Aprender a ser adulto es una cosa de todos los días. No sé por qué alguna vez pensé que mis papás, cuando yo nací, ya sabían ser papás y que ese conocimiento se había quedado estático. Cuando lo real es que uno aprende a ser papá conforme el niño va creciendo. Y aprende a ser adulto también. Nunca se queda uno igual. Lo malo es que el progreso no está garantizado y el crecimiento puede ser para peor.
Tal vez lo que más cuesta asimilar es a bajar o anular las expectativas. Esas ponzoñosas hormigas que van comiéndose de a poquitos las orillas de toda buena relación. Esperar que una persona tenga una reacción determinada y decepcionarse cuando no enuncia las palabras que uno ansía que salgan de su boca, es garantizar el fracaso. De cualquier cosa. Pero… es difícil no ponerle a alguien más la carga de lo que uno quiere que suceda. Ejemplo en pequeño: cuando uno da un regalo y espera quedar bien.
Yo no he encontrado el insecticida que me quite para siempre esas hormigas de mi vida. Lamentablemente, el hormiguero está muy bien afianzado y más temprano que tarde, salen a ver qué se comen. Lo que sí puedo hacer es moverme de donde estoy. Sé que me van a encontrar, pero al menos ya hice un poco más difícil el camino.
