repisa bastante rústica. No son muchos, al contrario de lo que me gustaría. Y es que hace años los depuré y sólo me quedé con los favoritos. Ahora me doy cuenta que también me hacen falta los que saqué por feos. Sí, feos, malas impresiones, pésimo papel. El medio no le hacía honor al contenido. Quiero buenas versiones de Dumas, recuperar mi edición en alemán de Das Parfum (que sigo sin encontrar), volver a tener The Buried Giant. Y es que con los libros uno nunca termina de ser un dragón que amasa tesoros.

Siempre nos hemos contado historias. Sirven para encontrarnos en los personajes, entender qué hacer en nuestras vidas. Antes eran una experiencia comunal, pues una persona las contaba a la tribu. Ahora lo hacemos aislado cuando leemos, en conjunto cuando vamos al cine. Pero siempre tiene la misma finalidad: ver que no estamos solos.

Ahora mi hija revisa las repisas donde he puesto libros que no son sólo míos y siento que está abriendo cajas de tesoros. Porque también nos compartimos con las historias que conocemos en común. No sé si dejaré muchos recuerdos cuando no esté, pero si me quieren encontrar, pueden revisar mis repisas.

¿De dónde la conozco?

El juego de seis grados de separación es fantástico. Lo hace a uno hacer conexiones que no sabía que sabía. Me pasa siempre también con los actores que salen en las pelis y el chiste es acordarme en qué otra película salen. Es fabuloso cómo pueden ser personas tan diferentes que no los reconoce uno de inmediato.

El problema de hacer eso con personas de verdad, es que a veces los encasillo en la situación de donde los conozco y, cuando los miro en otra parte, ya no sé quiénes son. Me disculpo, de forma general y permanente con todos aquellos a quienes les he vuelto a pedir que me digan sus nombres.

La forma en que almacenamos información es así: asociando cosas. El problema es poder esparcir esas conexiones. Así, una neurona se une a las demás y no ayuda la edad. Menos mal el cerebro es plástico y ese es el chiste de hacer ejercicios mentales. Poder saber de dónde uno conoce a la gente.

Mayoría de edad

Dieciocho años se consideran adultez en muchas partes del mundo. No es poco tiempo, tampoco es un eternidad. Sólo es lo suficiente como para madurar y encaminarse a una vida de gente grande. Más libertad, mejor autoconocimiento.

Dieciocho años, dos hijos, dos gatos y dos perros después, parece buen momento para otra etapa. ¡Feliz aniversario!

La tensión en la oposición

Dicen que los opuestos se atraen. Y eso es cierto hasta cierto punto. Dos personas que no tienen nada en común, pues eso, no tienen nada en común. Pero, también me suscribo a la idea de aquella canción del Puma que decía que un blanco con una blanca es como leche con espuma… aburrido.

Para que una cuerda haga ruido (música, obvio eso depende de quién la toque), necesita haber tensión. Ésta sólo se logra estirándola en sentidos opuestos. Esto puede ser hermoso, o discordante. Pero de que se escucha, se escucha.

La tensión en una relación, de igual manera, puede ser armónica. Un complemento de fuerzas que son distintas. Necesitamos estar con gente diferente a nosotros para formar un buen coro. Esto aplica para todo. Pero también hay que tener cuidado con no ser adictos al conflicto. Eso tampoco dura.

Desde donde estoy

De tanto escucharlos, los dichos dejan de tener sentido. Son como las sillas del comedor: nos sentamos tantas veces sobre ellas, que dejamos de verlas. Hasta que viene un invitado y nos dice algo. Las volvemos a ver. Y al rato las olvidamos de nuevo. Es el problema de la familiaridad, es cómoda, pero borra los detalles. Y ya sabemos quién se esconde en los detalles.

El dicho de “un viaje de mil pasos comienza con el primero”, suena tan conocido que no tiene sentido. Y tal vez es de las verdades más importantes de la vida. Porque no sólo es el evidente punto de que, para terminar un viaje hay que comenzarlo. Lo que me tiene dándole vueltas es que sólo se puede empezar desde donde uno está. Las circunstancias que tenemos son lo que son. O, como decimos en casa, es lo que hay. Tratar de estar en otro lado, sin aceptar lo actual, es negar la realidad. Todo se puede cambiar,’pero debemos saber qué y cómo.

El equilibrio entre ser pragmático y ser derrotista es el mismo que hay entre planificar y soñar. No tener en cuenta, ver con los ojos bien abiertos y pesar la realidad, nos pone en el plano de los castillos en el aire. Podrán ser muy bonitos, pero sirven de muy poco. Y, por eso, hay que revisar hasta lo que ya conocemos.

No conozco a nadie

Ir al súper da la oportunidad de interactuar con extraños en una circunstancia hasta cierto punto, íntima. Allí lleva uno su vida en la carreta. Se pueden deducir muchos hábitos de la compra. Y uno puede aprovechar para sentirse parte de una sociedad. Hay gente en los pasillos, carniceros que le pesan a uno la comida, cajeras que pasan los artículos. Hay una oportunidad para ser sociable sin consecuencias.

La amabilidad es pariente de la sociabilidad. Y ser educado es corresponder con las normas de comportamiento externo que se requieren de nosotros. Hay que saberse esas normas. Es más fácil navegar en el río de la convivencia si uno conoce las vías. Pero eso no quiere decir servir de pista de despegue. Poner límites sólo le parece grosero a quien los quiere transgredir.

Me encanta ir al súper. Sin audífonos, sin distracciones. Es un buen ejercicio.

Flexible

Un músculo necesita tres factores para estar bien. Generalmente le ponemos mucha atención a dos: la fuerza y la agilidad/velocidad. Y dejamos del lado la tercera: flexibilidad. Tal vez es porque los ejercicios de estiramiento son aparentemente suaves, son más tediosos y no nos dan resultados visibles.

La rigidez no es una virtud,’por mucho que implique fuerza. Lo más destructivo que tiene la naturaleza se moldea a sus circunstancias y aprovecha lo que se pone en su camino. ¿Por qué los humanos insistimos en hacer lo mismo, esperando que la vida se adapte a nosotros? A veces sí creo que somos experimentos, más que producto de la evolución, porque deberíamos ser menos intransigentes.

Seguir una rutina es fácil. Cambiarla requiere esfuerzo. Y estar dispuesto a adaptarse, aún más. Pero prefiero gastar energía en eso, que en tener músculos rígidos que se rompen.